Thursday, September 07, 2006

Reencuentro (I)

Flotando. Livianito. En las nubes. Cualquier cosa cursi, insértela aquí. Alberto no hallaba suficientes epítetos para calificar como se sentía en ese momento. "Bien" no lo cubría. Era como un escarpín en el pie del increíble Hulk. Simplemente, se sentía como el niño que había sido hace quince años.

Cuando se había enamorado por primera vez.

Y ahora lo estaba de nuevo.

Y de Helena, por todos los santos... de quien nunca se lo hubiera esperado.

Ellos habían sido amigos desde la universidad. Hasta habían logrado trabajar en el mismo sitio, por casualidades de la vida. Y durante todo ese tiempo, había visto a Helena como una hermana menor (bueno ni tan menor), como alguien en quien podría decirle lo que fuera. Eso probó útil cuando Alicia, la que había sido el gran amor de su vida, por la que él consideraba un antes y un después, lo había dejado, por razones que aún no comprendía.

Y que ahora no le importaban.

De hecho, ni las estaba pensando.

Alicia y Alberto terminaron hace dos años, y en ese momento, él creía que le habían arrancado un testículo. Y Helena había estado allí todo el tiempo, pendiente de él. Nunca lo buscó, nunca se le insinuó; fue la perfecta amiga. Y pasaron cuatro meses, y Alberto se empezó a sentir mejor. Y pasaron seis meses, y sintió que algo cambió entre Helena y él. No; fue como si algo se despertara entre ellos, que tenía todos los cinco años de amistad dormido. Y pasaron nueve meses, y vino el primer beso. Y el segundo. Y el tercero. Y el vigésimo. Y pasaron dos años desde que él y Alicia habían terminado, y... esto.

Alberto acababa de dejar a Helena en su casa de Palo Verde. No era precisamente una zona para quedarse en el carro despidiéndose, pero ninguno de los dos tenía demasiados deseos de dejar la compañía del otro. "¿Para qué te tienes que ir?", preguntó él, suspirando en medio de los besos. "¿Para qué me traes, malo?", le contestó ella en falso reproche. Rieron, y se besaron una vez más. Y sólo entonces Helena se bajó del carro.

Eran las dos de la mañana de un viernes, unos días después de la quincena de agosto. Había gente en la calle, celebrando vacaciones y el dinero. Pero Alberto lo único que quería era llegar a su casa y dormir plácidamente, como no lo había hecho en dos años. Sería una de dos sequías que habrían de terminar esa noche. Alberto no era un tipo que se buscara a cualquiera para "matar necesidades". Por consiguiente, sí, había tenido dos años de sequía casi completa -- si no incluíamos las visitas de tía Manuela, ayudadas por las fotos de ciertos catálogos y anuncios.

Alberto se avergonzó de pensar en eso, aunque sabía que era bien natural. Además, esas memorias no habían sido necesarias esa noche, ¿verdad?

Algo se le agitó en la entrepierna, y sabía que no iba a conciliar el sueño en un rato. Estaba como un niño. Muchacho güevón, contrólate, tienes veintiocho años, pensó. Eso pareció aliviar la tensión en sus pantalones. Pero decidió que manejaría sin rumbo por un rato. De modo que se metió en Las Mercedes, nada más porque sabía que igual iba a ver gente.

Y gente había: en una de las calles por las que se metió había una cola de carros típicamente caraqueña, y muchachos de veintitantos años deambulando en la acera, algunos más allá que de acá por alcohol, droga, cansancio, o todas tres. Alberto siempre había tenido una extraña fascinación por observar a la gente, por razones que aún no entendía por qué. De modo que empezó a fijarse en los deambulantes, por ninguna razón en particular. Total, estaba en una cola, de alguna forma tenía que matar el tiempo.

Un muchacho moreno alto, con el pelo parado en pinchos, con una chama de largos cabellos negros y un bronceado que Dios se lo guarde. Caminando juntos, agarrados de la mano, pero las tensas miradas decían que esa noche no iba a terminar bien.

Pasaron al lado de una muchacha alta, sentada en el piso con la cara entre las piernas, vestida totalmente de negro. Su pelo rubio caía sobre sus hombros ayudando a ocultar más la cara. Por el movimiento de lso hombros parecía estar llorando. Estaba sola y la gente la evitaba. Pobre, pensó Alberto.

Un grupo de cuatro muchachas, cada una en competencia a ver cuál estaba menos vestida, y más prendida. Alberto apostaba que una pequeña pero bien dotada pelirroja se llevaría ambos premios. Cantaban alegremente un reggaeton. Miserable música, Alberto pensó con fingido desdén.

Un grupo de tres chamos que todos estaban igualmente prendidos. Uno gritó a las chicas: "¡De las cuatro marías, la que voltee es míaaaaa!" Los otros tres lo que hicieron fue reírse. Y más cuando las cuatro muchachas levantaron su brazo derecho, y al unísono el dedo medio de las manos. Alberto rió por lo bajo.

Una pareja que...

Alberto se olvidó de la pareja que se comía a besos en un rincón, en evidente preparativo para el hotel más cercano. De hecho, se olvidó de casi todo lo que le había pasado esa noche.

No.

Mentira.

La rubia alta había alzado la cabeza, y en efecto había estado llorando. Desde hacía rato por lo visto; tenía los ojos hinchados. El hecho de que tenía una enorme marca roja debajo de su ojo izquierdo no la ayudaba. Pero eso no fue lo que impresionó a Alberto.

Era Alicia.

Wednesday, July 19, 2006

La cita, segunda parte

Si puedes por q no te traes una botellita de vino? Me da cosa agarrar las de ak, como es mi papá con ellas.

Héctor simplemente sonreía. Ya a estas alturas se sentía, no como el gato que se tragó al canario, sino a la pajarera completa. ¿Alcohol? ¿Solos? ¿En SU casa? ¡Sí va!

Seguro corazón. Deja que pase por el Prolicor.

Marjorie le respondió que OK, dale, y Héctor prendió la radio. Willie Colón le cantó: "Yo no quiero molestarte, perdona la necedad...", y Héctor se le unió, sintiéndose muy bien consigo mismo, pensando que la noche no podría seguir mejor: "Pero mi cielo... algunas veces necesito que me des segurida-a-ad.."

-o-o-o-


El mensaje que había recibido era preocupante. Se había formado una imagen, quizá ingenua, y esto la tumbaba completa. Pero era una fuente confiable. Tendría que llegar al fondo.

-o-o-o-


Llegó al Prolicor de La California unos minutos después, pensando en todo lo que le había aprendido sobre vino, que la verdad era bien poco. ¿Rojo? ¿Rosado? ¿Blanco? Coño, hubiera preguntado qué prefería. Pero bueno, macho que se respeta adivina lo que quiere la mujer. Busquemos.

Cuando se bajó del carro, Héctor casualmente volteó al carro de al lado. Había una morenaza sentada en el asiento del copiloto, con una cara de ladillada única. Capaz iba con el novio a verlo jugar dominó, o algo así. Héctor se apiadó de ella y a la vez supuso que cualquier mujer que saldría con él estaría en las mismas. Claro, él lo compensaba con realmente atender a sus novias, ¡pero por Dios, estamos hablando de un juego de dominó!

La morena volteó hacia donde estaba él, y vio que la miraba. Héctor se hizo el loco un segundo, pero por el rabillo del ojo vio que la chica no había vuelto a voltear. La miró y ella desvió la mirada, apenada. ¡Ajá! ¡Nos hemos ganado una admiradora más, men! ¡Héctor Andrade fan club!, dijo la voz de Zeus en su cabeza. Héctor decidió probar su suerte sólo un poquito, y dio lo que esperaba pareciera una tímida sonrisa cuando la niña volteó hacia él otra vez, tratando desesperadamente de parecer casual. Pero la sonrisa que le devolvió era de una timidez auténtica... pero no era una sonrisa casual.

—¿Se te perdió una igual, men?

El novio, por supuesto. No era moreno, sino más bien catire, y parecía el propio trol. Era más bajo que Héctor, pero era el doble de ancho. No se había afeitado como en una semana, y llevaba una botella de Ye Monks en la mano y las llaves del carro en la otra, la cual había cerrado en un puño. Héctor no perdió el tiempo en parecer ofendido, sino que se hizo el sorprendido, como si estuviera volviendo de pensamientos profundos. — ¿Perdón?

—Que me parece que estabas mirando mucho a mi geva, cabrón. ¿O era el carro?

Héctor miró al carro, miró a la morena (que convenientemente miró hacia adelante), y miró al trol. Sonrió su mejor sonrisa tipo "chispas señor no sabía lo que hacía". —Coye, viejo, de verdad disculpa. Me quedé pegado pensando una vaina, y no había visto que había una señorita ocupada en el carro de adelante. Entiendo tu arrechera, pero tranquilo. Cero malas intenciones.

El trol lo miró de arriba a abajo, decidiendo si la botella de whisky chimbo que había comprado era lo bastante barata para rompérsela a Héctor en el cráneo. Por suerte para Héctor, el tipo debía ser tan agarrado como lento. —'Cho cuidao con una vaina—, gruñó, y se volteó y se montó en el carro.

Héctor se dirigió a comprar su botella, pero no pudo resistir voltear a ver al trol con su novia la morena salir del estacionamiento. El carro retrocedió, y giró a la izquierda para salir. Y Héctor se infló por dentro cuando vio que la morena lo estaba mirando, discretamente.

Definitivamente, los güevones más grandes tienen a las mejores gevas, pensó. Y luego, pensando en Marjorie, añadió. Bueno... con una excepción.

-o-o-o-


Mientras llegaba a su destino, la angustia se apoderaba de su corazón como un león agarra un conejo. Ya se había desilusionado antes; no podría tolerar algo así de nuevo. Pero ya era hora de que dejara de convertirse en la víctima.

Esta vez al menos sería verdugo.

-o-o-o-


El momento de la verdad había llegado. Héctor no podía creer que sentía mariposas en el estómago. Eso tiene que ser buena señal. Estaba tan emocionado que la botella de vino casi se le cae. Pero a pesar de saberse vulnerable, Héctor se sentía de muy buen humor. Total, Marjorie no tendría por qué darse cuenta de lo... ansioso que estaba.

A menos que mirara para abajo, claro.

Marjorie vivía en una casa relativamente grande, de lo más americana ella, con un jardincito en frente y un caminito hasta la puerta. Héctor respiró profundo, y caminó hasta la puerta. Coño, lo que me faltan son las flores y los bombones, pensó, y eso lo relajó un poco. La presión en sus pantalones no se relajó, sin embargo. Sólo esperaba que no se le notara. Con una sonrisa de Hollywood, llegó y tocó la puerta.

— ¡Voy!— gritó Marjorie desde adentro. Héctor casi sudaba en anticipación, pero se mantenía calmado. Total, ni que fuera la primera vez. Cuántas veces no se lanzaba a casa de Liliana cuando sus papás no estaban y sus hermanos se iban de farra. Hasta cuando estaban, de hecho — los chamos eran panas.

Pensar en Liliana le dio un momentáneo respingo. Se lo sacudió rapidito.

Y Marjorie abrió la puerta. Tenía un mono de lana ajustado puesto, y una franela corta que mostraba parte de su vientre. Héctor no recordaba haberle tenido tantas ganas a una mujer en su vida, pero hizo un acopio por mantener una sonrisa elegante. Y la saludó cortés, casi indiferentemente. —Hooola, cariño, tanto tiempo.

—Hola tú, chico, estás igualito—, respondió ella, sonriendo su sonrisa repleta de frenillos. ¿Qué tienen las mujeres con aparatos que tanto lo enloquecen? ¿O es ÉSTA mujer con aparatos nada más? —Pasa, y ponte cómodo. ¿Quieres que sirva el vino ahorita?

—Como tú quieras, corazón—, contestó, entrando mientras le daba la botella de vino. La casa era muy clásica, espaciosa. Marjorie fue a la cocina, alegando que para qué esperar, si ya estaba fría. Tenían un televisor grande en la sala, y Héctor vio la película que Marjorie había alquilado. Amor en Juego, con Drew Barrymore y otro huevón que no conocía. Comedia romántica. Oh yes. Otra buena señal.

—Dame dos segundos y estoy allá—-, le dijo ella desde la cocina.

— ¿Te ayudo con la botella?—, preguntó Héctor. Todo un caballero.

Pop. El sonido de un corcho destapado. —Tarde piaste, pajarito—, dijo ella, burlonamente.

—Oh, excuse me—, contestó él, en el mismo tono burlón. El inquilino de sus pantalones protestaba. Quieto, nene, que ya vas a comer, pensó en su propia voz. Zeus y él eran panas, pero su relación no había llegado al punto en que él iba a permitirle hablar con su pene.

Marjorie entró cargando una hielera con la botella adentro y le pasó una copa vacía, y Héctor la tomó junto con la hielera. Se sentaron un ratico en el sofá mientras ella servía. Brindaron mirándose a los ojos. Héctor no iba a poder mantener la fachada de caballero suave por mucho tiempo más. Así que abrió conversación. — ¿Y eso tan raro que me llamaste?

—Me perdonas: te escribí, no te llamé.

—Está bien, pues, me escribiste.

—Te encantaría que te dijera que me moría por verte, ¿verdad?

— La frase pasó por mi cabeza, sí—, con una sonrisa pícara para acentuar.

Marjorie tomó de su copa viéndolo por encima del borde. Unos inspirados ojos color miel que le estaban diciendo a Héctor todo lo que él quería oír. —Pues no, no era eso. Simplemente... te quería ver.

— ¿Que no es lo mismo?

—En lo absoluto, señorito. Morirse por ver a alguien es llorar en las esquinas, chillando tu nombre. Yo simplemente tenía deseos de verte. De hecho, se acaba la botella, se acaba la película, se acaba la visita, ¿me oíste?

—Cónchale... y yo con una maleta en el carro... me hubieras dicho.

—Cónchale... qué mala verdad.

—Cónchale.

Se rieron. Un momento de silencio. Y se quedaron mirando. ¿Tan rápido? Héctor lo intentó. Se acercó tentativamente. Cuando ella no se echó para atrás, Héctor llegó completo, pero el beso fue corto pero suave. El inquilino ya chillaba por su libertad. Pero Héctor tenía demasiadas ganas, había esperado demasiado tiempo, como para arruinarlo. Iba a esperar, aunque sus pantalones estallaran.

—Eres un abusador—, dijo ella, pero sonreía mientras lo dijo.

—Uy. Sí, lo soy. Pégame pues—, dijo él, y se volteó para mostrarle sus nalgas. Ella sonrió más.

—Dame un segundo que voy al baño. ¿Por qué no vas poniendo la película?

-o-o-o-


Sabía que era el momento, pero no sabía si podía hacerlo. Pero cuando llegó, también supo que le habían dicho la verdad.

Los guantes salen, junto con las garras.

Al ataque.

-o-o-o-


—Dale, seguro— dijo él.

Marjorie se paró y se dirigió adentro. ¿Y si la sigues, papa? ¿Sales de esa vaina?, dijo Zeus, pero Héctor lo ignoró. Tampoco iba a ser cual cavernícola.

—Ah por cierto—dijo ella—, pedí una pizza hace rato. Si llega ahorita, ¿abres la puerta por fa?

—Cónchale, yo pensaba dejar al tipo afuera—, dijo, mientras prendía el televisor y buscaba cómo operar el DVD.

—Bobo— se oyó la respuesta.

Y en ese momento, como si lo hubiera invocado, sonó el timbre. Héctor esperaba que fuera una sola pizza; tenía hambre, pero comer mucho le bajaba la lujuria. Un pecado capital a la vez, por favor.

Siguiendo su costumbre, Héctor sacó mil bolívares de la cartera y los metió en el bolsillo para darle al pizzero. A lo mejor podrían criticar cómo trataba a las mujeres, pero nunca sería mal cliente.

Héctor fue directo, pensó en pedir la llave, y luego la vio pegada a la puerta. La pasó, y abrió la puerta con una sonrisa de gerente magnánimo que quedó congelada en su cara.

Erika estaba parada en el portal.

Erika.

E-RI-KA.

No hubo tiempo de moverse, esconderse, volver a cerrar la puerta, no hubo tiempo de hacer nada más que pararse ahí y verse como un idiota. Nunca, en la historia de la humanidad, había sido alguien descubierto con los pantalones abajo de manera más evidente, clara y sin forma de refutarlo. Simplemente, estaba jodido. Bien jodido.

-o-o-o-


Después que Héctor la llamó, Erika se disponía a desvestirse, triste de que no lo iba a ver, pero resignada. No conocía lo suficiente de él, pero le había demostrado lo suficiente como para confiar en él. No que a ella le costara mucho; siempre había sido de naturaleza confiada. Así que se había desvestido e instalado a ver televisión, mientras esperaba que Héctor le avisara que llegó a su casa. Cuando le llegó un mensaje, brincó, segura que era él. Pero era de Marjorie, una chama que había conocido en la uni que le juraba que conocía a Héctor. Y aunque era bien pana, el día que le dijo que Héctor la había estado rondando fue cuando empezó a evitarla. Se rehusaba a creer que Héctor era esa clase de hombre. Hasta que esa noche, Marjorie le preguntó si quería averiguar esa clase. Erika estaba aterrada, pero dijo que estaba bien, si acaso para demostrar lo equivocada que ella estaba. Marjorie le dijo que fuera a su casa en media hora, más o menos. Ella le avisaba.

Erika se vistió con un suéter y un blue jean y esperó. Cuando Marjorie le dijo para salir, lo hizo. Cuando llegó y vio el carro de Héctor, juró dos cosas: no iba a llorar, y era la última vez que le verían la cara de idiota.

Al menos por esa noche, la dulce Erika desapareció.

-o-o-o-


Tenía un suéter puesto, pero Erika estaba temblando. Y era una noche calurosa. Héctor vio que temblaba, pero de la rabia. Nunca pensó ver tal odio en un rostro normalmente tan dulce. Y menos pensó en ver tanto odio dirigido hacia él. ¿Ahora sí no tienes nada que decir, huevonzón?, le reprochó a Zeus en su cabeza. Pero Zeus estaba callado. Completamente en shock.

—Te odio—, susurró Erika.

—Ah por cierto— dijo una voz detrás de él. Héctor volteó lentamente (si volteaba demasiado rápido, iba a salir corriendo a matarla), y vio que Marjorie se había cambiado a una bata y, hasta donde él pudiera ver, nada más, si acaso la ropita interior que Héctor ahora sabía que nunca le quitaría él mismo. Jamás sospechó que podría detestar de tal manera a una mujer que hace cinco minutos había deseado de esa manera. Y la odiaba no tanto por la situación en que lo había puesto, sino porque a pesar de todo la admiraba. Lo había jodido de la mejor y más completa manera. Tenía que admitirlo.


Nunca lo admitiría en su cara, claro está.


— ¿Te conté que Erika y yo estudiamos en la misma uni? Es increíble la paja que puede llegar a hablarse en un baño de damas. Imagínate cuando me enteré que ustedes estaban saliendo juntos. Y chico... justo cuando estábamos saliendo tú y yo. Malo, malo.

Héctor apretaba la puerta. Tenía que haber una forma de salir de esta vaina sin que se le cayera el pene para siempre. Volteó a Erika. Respiró profundo. Abrió la boca.


— ¿Te vas a atrever a hablarme, poco hombre?


Héctor cerró la boca otra vez. Pero lo intentó una vez más. —Erika...


Craso error.


No recibió una cachetada. Erika le dio un gancho izquierdo muy poco femenino. No fue tanto lo duro, pero el anillo que cargaba le dio una cortada pequeña pero profunda. Fue tal la sorpresa que Héctor no volteó la cara otra vez, y cayó en una rodilla. La humillación se mezcló con la más absoluta arrechera. Ahora si miraba a Erika la mataría a ella también.

— ¡MALDITO! ¡POCO HOMBRE! ¡DESGRACIADOOO!— le gritó Erika. Héctor sólo respiraba, esperando el segundo. Pero cuando Erika empezó a llorar (rompiendo el primero de dos juramentos, aunque Héctor no lo sabía), también corrió a su carro, se montó y se alejó. Sólo entonces Héctor se atrevió a pararse.

Marjorie seguía parada en el pasillo. Estaba evidentemente aguantándose la risa, y la furia de Héctor subió otro escaño. Pensó que ahora la podría ver sin matarla, aunque el deseo estuviera. Se le plantó delante, respirando pesado.

—Chamo, qué ganas—, dijo ella.

—Eres...una... PERRA de MIERDA— dijo Héctor. Nunca había insultado así a una mujer en su vida. Bueno, nunca había odiado a una mujer así en su vida, tampoco.

Pero Marjorie como si nada. Su sonrisa se veía muy sincera. La mirada en los ojos era de gran triunfo. —Uy pero qué grosero, Hectorcito. Mejor te vas a casita y te lavas la boquita, ¿sí?


Aún sin poder creer que este demonio vestido de mujer lo había jodido de tal manera, Héctor le dedicó una larga mirada de odio. Quizá si la volviera a ver, le pasaría el carro encima. Pero por ahora debía admitir derrota completa. Se dirigió a su carro, y justo cuando llegó a él Marjorie lo llamó desde una ventana que estaba al lado de la puerta. No quería voltearse, pues sabía que sería otra sorna, pero a estas alturas, ¿qué más le quedaba?

Cuando se volteó, en efecto era otra sorna, pero nunca pensó que Marjorie llegaría a eso. Se había abierto la bata, mostrando su diminuta ropa interior. Los pantalones de Héctor se volvieron a hinchar, y se odió por ello.

—La próxima vez, piensa con una sola cabecita, cariño, que ésa es la que cuenta. Que pases buenas noches, y aprende—, le dijo Marjorie. Y cerrando la ventana, se metió a la casa. Héctor no la ha vuelto a ver.


Chaaaamo... te jodieron feo...., le dijo Zeus en su cabeza.


—Cállate la jeta, maricón de mierda—, gruñó Héctor en voz alta. La verdad es que ya no quería oír a Zeus, ni en su cabeza, ni en persona. Mientras pudiera, esta desgracia no iba a salir a luz pública.


Tardó una hora en llegar a su casa, dando vueltas por Caracas, tratando de calmarse. Cuando llegó a su casa, su madre no salió a recibirle, como era su costumbre. Eso le extrañó.

— ¿Mamá?

—En el cuarto, mijo— le respondió.


Su madre estaba acostada en la cama viendo TV. Tenía una cara que a la vez confortaba y alarmaba a Héctor. Su mirada le mandaba olas de ternura reconfortante, pero a la vez su sonrisa pícara no le agradaba del todo.

—Buena varilla que te echaron las chamas, ¿no?


Héctor se quedó helado. — ¿Y tú como sa...?


—Marjorie me acaba de llamar, pidiendo disculpas por el trauma que acaba de dejarle a mi muchachito, como dijo ella.


La voy a matar, pensó Héctor, sabiendo que no sería así.

—Espero que después de esta, te des cuenta que no todas las mujeres están tan dispuestas a ser aventurita de una noche contigo, hijo.


Héctor no lo podía creer. Él quizá era malvado, pero Marjorie había llegado a maquiavélica. ¡Involucrar a su propia madre! Era simplemente increíble.


—Me voy a dormir, mamá. Mañana tengo cosas que hacer.

Aún sin dejar de sonreír, la señora Rojas, viuda desde hace diez años, con una hija casada desde hace tres y un hijo de veinticuatro delante de ella madurando ante sus ojos, le contestó: —Claro, mi amor. Descansa. Que Dios te bendiga.


Acostado en su cama, Héctor le daba vueltas a toda su noche. Se daba cuenta que ahora tenía dos opciones: podía superar su humillación, volver a la vida que estaba viviendo antes de hoy, teniendo más cuidado con quién salía, o podía empezar a portarse bien como lo medio hacía con Liliana. En eso, le llegó un mensaje. Era Zeus.


Que paso, diablo??? Estas en pleno mete y saca con la gva, o ya puedes contar al pana???


Héctor leyó el mensaje. Vio el celular con calma. Pensó en qué escribir. Y esto fue lo que salió:


Hola Liliana. Despierta?

La cita, primera parte (o por qué se debe pensar con una sola cabeza)

Héctor salió del baño silbando alegremente. Su madre lo vio pasar por el pasillo y levantó una ceja en suspicacia. Cará con estos muchachos, pensó. Dos meses que está soltero y ya se está entusiasmando. Sonrió y siguió viendo televisión.

Mientras tanto, Héctor procedió a vestirse. En efecto, estaba entusiasmado, pero no era por las razones que su madre pensaba. Sí, estaba por salir con una muchacha a la que le tenía el ojo puesto desde hace rato. Sí, le agradaba saber que podía salir sin pensar en Liliana, sin que le remordiera la conciencia. Pero de ahí a que estaba entusiasmada con Erika, como para algo más que aquello... Héctor lo que pretendía era mostrarle una buena noche a Erika. De ser posible, que fuera para él más que para ella.

La verdad era que la relación con Liliana lo había terminado por agotar emocionalmente. Casi un año de semi fidelidad, padres, cariños y todo eso, agotan a un hombre. En el último mes, ya se había convencido de que ya no quería a Liliana. O por lo menos, ya no quería estar con ella. Así que comenzó a distanciarse. Fingió no ver los ojitos tristones de Liliana cuando le decía que no podía salir. Se hacía de oídos sordos ante las indirectas que le lanzaba cuando hablaban. Finalmente, cuando salió una noche y le presentaron a Marjorie, decidió que lo más decente era terminar con ella. Una vez más, fingió que no le dolieron las lágrimas que Liliana botó ese día.

Así que salió con Marjorie una vez. Química casi instantánea, pero la chama le metió un freno tal que todavía se ven las marcas de cauchos sobre sus partes privadas. Me gustas burda, Hectorcito, le dijo, pero yo jamás he besado en una primera cita. Mucho menos acostarme. Así que... si quieres, te aguantas.

Ño 'e la madre...

Algo le decía a Héctor que lo más lógico sería esperar. Pero, ¿quién dijo que un pene era lógico? Agarró con calma la situación, y decidió que no la pujaría. Pasó cierto tiempo sin escribirle a Marjorie, hasta que Erika se le atravesó. La conoció un día en la playa con unos panas, y por lo visto, si Erika no era de las que besaba en una primera cita, sí era de las que se podía convencer.

Mientras se ponía la camisa, Héctor se recordaba de cómo había logrado hablarle a Erika, y se dio un golpecito a sí mismo en el hombro. Había ido directo, aprovechado un momentico que el tipo con el que andaba se desapareciera, y llegó directo a decirle que cómo era que alguien que se veía así en traje de baño andaba con uno que no fuera él. Sabía que ni Marjorie ni Liliana hubieran caído con esa. Y cuando la niña le dijo que bueno, que era su mejor amigo, FIESTA. A la media hora, los dos estaban sentados hablando paja, y a la hora ya le había sacado el teléfono. Cuando se regresó con los panas, él se ganó la última cerveza. Regla de los panas.

El celular le sonó, indicando mensaje. Héctor se sonrió, y los dientes blancos perfectos brillaron sobre la oscura tez. Lo agarró y leyó. Hola lindo. Ya estoy lista. Avísame cuando estés saliendo. :-) Sí, era Erika. Estaba que se moría por verlo. Hasta mal se sentía. Pero bueno. Quizá hasta se portara bien. Si ella se dejaba, claro.

En cinco minutos terminó de vestirse, perfumarse y emperifollarse, como decía su vieja. Agarró su chaqueta, cartera, celular, y se despidió de ella. Bajó al carro, y se disponía a avisarle a Erika que ya iba saliendo cuando el aparato sonó otra vez: otro mensaje. Mi madre, pero qué desespero, pensó. Y leyó este mensaje:

Hola, Héctor.

¿Marjorie?

Lo agarró tan de sorpresa que se quedó parado en el pasillo del edificio. Era la primera vez que Marjorie le escribía. Y tuvo un momento de pánico. ¿Le escribía? ¿Se hacía el loco? ¿La llamaba? Coño, ¿QUÉ HACÍA?

Pero bueno, huevonzón, ¿qué te pasa? ¿Eres una geva o qué? Era la voz de Zeus, su mejor amigo. Cuando hacía algo que se podría considerar estúpido, Zeus le daba un lepe y lo hacía entrar en razón, aderezado con un "huevonzón". De modo que esa parte de su conciencia siempre le hablaba con la voz del pana. Aparte, cuando te llamas igual que el rey de los dioses griegos, carajo, haces caso cuando te habla.

Respiró profundo, y antes de montarse en el carro le escribió. Hola, belleza. Tanto tiempo. Y eso? Suponía que lo que quería era hablar paja, así que no le dio mayor importancia. Total, ella que se ubique, y después que lo buscara. Terminó de escribirle a Erika para decirle que ya había salido. Cuando salió del estacionamiento, le llega otro mensaje.

Y frenó en seco. Si hubiera sido de día, cualquiera que estuviera detrás o le volaba el parachoques o mínimo le mentaba la madre. Pero al diablo. Héctor no se lo creyó.

Ah qué no te puedo escribir? ;-) Nada, que todo el mundo está de viaje en mi ksa y yo me tuv que qdar estudiando. Y me acordé de tí. Quieres venir, q alquilé una pelicula?

Fiel a su tradición, Héctor fingió no darse cuenta de cómo las palmas le empezaban a sudar. Lo volvió a leer. Quieres venir? Lo vio una y otra vez. Quieres venir? Quieres venir? Quieres venir? No podía creer lo que estaba leyendo. En su cabeza, Zeus había montado una fiesta. Pero en otra parte de su organismo, el mensaje de Erika — Hola lindo. Ya estoy lista. Avísame cuando estés saliendo. :-) — retumbaba como un tambor en la noche.

Una persona normal y decente habría pedido disculpas, diciendo que iba a salir y que no podía. Una persona normal, decente e inteligente habría dicho que tenía algo que hacer y que iba más tarde. Héctor era muy inteligente, y se podía decir que dentro de los parámetros establecidos por la sociedad era normal. Pero lo compensaba con una enorme cantidad de testosterona. El único problema era su conciencia, repitiéndole el mensaje de Erika, una y otra vez:

HolalindoHolalindoHolalindoHolalindoHolalindoHolalindoHolalindoHolalindoHolalindoHolalindoHolalindoHolalindoHolalindoHolalindoHolalindoHolalindoHolalindoHolalindoHolalindo...¡¡¡¡¡¡¡¡AAAAAAAAAH!!!!!!!!!!!.

¿Qué iba a hacer? Pero de repente, su faz de angustia se transformó en una sonrisa. Ya se había formulado un plan. Si le salía bien, tendría el chivo de lujo amarrado con un mecate de fibra de oro. Y la voz de Zeus en su cabeza le dijo: Chamo, yu ar goin tu jel. Pero Héctor sentía que su pana destapaba una cerveza en su honor. Ni corto ni perezoso, le escribió a Marjorie: Ah caray! Bueno sí va. Pero tengo algunas cosas que hacer primero. Dame unos minutos y te aviso cuando salga, sí? La respuesta llegó unos minutos después: OK. Te espero. =)

Ahora el plan. Primer paso: llamó a su casa. Cuando su mamá le atendió, le dijo que si alguien llamaba alguien, que tranquila que estaba bien, pero que no dijera para dónde salió.

—Ay muchachito. ¿Qué te estás inventando?

—No vale, mamá, nada. Pero hazme esta segunda, vieja, ¿sí?

—Hmf. Yo no voy a estar mintiéndole a nadie, Héctor Arturo, ¿me oíste?
—No vale, vieja, no que mientas, sino que no des, eh, información pertinente, ¿sabes?
—Hmf. — El eterno sonido de desaprobación de su mamá. —'Ta bien. Pero me haces el favor y no estés inventando, m'ijo. Mira que hay mucho loco en la calle.

—No vale mamá, — el tercero era como el ratificante de que sí estaba tramando algo, pero lo negaría para toda la vida—, yo llego a la misma de siempre.

—Bueno, te me andas con cuidado. Y tranquilo que te alcahueteo de ésta. Pero no se me malacostumbre, ¿oyó?

—Jajajaja, tranquila, mi vieja, yo sé como es todo. Gracias, ¿oíste? ¡Bendición!

—Dios te bendiga, míjo. Cuidado.

Okay, fase uno cubierta: coartada. Ahora segundo paso. Héctor manejó a un sitio cerca de la autopista donde se oyeran los carros. Erika vivía como a quince minutos de su casa, y ya habían pasado cinco. Perfecto. Y esperó. Cuando pasaron dos minutos más, vio pasar el carro de un chamo de su edad que conocía de vista en el edificio de vista y saludo. Pero ni que lo hubiera planificado. Le hizo señas, y le pidió un favor. El chamo se extrañó, pero aceptó. Cuando estaba todo cuadrado, llamó a Erika.

— ¿Aló?— Tono de ligera preocupación.

— ¿Aló Lili?— Gritado, asegurándose de que los carros se oyeran.

— ¿Gordo qué te pasó?

— Coño linda, ¡qué arrechera! ¡Me acaban de chocar!

— ¡QUÉ! Dios mío, ¿estás bien?

— ¡Sí vale, Lili, estoy bien, quédate tranquilita! Pero el cab... bueno el idiota me dio duro, y...


Le hizo señas al vecino, que dijo: "Epa más respeto, ¿sí?”

Le hizo la señal de aprobación con el dedo, y siguió: —Ajá, sí, whatever. Bueno, igual, me tengo que quedar acá para resolver este rollo, así cónchole mi amor, me da mucha rabia, ¡pero lo nuestro se va a tener que retrasar!

— ¡No vale, mi lindo, tranquilo! Ni que lo hubieras hecho a propósito. No vale, resuelve tranquilo lo tuyo y dejamos lo nuestro para después. Pero igual me avisas cuando llegues a tu casa, ¿sí?

Héctor tenía la idea de que cuando llegara a su casa en lo que menos estaría pensando es en avisarle a Erika, pero bueno, tenía que montar el show completo. — ¡Seguro mi linda, no te preocupes! Coye vale, y perdóname, ¿sí? ¿No estás molesta?

— Pero vale, no seas bobito, ¿cómo voy a estar molesta? No vale, recibe un besito, tranquilo y que la cosa sea leve. ¿Seguro que estás bien?

— ¡Te lo juro que sí, mi vida, gracias por preocuparte! Un poco, pues, eh, molesto por decirlo así pero...— Le hizo otra seña al chamo, que ni corto ni perezoso, y muerto de la risa, dijo, de la manera más neutra posible: —Mira chamo, ya llegó el fiscal.

—Mira amor te dejo que llegó el fiscal. Hasta rápido llegaron los tipos, aleluya. ¡Hablamos rápido, y coye, de verdad disculpa!

—Quédate tranquilo, mi lindo. Un beso grande. ¡Hablamos mañana! ¡Me avisas por fa!

Se terminó de despedir, y el chamo le dijo lo que Zeus le hubiera dicho: —Mariiicooo, eres el peor. ¿Esa era tu geva?

Héctor, con la gran sonrisa del gato que se comió al canario, le dijo: "No chico, nada que ver, una caraja con la que me iba a ver esta noche. Y bueno, me salió otra cosa... mejor pues."

— ¿La otra está más buena?—- El chamo resultaba ser más perspicaz de lo que se aparentaba. Total, era hombre también.

—Alguito. Digamos que lo que está mejor es la situación. Gracias por la segunda viejo. — Y le chocó la mano.

—No vale, tranquilo, pero igual... ¡qué bolas tienes tú!

Héctor sonrió. Quizá las tenía, pero como dicen, ojos que no ven, corazón que no siente. Lo que Erika no sabía no podía lastimarla. Y todas esas vainas. Total, esta noche Héctor consolidaría su posición de hombre, y confirmar que el que espera, vence. Le volvió a dar las gracias, se montó en su carro, y fue a cumplir con la tercera parte de su plan. Le escribió a Marjorie: Voy saliendo cariño. ¿Quieres que lleve algo?

El chamo lo vio alejarse, y pensó en el pana suyo que había sido ridículamente fiel a su novia por dos años hasta que un día la tipa decidió que ya no lo quería. Y ahora que estaba saliendo con otra, la ex lo estaba rondando. Y ahora veía a éste viejo que estaba buscando resolver con dos carajas a la vez. Mientras se montaba en su carro y volvía a su casa, pensó: Coño, ¿será que somos nosotros los que andamos buscando calidad que cantidad los que estamos pelando bolas?

ESTA HISTORIA CONTINUARÁ. NO ME ODIEN