Saturday, January 26, 2008

La única opción

El consultorio. Presente.

Franklin estaba, por decir lo menos, inquieto. No había forma en que encontrara una posición cómoda. Pero tampoco hallaba cómo iba a estar cómodo aquí. La mujer que estaba sentada directamente enfrente suyo, contemporánea con él, con su muestra de botox en la cara y una "pechonalidad" que por llevarla ella no era necesariamente propia, le echó una mirada de divertida compasión por la décima vez. Franklin la odió como quien odia a un político.
He estado en salas de espera antes, coño, pensó para tratar de relajarse. Vamos a quedarnos quietos, carajo.

Vio las arcaicas revistas dispuestas, y se fue directo al crucigrama de una de ellas. Que ya estaba hecho en un 80%. No importa. Prefería matarse pensando cuál era la letra de agedul o como se diga que concentrarse en por qué rayos está aquí. La recepcionista entra, una atractiva morenita con un piercing en la nariz. Carajitos de hoy en día, piensa Franklin; tiene una hija de 14 años que ya hasta quería hacerse las tetas. Franklin mató esa idea rapidito. Con el tatuaje en la espalda no pudo hacer nada más que castigar a la carajita. "La doctora lo verá a usted después del paciente que tiene ahora, señor Guédez", dijo con una sonrisa. Franklin entró en pánico. "¿Cómo la doctora? Yo tengo una cita con el doctor Leo Gómez!", protestó. La mujer botox se llevó la mano a la boca, limpiándose algo. O tapando una sonrisa. Miserable meretriz. La recepcionista sonrió más abiertamente, entrenada para calmar. "Sí, señor Guédez, con la doctora Leonor Gómez. Su esposa hizo la cita ayer."

La mente de Franklin corrió en sobretiempo. Cambiar la cita para otro día, digamos el año 2021; solicitar a un hombre y quedar como machista; mandarlo todo al carajo y ser machista. Pero pensó en las consecuencias. Gretel nunca se lo perdonaría. Qué coño, a echarle pichón. Suspiró de resignación. Le dio las gracias a la recepcionista, y esta entró de nuevo. Franklin soltó la revista y se pasó la mano por la cabeza. esto simplemente se ponía mejor y mejor. Mujer Botox leía su propia revista, pero la mueca divertida seguía allí. Franklin ya no se aguantó más. "Disculpe", dijo. La mujer levantó la mirada y las cejas. "¿Primera vez?"

"Ay, no mi amor, mi marido se ve con el de al lado, Gerardo", dijo. El "mi amor" le cayó a Franklin como un purgante. "Esta es su quinta. Pero esta sí es tu primera, ¿no?" "Sí. primera vez. Idea de mi esposa." Mujer Botox soltó como una risita. Franklin sintió la rabia subir una iota más. "Me imaginé...", dijo ella. "¿Cómo así?" "Ustedes los hombres son incapaces de admitir un problema con eso. Nooo, el machismo por delante. Y una angustiada. Hasta que tiene que pasar 'algo', quién sabe qué, y finalmente se ponen las pilas." Franklin le iba a cantar las cuatro, vertir en ella toda la frustración, el miedo y la furia que tenía dentro, pero no había terminado de abrir la boca cuando la recepcionista salió y le dijo que la doctora estaba lista para él. Franklin la miró como si no supiera de qué hablaba. Volteó hacia Mujer Botox, quien tuvo el descaro de picarle el ojo. Franklin se tragó su arrechera, se levantó, y entró en el consultorio. Mientras entraba, la mujer tuvo un descaro aún mayor. Franklin tuvo que contenerse para no lanzarle un libro.


"Estate tranquilo, campeón. Mi marido también tenía rollos que no se le paraba, y después de un mes de consultas ya casi que estoy embarazada otra vez."

--oOo--

La habitación. Una semana antes.

"¿Nada?"

"Nada."

"¿Pero cómo que nada?"

"Bueno sí hubo algo, pero nada, no entró..:"

"Ay amor..."

"Debo estar estresado..:"

"¿Desde hace un año?"

"..."

Pausa.

"Tienes que ir al médico."

"No voy a ir al médico, Gretel."

"¿Y por qué no?"

"¿Y aún preguntas?"

"Ah, ¿prefieres que ocurra un milagro?"

"No, simplemente no q... no voy a ir."

"Franklin, cuántos años tienes tú?

"¿Qué tiene que ver?"

"¿Cuántos tienes?"

"38, y tú lo sabes."

"Ajá. Lo mismo que yo. ¿Cuántos años tienen nuestros hijos?

"Gretel, qué..."

"¿Cuántos?"

Suspiro. "Doce y catorce."

"Correcto. Ya no los tengo que cuidar tanto. ¿Verdad?"

"Ajá. ¿Pero q...?"

"Por consiguiente, me puedo dedicar a ser más esposa que madre, ¿verdad?"

"..."

"No te voy a decir que o el médico o el sofá, amor... ni voy a empezar a montarte cacho ni mucho menos... pero 38 años es muy vieja para conformarme con algunas cositas. Además, es tu salud."

"..."

"El lunes llamo para hacerte la cita."

---oOo---

El consultorio. Presente.

La doctora era una rubia alta y elegante pero, para suerte de Franklin, no era joven. Para su desgracia, tenía una sonrisa que podía derretir las capas polares. Sus manos eran pequeñas, suaves y de un blanco porcelanado. Tenía unos intensos ojos azules que parecían poder leer la parte de atrás de un cráneo humano. Podría tener unos 45 años, pero su piel parecía de 32. Franklin se sintió automáticamente incómodo en el momento que le dio la mano y le mostró una perfecta sonrisa blanca como la nieve. La pared cubierta de diplomas además lo intimidó, en vez de tranquilizarlo.

"Entonces, señor Guédez. ¿Qué puedo hacer por usted?"

Franklin suspiró. Pensó en un chiste: Convertirse en un hombre gordo y oridinario. Pero lo aplastó. Pensó en mil fomas de contestar esa pregunta y ninguna parecía adecuada. El soldado no se para firme... El tronco ya es un tallo... El espagueti está cocinado... La galleta no está crujiente...

"Tengo problemas." Buena salvada. Supongo que pensaste que estabas aquí de visita.

"Eso lo supuse, señor Guédez", dijo con una agradable sonrisa. Maldición, cómo la odio. "Pero, ¿qué problema específicamente? ¿Tiene problemas parta la erección, problemas para mantenerla, eyaculación precoz?"

Franklin palideció con cada frase. Sentía como si escuchara vulgaridades salir de la boca de un niño de cuatro años. Sentía la cara roja y caliente, y eso aumentó su incomodidad dos cuotas más. Un poco más y no le importaba si se compraba un vibrador y lo ponía entre las piernas y nunca más volvía a prender la luz cuando estuviera copn su esposa; no iba a haber manera de que pudiera seguir con esto.

"¿Señor Guédez?"

"Nopuedomantenerunaerección", dijo Franklin, sin pararse a pensarlo. Le salió como si fuera una sola palabra.

Pero la doctora lo entendió todo. Sólo dijo un "entiendo", con esa irresistible y odiosa sonrisa. Y, horror de horrores, sacó una carpeta con un bloc y un lápìz. Coño de la madre. "le voy a hacer uan serie de preguntas para determinar qué puede ser el problema, y así podemos ayudarlo mejor. ¿Le parece?"

"¿Puedo pedirle algo primero, doctora?", dijo Franklin.

La doctora levantó las cejas "Claro, cómo no."

"¿Podría convertirse en un tipo grande, gordo y ordinario?"

La delicada risa que emitió la doctora tenía la intención de decir "tranquilo, he atendido varios como tú." Lo que Franklin escuchó fue, "Pobre pendejo... como si de verdad con chistes te vas a salvar. Deja que te vayas para que veas los chismes que voy a echar." Y con todo y eso, la imagen de Gretel, su esposa que estaba esperando que cumpliera su labor, fue lo que hizo que se parara en vez de pegarle cuatro gritos, amenazar con demandar y demás.

---oOo---

Un Farmatodo. Presente.

Franklin había entrado a este Farmatodo cien, doscientas, mil veces. Y entraba como si fuera dueño del sitio. Total, era entrar, conseguir lo suyo, y salir. Pero esta vez, era como entrar en una sala llena de papelón melao. Era difícil entrar. Más difícil caminar. Sentía el peso del récipe que tenía en su cartera. Aunque quizá pesaba más el calendario inexorable que sentía volar sobre él como si la espada de Damocles fuera...

Se encaminó al fondo donde estaba el expendio de medicinas por récipe. El local no estaba lleno a rabiar pero tampoco era el único ahí. Y oh sorpresa --quien atendía era una mujer. Es una señal, se dijo. En realidad morí en mis sueños hace dos semanas, y estoy en el Purgatorio antes de morir. Juro que si salgo de esta, llevaré a mi hija de compras, acompañaré a Gretel a la peluquería... cualquier vaina.

Sacó el miserable papel, que por supuesto estaba escrito en esa extraña mezcla de español y sánscrito que parece ser la regla de todos los médicos. No tenía ni idea de lo que decía, pero sabía para qué era la medicina. "Un vasodilatador", dijo la doctora. Una pastilla de Jesús, pensó (inquietando al católico escondido que había en su cabeza), pues estaba haciendo caminar al caído. Aún no está resucitando al muerto... ¿verdad?

Llegó hasta el mostrador, y la farmaceuta--una morena clara con un poco de sobrepeso y un montón de ladilla encima-- se levantó perezosamente hacia él. "Güenos días, seño", dijo, con todo el ánimo de una vaca preñada, en perfecto español clase media baja, y como dos decibeles más arriba de lo que él hubiera querido. ¿Que las mudas no atienden en las farmacias? ¿Eso no es discriminación? Coñoemadres discriminadores... Ay coño de la madre.... "¿En qué le puedo serví?"

"Bnosdías", susurró Franklin, y rápidamente entregó el récipe. "Undeestosprfavor."

La mujer leyó el récipe, mientras Franklin miraba a los lados a ver si no había nadie lo bastante cerca. Una pareja de ancianos, un chamo que se veía casi tan nervioso como él con una caja de condones en la mano, una mujer toda emperifollada justo al lado de él, un hombre joven en el pasillo detrás. Y fue justo en el momento que volteó que la farmaceuta preguntó, con toda su calma, delante Dios y el mundo: "¿Entonces son dos cajas de Duropal zeñor?"

Franklin volteó hacia ella con ojos que parecían que iban a saltar de sus cuencas y un rostro que en cualquier momento podríoa hacer erupción como un volcán. ¿DURO-pal? ¿Duro? ¿Pal que te conté, quizá? La señora ni se mostró interesada, pero los ancianos --en particular la vieja-- voltearon a mirar a Franklin con una extraña expresión de curiosidad. El hombre joven reprimió una risa; quizá era médico. El chamo al principio no entendía, pero al ver la cara de Franklin y usar una mente evidentemente sucia, sumo dos y dos y también reprimió --con menos habilidad-- una risa. Franklin sintió que su ropa se desvanecía, y, en algún lado, el responsable de que estuviera allí, el amiguito entre las piernas, se encogió aún más. Quedó tan en shock, que simplemente asintió.

La farmaceuta aparentemente no se dio cuenta de la reacción de su cliente. O simplemente no le paraba. Fue, buscó el medicamento, dijo cuánto era. Recibió el dinero, tomó la cajita --con las palabras DUROPAL en letra grande y azul sobre fondo blanco-- y se lo entregó a
Franklin --sin una bolsa. Franklin la agarró rápidamente y salió de ahí como si alguien lo estuviera persiguiendo. No se detuvo hasta que llegó al carro y respiró profundo. Procedió a mentarle la madre en yiddish a la farmaceuta con su indiscreción, su bocota floja, y arrancó el carro.

Camino a la casa, procedió a leer la cajita de marras. "Ingiérase por vía oral." No me digas.

"Úses media hora antes de incurrir en actividad sexual." Dios. Ya se veía mirando el reloj y yendo a donde Gretel y preguntando: "Epa. Me activé. ¿Quieres?" Uy, qué romántico. Cada vez más estaba convencido que esto era una mala idea. Amaba proifundamente a su esposa, pero creía que pagar manutención era más sencillo que sufrir lo que estaba sufriendo. Esta vaina no iba a servir, pensaba.

---oOo---

El consultorio. Dos meses después.

La doctora Gómez llegó a sus consultorio con tres pacientes esperándola. Sonrió su amplia sonrisa que era tan sincera como calmante mientras los saludaba, y le preguntó a la recepcionista si había mensajes.

La muchacha sólo sonrió divertida antes de contestar, "Mensajes no doctora, pero le vino algo esta mañana. Está en su consultorio."

¡Ah pero qué maravilla!, pensó la doctora. Agradeció, entró y se quedó fría.

Su consultorio estaba lleno de globos. De todos colores, tamaños y formas. Habían además dos botellas de vino, una caja de chcocolates y, lo más insólito, un osito de peluche blanco sobre el escritorio. Y el osito tenía un corazón que decía, igual que todos y cada uno de los globos, "gracias" en español, inglés y francés. Gómez nunca había recibido tantos regalos desde que estaba en la universidad. No era su aniversario o su cumpleaños. ¿Qué es esto?

Lo supo cuando vio una nota en el escritorio. Simplemente decía cinco palabras. Pero no necesitaba saber más.

"Doctora: ¡MUCHAS GRACIAS! Franklin Guédez."

Sunday, September 09, 2007

Ella: al día siguiente (y III)

Lunes, 15 de octubre de 2007: 9:00 am.

Día libre de clases. Estoy metido en la casa. Es impelable meterse al Messenger. Aunque hayan tres personas. Entro, y en efecto, hay tres personas. No, espérate: hay cuatro. Miguel acaba de meterse.

9:10 am
Sxymike dice:
Q pasó bichiiiitooooo?

9:12 am
Bobby dice:
Aquí, viejito todo fino.Todo tipo normal.

9:14 am
Sxymike dice:
Normal??? (:_D) No m jodas, pana. Antenoche al fin saliste con la jvita que tan babiao te tenía. Escupe.

9:16
Bobby dice:
No me jodas tú, pana. "Never kiss and tell", recuerdas?

9:18
Sxymike dice:
Ah vaaaaaaaaaaainaaaaaaaaa....

9:19
Bobby dice:
(:-S)

9:22
Sxymike dice:
Djate de mariconadas. Escupe.

Mi madre pasa a mi lado. "Un día de estos le vas a dañar el teclado a tu papá, Roberto, te lo juro", se queja. "Buenos días para tí también, mamá", le contesto con una sonrisa. "Amaneciste radiante hoy." Mi señora madre resopla. "No lavaste los platos anoche. Ahí se quedaron", me responde. "Ya bajo y los lavo. Y te hago el almuerzo. Y después salgo a conquistar el mundo, ¿te parece?" Trata. El ceño se mantiene abajo. La boca se arruga. Perdió. Se ríe. "Muchacho gafo..."

9:28 am
Sxymike te ha enviado un ZUMBIDO!

9:29 am
Bobby dice:
Estás ladilla!

9:31 am
Sxymike dice:
M vas a contar o no, carajo?

9:33 am
Bobby dice:
Bueno, 'ta bien pues...

Sábado, 13 de octubre de 2007. 8:54 pm

Salimos del cine con un enorme contraste en rostros. Ella con los ojos hinchados de llorar como una... jeva, pues. Yo con un terrible disimulo de sonrisa. La película había sido buenísima, con un final un tanto desgarrador que luego pasó a enternecedor. ¿Y entonces por qué estaba peleando por no pelear los dientes?

(
Sxymike dice: Cuál fue la que vieron? Bobby dice: Milagros Inesperados. Nada que tú apreciarías, Miguel... Sxymike dice: Vt a kgr, jejeje)

Pues sí, muchachones. En el momento más triste, ella simplemente (1) me agarró la mano, (2) se acomodó en mi hombro, y (3) comenzó a llorar. Pequeños sollocitos, que eran casi lindos. Yo me sentí como el dueño de Garfield cuando al fin sale con la chica de sus sueños: como un idiota sonreí en la oscuridad. En una de esas, la bella señorita me dice: "¿Por qué tienen que pasar estas cosas?" Yo finjo un quiebre de voz y digo: "Sí, vale..." Y ella me aprieta la mano. Y sí, sentí el pulgar pasar por encima de la mía.

Como para efectos dramáticos, aspiro y suelto un suspiro: "¿Todavía quieres comer? ¿O nos llenamos con las cotufas?"

Ella se seca la carita y sonríe. Una perfecta sonrisa. "No vale, si más bien tengo hambre. Supongo que tanta lloradera. Debes pensar que soy una gafa..."

Me sentí envalentonado. "Sí, realmente, pero bueno, no quería decir nada..."

Me pega en el brazo. "¡Necio! ¡Feo!"

Y nos reímos. Ah, todo iba tan perfecto...

Lunes, 15 de octubre de 2007. 9:34 am

9:34 am
Sxymike dice: Aaaaaaaay que beeeeelloooooooo...

9:35 am
Bobby dice: Maricón.

9:36 am
Sxtmike dice: (K)(K)(K)(K)(K) Ay, pero que BE-IO el Robert... Creo que voy a llorar...

9:38 am
Bobby: No, deja, que ya vas a llorar...

Sábado, 13 de octubre de 2007. 9:23 pm

La cola había sido absurda para salir. Pero igualmente absurda era la cola para conseguir puesto en el local de sushi de La Castellana. Claro, había un Subway al lado, y era noche de fiesta. De modo que mi humor ya estaba como tibio, pero no me dejaba dominar. Las ganas de ella de hablar, sin embargo, no se habían parado. Empezó a relacionar la película que acabábamos de ver con toda nuestra sociedad y lo egoístas que éramos como nación. Yo empecé a simplemente asentir, pero cuando empecé a notar como que no me creía que le estaba paranado, añadí mis dos centavos. Eso la activó otra vez.

Llegamos al estacionamiento al fin, y como si nada ella cambió el discurso. "¡Ay qué rico, sushi! Tenía AÑOS sin comer, Rober, gracias por traerme. Me encanta."

Punto para mí.

"Ay pero qué pido..."

Ay tan linda... Tan indecisa...

Había como cinco personas delante de nosotros, y una enorme pared con fotografías de los diversos platos. Yo ya estaba claro. E hice la pregunta.

"¿Qué te provoca?"

"Cónchale no sé, todo se ve tan rico..." Y esto dicho mientras se apoyaba de mí. Su perfume era suave y dulce, como deben oler las flores recién picadas. Y ese cuerpecito se sentía calentico... Las joyas de la familia sintieron un lejano cosquilleo, pero mentalmente mandé a la culebra a dormir. Cero pensamientos de hombre por hoy. Eso toca a la tercera cita, si acaso.

(Sxymike dice: Si eres marico, muchacho. Bobby dice: Déjame contar mi vaina.)

Y eso me distrajo de algo muy importante: la cola corría rápido, era sábado en la noche, y la cajera, aunque educada, no sonrió a nadie. Y mi querida compañía, posible novia para la semana que viene si todo iba bien, se estaba tomando su tiempo.

Pero yo estaba absorto en la cercanía de este hermoso cuerpo que no me preparé para lo que venía.

De repente, la pareja delante de nosotros terminó. Y la cajera --la llamaremos Anabel, por falta de otro nombre-- dijo con su voz mecánica: "Buenas noches bienvenidos qué desean". Así, sin puntuación.

Nosotros volvimos a la realidad. Mi acompañante soltó su "ay Dios verdad", yo parpadeé como salido de un sueño. Ordené lo mío, y le pregunté a ella qué quería.

Y ella simplemente miró a la pared. "Oye no sé..."

Le dije, claro, tómate tu tiempo. Le sonreí a Anabel, y la sonrisa no tuvo vuelta. Ella simplemente miró al espacio.

Y empezó la angustia.

"Ay si pido..."

"¿Qué tal será...?"

"No vale, yo comí eso la última vez, y si mejor..."

"A ver qué trae..."

"¿Qué es lo que vas a comer tú? No, eso no me gusta..."

"Ay yo probé esto la última vez y me gustó... Pero no sé si..:"

"¿Tiene este en mediano?"

"¿Te conté que mi tío viajó a Japón ayer?"

La cara de Anabel era indescriptible. Y ni les cuento la de los cuatro que estaban detrás de nosotros. Y yo, bueno, tratando de parecer natural. Pero en realidad ya me estaba angustiando. ¿Quién no? Me acerco y le digo, entre dientes: "Linda, tienes gente atrás que no votaría por ti en una elección..."

Y pueden creerlo... se volteó --en serio-- y dijo: "Ay, cinco minuticos, ¿sí? Perdónenme, es que todo es tan rico..."

Cinco minuticos. De verdad lo dijo.
Bueno, no era lo mismo vestirse que escoger qué comer... ¿verdad? Yo me devolví al via crucis por el que pasé cuando la fui a buscar. Esos cinco minutos no serían tales. Ni de vaina. Tenía que hacer algo.

Pero Dios, ese cuerpo... esa carita... ¿y si se molestaba conmigo? ¿De verdad qué importaban cuatro o cinco clientes y una cajera arrecha? (O seis... o siete...) Yo iba a consegui lo mío, ¿no?

Anabel ya empezaba a gruñir. Le sugirió si podía dejar pasar al que estaba detrás. Ella contestó con una dulzura irritante, "ya va, ya va, ya voy, en serio." El viejo que estaba detrás --¿sería italiano también?-- gruñó algo a su vez, por las líneas de abuso de la juventud, falta de respeto, que yo decidí ignorar por sanidad propia. Yo estaba a punto de gritarle a Anabel que nos diera un especial con todo, que le sacara la masa, le quitara los pepinillos, y le echara un extra de queso, lo que fuera antes de que mi cabeza estallara, cuando ella dijo: "Ay, no sé Bobby, pide tú yo confío en ti."

La miré estupefacto por un segundo, y voltée rápidamente a Anabel y le pide un combo con todo para dos, y traté de decirme que ese suspiro colectivo que oí a mis espealdas fue mi imaginación.

(Sxymike dice: JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAAJAJAJA!!!

Bobby dice: Vt a kgr. Es más te lo digo completo: VETE A CAGAR.

Bobby dice: *digo)

No pude despegarle los ojos ni un instante mientras nos preparaban la comida, no vaya a ser que alguien decidía emitir su opinión físicamente sobre ella. La comida transcurrió con calma tensa, con ella por lo visto ignorante de las malas miradas que le lanzaban. Gracias a Dios sólo eran miradas, porque lo que era yo andaba como un gato, listo para saltarle a cualquiera que se pusiera cómico.

En el carro, estaba convencido que mi largo sufrimiento estaba por acabar.

Lunes, 15 de octubre de 2007. 9:48 am

Sxymike dice: Chamo, qué buena vaina... Supongo que eso terminó ahí, no? Nada mano, culos sobran...

9:55 am
Sxymike dice: O no?

10:05 am
Sxymike dice: Epa te moriste o qué???

10:08 am
Sxymike dice: Ay chamo qué hiciste...

10:09 am
Bobby dice: Bueeeno.... :-S

Sábado, 13 de octubre de 2007. 10:35 pm

Finalmente, llegamos a su casa. Yo estaba mentalmente agotado. Casi que ni me acordaba de la película. Pero la pequeña angustia del restaurant de sushi aún estaba allí, aunque no estaba afectando a mi compañera de ninguna manera evidente. Asumí que era porque estaba tan full que no quería hablar. De todas todas yo estaba seguro que era la última vez que íbamos a salir. Quién se iba a calar ésa. Otra pareja de equivocaciones más de la retahíla que había tenido esa noche.

"Felicitaciones, Bobby", dijo ella, y no tenía que verla para saber el tamaño de sonrisa en su cara. No había ironía en esa sonrisa, ni sarcasmo, mucho menos reproche.

"¿Felicitaciones por qué?", pregunté extrañado.

"¿Sabes que todos esos momenticos incómodos que te hicimos vivir esta noche eran a propósito?"

Pausa. No entendí. O no quería entender.

"¿Cómo así?", pregunté tratando de controlar el tono de mi voz. Como podía volteaba a verla. Y no sabía si me gustaba lo que veía u oía.

"Yo me he conseguido con demasiados hombres que lo único que querían era cojerme y ya", dijo, y yo creí que la cabeza se le iba a partir de tanta sonrisa. "Entonces, he descubierto que sólo los que me quieren de verdad se calan pequeñas tonterías de impuntualidad. Y tú eres el primero que se cala dos. ¡Qué bello eres!"

Estaba en la Río de Janeiro hacia el este. Vi un estacionamiento de un edificio. Automáticamente me metí allí. Ella dio un pequño grito, lo que en el momento me hizpo un mundo de bien.

"Bobby, ¿qué...?"

"¿Tienes... alguna... IDEA... por lo que me hiciste pasar?" le dije en un elevado susrro. Más sonaba como el bufido de una cobra. "La ARRECHERA que agarré en la tarde, la INCOMODIDAD en donde el sushi..."

Me miraba como un conejito asustado, pero igual veía los restos de una sonrisa en esa boquita. La había sorprendido, pero igual estaba divertida, más que asustada. Yo empezaba a temblar de la pura arrechera.

"Te lo voy a decir así, Ivette --"

"Dime Ivecita", trató de endulzarme.

"TE LO VOY A DECIR ASÍ, IVETTE", dije, alzando la voz sólo un poco. "Si alguna vez en tu VIDA me vuelves a hacer una vaina así ---si alguna VEZ lo vuelves a siquiera INTENTAR---"

Domingo, 4 de spetiembre de 2018

"¿Todavía estás con eso, Bobby?", se oyó la voz atrás.

Me estiré la espalda. ¿Cuáto tiempo tenía sentado ahí? Miré la hora, y vi que tenía casi dos horas. Me había entusiasmado.

"Sí, amor, pero ya casi termino", dijo.

"Eso lo oí hace como media hora", me dijo, y otra vez oí el sarcasmo más que el reproche. "Sabes que cada evz que montas una historia nueva, el Bobby se pierde en el mundo de Bobby."

La miré, enamorado como nunca. Y miré la pantalla. Leí la frase final, cuando estaba a punto de comérmela vivo, ahora que sabía que me había manipulado. Y sentí un poquito de culpa, considerando todo lo que había pasado en estos últimos once años. Los recuerdos de Ivette cuando salimos esa primera vez me inundaron como una ola de felicidad, diversión y amor juvenil. Con todo y los treinta encima.

"No te quejes", le dije, con un poquito del sarcasmo que ella me había pegado, "que la primera vez que tú y yo salimos también me hiciste esperar... IVETTE MARÍA."

Puso las manos en la cadera y puso una cara de falsa ofendida. "¿Tú vas a seguir reclamándome eso? ¿Después de once años? ¡Qué horroooor!"

Me tuve que reír. "Dame quince minutos. No, diez. En serio. Y subo."

Me sonrió otra vez. Miserable sonrisa, que me ponía tan mal. "Bueno. Está bien", ahora con un falso puchero. "Pero mira que tu esposita es impaciente. Y además...", se levantó la batica de algodón que llevaba, mostrando unas delicadas y blancas pantaletas, "hace como calooooor..."

"Suboencincominutos." Lo dije sin pausar ni nada, y pelando los ojos.

"Más te valeeee..."

Mientras subía, me di cuenta de dos cosas: uno, malhaya sea cómo todas las mujeres lo manipulan a uno hasta quedar como un pendejo.

Y dos: coño, vamos a estar claros, a veces es muy sabroso quedar como un pendejo.

Wednesday, July 25, 2007

Ella: la búsqueda (II)

Dame cinco minutos, lindo, sí?

Dependiendo de qué clase de persona seas, esas primeras tres palabras o te dan aliento o te desesperan. ¿Yo? Yo creo que deberían ser las peores palabras que un hombre puede escuchar, sólo superadas por Tenemos que hablar. Ningún hombre debería ser sometido a semejante tortura.

Pero hombres al fin, jamás aprendemos.

Esas inocentes palabras las recibí a las 4:55 de la tarde de un sábado de julio. Había llegado puntual a recoger a la chica de mis sueños. Iba a llevarla a tomar un café, iba a llevarla a ver alguna película que yo esperaba no fuera una basura particular, y después la regresaría aquí. Bueno, esa última parte era algo que cualquier hombre en los inicios de sus veinte años quiere considerar "una posibilidad abierta", pero era la esencia.

Yo le había avisado por mensajito que ya había llegado, y esa fue la respuesta. OK, eso lo puedo tolerar, pensé.

Poooobre idiota...

La señorita en cuestión vive en una calle ciega en una urbanización al este de nuestra querida ciudad. A esa hora, ese día, estaba atestada de caros. Los únicos sitios para parar el caro eran las entradas a los estacionamientos. De modo que maniobré mi Starlet (sí, un Starlet... ya llevaba diez años en mi familia. ¿Y qué?) a la entrada de su edificio, y me senté a esperar. Chequeé mi colonia, aliento, asiento de copiloto. Revisé que el asiento de atrás no estuviera demasiado desastroso. Al ver que todo estaba en orden, me bajé del carro. Tenía todo el show armado: Madame, buenas noches, pase adelante. Entones le abro la puerta y le tomo la mano para que se monte. Y doy la vuelta por detrás, a ver si me abría la puerta. Alguito que aprendí de la película A Bronx Tale. Gracias, Chazz Palmintieri.

Bien, me bajé, y me recuesto del carro. Sabes, tratando de parecer el dueño del mundo. Qué pendejos somos cuando chamos, Dios... Bueno, anyway, de todos modos no bien me recuesto del caro, cuando veo que la reja del garage se está abriendo. Alguien iba a salir de su edificio. Corro a mover el caro, después de hacer el gesto universal de pedir perdón de levantar las manos y sonreír a la señora que está en la camioneta que se dispone a salir. La señora levanta las manos y asiente. Tranquilo, pero dale, muévelo.

Muevo el carro, y me vuelvo a meter en mi puesto una vez que la camioneta me pasa al lado. Veo el celular. 5:01. Ya pasaron seis minutos. En cualquier momento. Y me paro al lado del carro.

Y espero.


Y entonces...

¡¡¡PE-PEEEEEEEEEEEE!!!

Casi brinqué fuera de mi piel. 'Na guará de susto. Era un lanchón de carro, un Conquistador, que me pedía paso. Esta vez, sólo levanto las manos para pedir disculpas. El hombre que está manejando se limita a verme. Viejo pajúo, pienso.

Muevo el carro de nuevo, esta vez hacia adelante. El viejo mete su lancha, no antes de lanzar una mirada desaprobadora en mi dirección. Una vez adentro, retrocedo de nuevo a mi puesto, y veo el reloj. 5:11. ¿Y entonces?

Me volví a bajar del carro y me disponía a mandar un mensaje cuando el viejo se asoma por el estacionamiento. Tendría como unos sesenta y pico de años, calvo y con lentes que parecía habérselos comprado a Héctor Lavoe. Y estaba vestido de beige de pie a cabeza. Y con una voz de notable acento italiano, me dice: "Espero que nadie tenga que salir de emergencia mientras tenga ese carro allí."

Levanté la vista, y vi si el hombre iba a seguir con su sermón. El malhumor estaba empezando a gotear dentro de mí, pues nunca me ha gustado esperar. Y este viejo lo estaba pasando de un goteo a un chorrito. Abrí la boca para decirle algo, pero honestamente no quería darle el placer. No iba a dejar que me arruinara la vida

(más de lo que ya estaba)

de modo que me limité a mirarlo. Hasta traté de sonreír. Y le levanté la mano en paz. Ni mutis de parte del fiero italiano. Y todo hubiera quedado ahí. Hasta que masculló: "Muchachos del coño que no quieren servir para nada..." mientras se alejaba.

No soporto, ni he soportado nunca, a los que se creen superiores por su edad. Por lo que han vivido. Por el puesto que tienen. El comentario apretó un botón, y mi sonrisa desapareció en un instante. Además, en ese interín vi el reloj. 5:16. ¿Alguien me dice dónde está esa mujer?

Me levanté para defenderme de lo que yo veía como el más injusto e inaceptable de los ataques contra mi condición de juvenil. Me veía reduciendo al viejo a lágrimas, quizá hasta causarle un ataque. Y todo para nada, pues la entrada del garaje empezó a abrirse de nuevo.

Me debatí un momento entre mandar al nuevo chofer al carajo y arrancar tras el objeto actual de mi irritación, que el mundo se vaya al Diablo, y devolverme a quitar el carro. Y claro, como siempre, el ser civilizado y pendejo se devolvió al carro a moverse. Pero también, como se había abierto la reja, el dueño del Uno que salía no estaba muy contento.

Le grité "Ya voy, ya voy", irritado hasta más no poder. Y cometí el error de ver el reloj otra vez: 5:20. La carajita me tenía esperando ya quince minutos. Había tenido que mover el carro para atrás y adelante tres veces, había pasado calor, y había sido insultado. Quién coño se creía esa niña de papá para --

Y en eso, justo antes de que me devolviera al hueco frente al garage, la puerta del edificio se abrió. Y yo nunca me he odiado tanto.

El objeto de mis afectos se había puesto un jean azul profundo, perfectamente amoldado a unas piernas que han visto su tiempo en el gimnasio. Tenía un top blanco con delgadas tiras que mostraba hombros acanelados con una ligera escarcha. Y el maquillaje que tenía era el mínimo requerido para lograr resaltar su belleza, no ser su belleza.

Y en un instante, yo me olvidé de todo. No solté la rabia del todo, pero sus gruñidos pasaron a susurros. Alguna parte de mí protestó porque estaba dejando que una mujer me sedujera con su aspecto, pero en realidad no tenía razón.

Lo que me tenía seducido era la lata de té Lipton que tenía en la mano.

Llegó al carro con una sonrisa avergonzada que a mí qué me importó si era verdadera o no. Abrió la puerta, se montó ("Ah pero es que cree que aún nos vamos", protestó alguna parte de mi mente, pero no la oí mucho), y casi sin respirar dio esta excusa:

--Ay, mi cielo, discúlpame, soy la peor, de verdad que se me fue la hora arreglándome, es que no quería que me vieras toda sucia como siempre me ves con la cara de estresada...

(¡¿ESA es su cara de estresada?!)

--...y tú pasando calor acá abajo, mira te traje un té para que no me odies mucho. De verdad discúlpame, ¿sí? Toma.

Y me dio el té. Yo aún la veía como quien está en Babia. Y juro que mil cosas me pasaron por la cabeza: poner cara de culo y decir gracias, decir algún chiste irónico después de decir gracias, formar un peo maunque sea educado, lo que sea con tal de reclamar mis derechos.

En cambio, simplemente abrí la boca y dije:

--Tranquila, linda. Total, tampoco fue tanto así. Gracias por el té. ¿Nos vamos entonces?

IDIOTA.