La sorpresa en su cara cuando entraron y me vieron sentado esperándolos no me causó la satisfacción que esperaba. Me decía que creían que yo no sabía, que lo que vendrían a decirme sería noticia. Me sentí, por la enésima vez en mi vida, subestimado.
Mi furia subió un grado. Mi garganta se secó y otra vez deseaba haberme servido algo para tomar. Habría tiempo para después. Mucho tiempo. Quizá.
“Juan”, dijo ella, un pequeño sobresalto en su voz. “¿Qué haces allí?”
No contesté de inmediato. Ni la miré. No, lo miré a él. El hombre que, sin proponérselo o no, había destruido un matrimonio de apenas siete años, una relación de doce. Quería evitar sentir sorpresa que había sido él, pero no me engañé más. Hace un año quizá lo habría dudado. Hace un mes me había mentido a mí mismo y pensado que me había equivocado. Ayer lo averigüé todo.
“Juan”, repitió ella, más serenamente.
Conté hasta tres, esperando a que él levantara la vista del piso. A ver si tenía los cojones de mirarme a la cara. Pero ahora los tenía para sentir vergüenza. Eso, o había algo fascinante en el cuadrado de madera en el piso justo enfrente de él. La vergüenza te llegó tarde, papá.
Bien tarde.
“Juan, tenemos que decirte algo”.
El toque de nerviosismo mezclado con su usual determinación tampoco me satisfizo. Estaba exigente, yo. Pin, otro grado de furia más.
Al ver que el papi estaba demasiado fascinado en el piso como para interrumpirlo, volteé a ella. Debe haber visto algo en mi cara, porque dio un medio paso atrás. Casi, pero no suficiente.
“Juan…” Ya mi nombre se sentía gastado. Sentía que era a otro a quien le hablaba, otro que estaba sentado en el apartamento. No era tampoco tan alejado de la realidad –sentía más furia de la que me creía capaz de sentir. Más vale que me sintiera como alguien más.
“Dime”, dije al fin, con una voz que no se sentía mía.
Pausa. Respiró profundo. Anda, angelito. Convénceme. Tú puedes.
“Juan-esto-no-es-algo-que-p-planeamos”, dijo. Habló rápido, y todo le salió casi como una sola palabra. Un tropezoncito en la última palabra. ¿Una mentira que se había repetido antes? ¿Qué era lo que había dicho Goebbels? “Una mentira repetida mil veces…” Chávez también la repetía.
“Pero estemos claros, tampoco es como si tú y yo hayamos estado muy bien cuando empezó. Nosotros tenemos un buen rato mal”.
Mmmmm…
Otra pausa. Otra inspiración.
“Pedro y yo nos encontramos en un momento en que nos… necesitábamos, simplemente. A él le estaba yendo mal en la vida, y yo, bueno… me sentía sola, Juan”.
Ah, mira vale.
Mientras escribo esto, aún siento la furia que sentí en el momento que me dijo eso. El gran coño de su madre. Si tú sientes sola, tú hablas con tu esposo. Tú buscas que el tipo salga de donde está metido y te haga compañía. Buscas que te atienda. Buscas SO-LU-CIO-NAR.
“Todos tus viajes, tus horas en la oficina, todo el tiempo trabajando”, siguió. Se oía más serena, como si de verdad ella fuera la engañada. Estaba esperando que me dijera que nunca le dije que un arquitecto tenía que trabajar tanto. Que lo que vio y se caló en la universidad era mentira. Que mientras ella estudió publicidad, una carrera que de vaina te exige saber escribir, leer y de repente dibujar –y que me disculpen los publicistas que lean esta vaina, si es que algún día lo descubren--, yo tenía que pasar tres días sin dormir preparando una maqueta mientras me volvía mierda los dedos.
Que debí haberle advertido antes de casarnos.
Pin.
Coño ‘e su madre…
Otro grado más.
Si había otro más, no iba a haber tiempo de ese trago después de todo.
“Se que me dijiste que sería así por un tiempo, y yo dije que estaba bien. Pero no creí que iba a ser por tanto tiempo”.
Y ahí estaba.
Hasta se le medio quebró la voz al final.
El noble apoyo de mi esposa levantó la mano y la colocó en su hombre. Pobre, valiente mujer. Todo lo que soportó. Pero tranquila, bella dama. Aquí estoy yo.
“Sé que te debes sentir muy mal, y no creas que yo me siento muy bien”, continuó. El eufemismo del año. “Pero esto no tiene por qué terminar de manera desagradable. Podemos—“
“¿Esperas un divorcio limpio y calladito?”, la interrumpí, en voz baja.
Él apretó con cuidado el hombro a la que en ese momento dejó de ser mi esposa. Fuerza. Ánimo. No te dejes manipular. Ella entornó los ojos, como cuando tratas de explicarle algo a un niño particularmente terco.
Respiré profundamente sin quitarles la vista, y traté de calmarme más. Si me ofuscaba, íbamos a perder todos. Seguramente yo más que ellos. Claro, no había garantía que no iba a pasar así, pero igual…
“Juan, lo que quiero es que los resolvamos por la buena, Los dos –los tres—nos merecemos mejor de lo que tenemos ahora. ¿Vamos a poner las cosas más difíciles?”
Lentamente me paré, caminé detrás del sillón, y por el rabo del ojo lo vi a él haciendo el ademán de ponerse en medio de nosotros y relajarse cuando vieron que no les iba a saltar encima. Yo, que de vaina le había alzado la voz a Mercedes cuando habíamos discutido. Así será mi cara. Eso sí me hizo sentir un poco mejor. Un poco.
El reloj en la sala de mi casa indicaba las ocho y diez de la noche. Sólo habían pasado cinco minutos desde que habían llegado, y yo sentía que llevaba horas sentado allí. Bueno mentira: sentía que el tiempo había dejado de existir. Salí al balcón y me apoyé de la baranda. La fría brisa de febrero erizó mis brazos.
En lo que pensé entonces, como lo hago ahora, fue en mis padres, él muerto hace diez años, ella ida a ese mundo distante donde viven los enfermos de Alzheimer. Un matrimonio de 42 años, un solo hijo y de carambola, porque mamá tenía 39 cuando me tuvo. Papá había sido apenas su segundo novio, diez años mayor que ella. Cuando murió, por un infarto, digo yo que de tanto trabajar, mamá ya empezaba a olvidar dónde estaban las llaves. Al año me preguntó dónde estaba papá; a los dos no sabía quién era yo.
Pero para todo lo que mi viejo trabajaba –era dueño de cuatro ferreterías en Caracas, más un kiosco en Los Palos Grandes que atendía con mi tío su hermano “por hobby”, como decía—siempre tuvo tiempo para mamá y para mí. Aseguró el futuro hasta de los nietos que jamás conocerá de tanto trabajar, pero yo no recuerdo un día en que el viejo no se acercaba a mi cuarto sólo para saber cómo iba el proyecto. Sí, cuando Gaby Espino o Aura Ávila adornaban la portada de una de las revistas que llegaban, tenía una pícara mirada que yo fingía no ver para avergonzarlo –era tan hombre como cualquiera. Pero aún a sus 72 años, él se paraba a comprarle una rosa a mamá cuando le nacía, no porque se sintiera culpable. Y mamá, hasta el día de su muerte, le tenía su desayuno listo a las cuatro de la mañana cuando se iba al kiosco. Lo llamaba fijo a horas del día que estaba desocupado sólo para oírle la voz. Una vez a la semana tenía la mesa puesta con queso y vino esperando a que llegara y se pudiera relajar y conversar. Y habían días en que se ponía el perfume favorito de papá…
...sólo para que le diera un besito adicional.
Me acuerdo de eso ahora y no sé ni cómo seguí escribiendo, del nudo en la garganta. Llorar aquí… como que no.
Mi mamá jamás se volteó a ver a otro hombre, aún si no estaba con papá, y él, aunque admiraba la belleza femenina, siempre remataba con: “Pero ninguna como mi Lela”. Paco y Lela Urrecheaga fueron ejemplo de amor, no sólo para mí, sino para cualquiera que los conociera de pasada. Cuando conocieron a la que ya era mi ex-esposa, ante Dios si no ante la ley, les emocionaba la idea de tener nietos. A mí me emocionaba la idea de recrear ese amor, de seguir ese ejemplo.
Por lo visto, fui el único.
¿Aún amaba a Mercedes? Desde que empecé a escribir esto, me he preguntado esa vaina. ¿Es así de arrecho el amor, que a pesar de que peleas y peleas y peleas a diario, no hay forma de matar un amor verdadero? ¿Es como una vaina hereditaria, que amas a tu esposa sin condiciones?
Bueh, a estas alturas…
Coño, extrañaba a los viejos, vale.
Mamá, te iré a ver en lo que pueda.
Viejo, échame la bendición, desde arriba…
“Juan..” Esta vez fue el papi el que habló.
Y yo regresé al amargo presente con la fuerza de un avión estrellado.
“Oye viejo… esta no es una vaina que planifiqué ni nada, ¿ves? O sea, conocí a Mech –a Mercedes—y bueno…”
“Ahí te equivocas”, lo interrumpí.
“¿Cómo?”
“Que ahí te equivocas”, repetí. “No la conociste”.
Me volteé y los miré.
“Yo te la presenté. Tú no la conociste”. Volví a mirar los edificios de enfrente. Los dos habíamos querido vivir en Manzanares –medio lejos del ruido, no tan aislado como para no enterarte cuando pase una vaina, ja, ja...
Por si se lo preguntan, si alguien está leyendo esto, en una fiesta de la empresa. Papi era uno de los administradores de la firma. Divorciado. La mujer se fue a Canadá con el hijo.
Ni que fuera culpa mía.
“Bueno está bien, me la presentaste, el caso es que—“
“Dime una vaina”, dije,. “Si yo te dijera que yo fui el que convencí a tu esposa a irse pa’l carajo, ¿qué harías?”
Una mirada perpleja suya. Una mirada exasperada de ella, que acompañó con un “Juan por favor”.
“Si fuera yo el que te diga que es por mí que nunca más verás a tu esposa ni a tu carajito, ¿qué harías, viejito? ¿Mm?”
La furia se estaba coleando en mi voz otra vez, pero la eché para atrás con fuerza. Eso no era parte del plan, y ahora me importaba mantenerme en él.
“Te voy a agradecer que dejes a mi hijo fuera de esta vaina”, dijo el niño. Le había tocado la tecla desafinada. Me supo a carato, pero también me di cuenta de lo fácil que esta vaina iba a salirse de control si seguía por aquí.
No, no, no. No señor.
La prueba fue lo siguiente que dijo mi ex-esposa.
“Coño, Juan Antonio, madura”.
“Oh sí”, dije. Aún no había volteado, así que no vio la amarga sonrisa en mis labios. “Eso es algo de lo que debes saber bastante, ¿no?”
Respiré profundo, lo boté, y me calmé otro poco más. Volví a mirar alrededor. El apartamento quedaba en un cuarto piso de la calle oeste de Manzanares, y estaba a nombre de los dos. La idea había sido de ella. O sea que iba a haber pleito por él.
O bueno… no.
Ahí recordé que estaba esperando algo. ¿Cuánto tiempo había pasado?
“Necesito un vaso de agua”, dijo ella. Ahora era su paciencia la que se estaba yendo.
Volteé una vez más. Su cara era de resignación, aceptando que no le iba a dar la salida fácil. Él ya no temía mirarme de frente; parecía listo para arrancarme la cabeza. Cómo te atreves a hablar de mi hijo, me decía su cara. Bueno, estamos a mano, ¿no?
“Sabes dónde está la cocina”, dije, lo más amablemente que pude.
Los dos me miraron como sin creer que pudiera ser tan antipático. Ay pero qué odioso. Y entraron juntos.
Cerré la puerta del balcón, una combinación de madera y vidrio que yo mismo había escogido, y tres cosas entraron a mi mente simultáneamente.
Me gustaba este apartamento.
¿Habré dejado conscientemente de arreglar la nevera?
¿Y cómo fue que no olieron el gas?
La explosión vino fuerte, sacudiendo al edificio, pareciera. Por un segundo me pareció ver algo salir volando de la puerta de la cocina hacia la sala –no sabía si había sido él o ella. Si hubiera estado parado directamente delante de la puerta del balcón, los vidrios me habrían hecho pedazos mientras que la onda de choque seguro me habría hecho caer al vacío. Pero me había movido hacia un lado del balcón, y sólo recibí algunos rasguños en la cara y el brazo. Con todo y eso, el calor de las llamas me quemó parte de la ceja izquierda, y por un momento pensé que igualito me iba a caer.
El enchufe malo de la nevera debió echar un chispazo cuando abrieron la nevera, oficial. Y seguramente, cuando mi esposa me llamó para decir que quería hablar conmigo, simplemente me descuidé y no apagué el gas. Yo sabía que se iba a terminar, oficial. Me rompió el corazón. Ay, Dios, pero yo no esperaba que terminara así…
Unos minutos pasaron, no sé cuánto, porque el reloj de la sala se había caído por la explosión. Oía los gritos de mis vecinos. Creo que alguien hasta me vio por el balcón y gritaba mi nombre, pero eso podría haber sido en Marte. Cuando abrí los ojos, Pedro me estaba mirando desde el suelo de la sala. Su cara era una hamburguesa cruda y quemada, pero sus ojos seguían abiertos. Su cabeza estaba a un ángulo que no correspondía con el de un ser humano normal. Sus ojos quedaron en un estado de perenne sorpresa, como que no se esperaba esto de un pobre pajúo como yo.
Sorpresa, papito.
Tuve que luchar para no sonreír. Sabía que igualito me podían acusar de homicidio culposo. Al final me internaron en un psiquiátrico, diez días de evaluación por trauma de ver a mi esposa y a su amante quemarse por una explosión en mi casa, sin que haya podido hacer nada para salvarlos. Y aquí estoy. Este papelito fue mi mejor terapia, mi mayor consuelo. Creo que voy a estar bien. Sí, estoy seguro que lo estaré. Pero esto se tiene que quemar… ¿O me lo trago?
No sé cuánto estuve allí, ignorando los gritos de mis vecinos que me llamaban desesperados, y mirando a Pedro mirándome a mí desde el más allá. Lo que sí sé es que cuando oí la primera sirena, los golpes a mi puerta y lo quedaba de mi sala, una extraña calma se apoderó de mí. Menos mal que nadie vio la sonrisa ni podía escuchar la baja risa que empezó en mi garganta. Igual si la escuchaban pensarían que era por histeria.
Cuando empecé a gritar por ayuda, igualito me lo creyeron. Sí… voy a estar bien.
Caraqueños
Historias que pueden ser de cualquier parte del mundo, que ocurren en la ciudad de lo posible: Caracas.
Friday, November 04, 2011
Saturday, January 26, 2008
La única opción
El consultorio. Presente.
Franklin estaba, por decir lo menos, inquieto. No había forma en que encontrara una posición cómoda. Pero tampoco hallaba cómo iba a estar cómodo aquí. La mujer que estaba sentada directamente enfrente suyo, contemporánea con él, con su muestra de botox en la cara y una "pechonalidad" que por llevarla ella no era necesariamente propia, le echó una mirada de divertida compasión por la décima vez. Franklin la odió como quien odia a un político. He estado en salas de espera antes, coño, pensó para tratar de relajarse. Vamos a quedarnos quietos, carajo.
Vio las arcaicas revistas dispuestas, y se fue directo al crucigrama de una de ellas. Que ya estaba hecho en un 80%. No importa. Prefería matarse pensando cuál era la letra de agedul o como se diga que concentrarse en por qué rayos está aquí. La recepcionista entra, una atractiva morenita con un piercing en la nariz. Carajitos de hoy en día, piensa Franklin; tiene una hija de 14 años que ya hasta quería hacerse las tetas. Franklin mató esa idea rapidito. Con el tatuaje en la espalda no pudo hacer nada más que castigar a la carajita. "La doctora lo verá a usted después del paciente que tiene ahora, señor Guédez", dijo con una sonrisa. Franklin entró en pánico. "¿Cómo la doctora? Yo tengo una cita con el doctor Leo Gómez!", protestó. La mujer botox se llevó la mano a la boca, limpiándose algo. O tapando una sonrisa. Miserable meretriz. La recepcionista sonrió más abiertamente, entrenada para calmar. "Sí, señor Guédez, con la doctora Leonor Gómez. Su esposa hizo la cita ayer."
La mente de Franklin corrió en sobretiempo. Cambiar la cita para otro día, digamos el año 2021; solicitar a un hombre y quedar como machista; mandarlo todo al carajo y ser machista. Pero pensó en las consecuencias. Gretel nunca se lo perdonaría. Qué coño, a echarle pichón. Suspiró de resignación. Le dio las gracias a la recepcionista, y esta entró de nuevo. Franklin soltó la revista y se pasó la mano por la cabeza. esto simplemente se ponía mejor y mejor. Mujer Botox leía su propia revista, pero la mueca divertida seguía allí. Franklin ya no se aguantó más. "Disculpe", dijo. La mujer levantó la mirada y las cejas. "¿Primera vez?"
"Ay, no mi amor, mi marido se ve con el de al lado, Gerardo", dijo. El "mi amor" le cayó a Franklin como un purgante. "Esta es su quinta. Pero esta sí es tu primera, ¿no?" "Sí. primera vez. Idea de mi esposa." Mujer Botox soltó como una risita. Franklin sintió la rabia subir una iota más. "Me imaginé...", dijo ella. "¿Cómo así?" "Ustedes los hombres son incapaces de admitir un problema con eso. Nooo, el machismo por delante. Y una angustiada. Hasta que tiene que pasar 'algo', quién sabe qué, y finalmente se ponen las pilas." Franklin le iba a cantar las cuatro, vertir en ella toda la frustración, el miedo y la furia que tenía dentro, pero no había terminado de abrir la boca cuando la recepcionista salió y le dijo que la doctora estaba lista para él. Franklin la miró como si no supiera de qué hablaba. Volteó hacia Mujer Botox, quien tuvo el descaro de picarle el ojo. Franklin se tragó su arrechera, se levantó, y entró en el consultorio. Mientras entraba, la mujer tuvo un descaro aún mayor. Franklin tuvo que contenerse para no lanzarle un libro.
"Estate tranquilo, campeón. Mi marido también tenía rollos que no se le paraba, y después de un mes de consultas ya casi que estoy embarazada otra vez."
La habitación. Una semana antes.
"¿Nada?"
"Nada."
"¿Pero cómo que nada?"
"Bueno sí hubo algo, pero nada, no entró..:"
"Ay amor..."
"Debo estar estresado..:"
"¿Desde hace un año?"
"..."
Pausa.
"Tienes que ir al médico."
"No voy a ir al médico, Gretel."
"¿Y por qué no?"
"¿Y aún preguntas?"
"Ah, ¿prefieres que ocurra un milagro?"
"No, simplemente no q... no voy a ir."
"Franklin, cuántos años tienes tú?
"¿Qué tiene que ver?"
"¿Cuántos tienes?"
"38, y tú lo sabes."
"Ajá. Lo mismo que yo. ¿Cuántos años tienen nuestros hijos?
"Gretel, qué..."
"¿Cuántos?"
Suspiro. "Doce y catorce."
"Correcto. Ya no los tengo que cuidar tanto. ¿Verdad?"
"Ajá. ¿Pero q...?"
"Por consiguiente, me puedo dedicar a ser más esposa que madre, ¿verdad?"
"..."
"No te voy a decir que o el médico o el sofá, amor... ni voy a empezar a montarte cacho ni mucho menos... pero 38 años es muy vieja para conformarme con algunas cositas. Además, es tu salud."
"..."
"El lunes llamo para hacerte la cita."
El consultorio. Presente.
La doctora era una rubia alta y elegante pero, para suerte de Franklin, no era joven. Para su desgracia, tenía una sonrisa que podía derretir las capas polares. Sus manos eran pequeñas, suaves y de un blanco porcelanado. Tenía unos intensos ojos azules que parecían poder leer la parte de atrás de un cráneo humano. Podría tener unos 45 años, pero su piel parecía de 32. Franklin se sintió automáticamente incómodo en el momento que le dio la mano y le mostró una perfecta sonrisa blanca como la nieve. La pared cubierta de diplomas además lo intimidó, en vez de tranquilizarlo.
"Entonces, señor Guédez. ¿Qué puedo hacer por usted?"
Franklin suspiró. Pensó en un chiste: Convertirse en un hombre gordo y oridinario. Pero lo aplastó. Pensó en mil fomas de contestar esa pregunta y ninguna parecía adecuada. El soldado no se para firme... El tronco ya es un tallo... El espagueti está cocinado... La galleta no está crujiente...
"Tengo problemas." Buena salvada. Supongo que pensaste que estabas aquí de visita.
"Eso lo supuse, señor Guédez", dijo con una agradable sonrisa. Maldición, cómo la odio. "Pero, ¿qué problema específicamente? ¿Tiene problemas parta la erección, problemas para mantenerla, eyaculación precoz?"
Franklin palideció con cada frase. Sentía como si escuchara vulgaridades salir de la boca de un niño de cuatro años. Sentía la cara roja y caliente, y eso aumentó su incomodidad dos cuotas más. Un poco más y no le importaba si se compraba un vibrador y lo ponía entre las piernas y nunca más volvía a prender la luz cuando estuviera copn su esposa; no iba a haber manera de que pudiera seguir con esto.
"¿Señor Guédez?"
"Nopuedomantenerunaerección", dijo Franklin, sin pararse a pensarlo. Le salió como si fuera una sola palabra.
Pero la doctora lo entendió todo. Sólo dijo un "entiendo", con esa irresistible y odiosa sonrisa. Y, horror de horrores, sacó una carpeta con un bloc y un lápìz. Coño de la madre. "le voy a hacer uan serie de preguntas para determinar qué puede ser el problema, y así podemos ayudarlo mejor. ¿Le parece?"
"¿Puedo pedirle algo primero, doctora?", dijo Franklin.
La doctora levantó las cejas "Claro, cómo no."
"¿Podría convertirse en un tipo grande, gordo y ordinario?"
La delicada risa que emitió la doctora tenía la intención de decir "tranquilo, he atendido varios como tú." Lo que Franklin escuchó fue, "Pobre pendejo... como si de verdad con chistes te vas a salvar. Deja que te vayas para que veas los chismes que voy a echar." Y con todo y eso, la imagen de Gretel, su esposa que estaba esperando que cumpliera su labor, fue lo que hizo que se parara en vez de pegarle cuatro gritos, amenazar con demandar y demás.
Un Farmatodo. Presente.
Franklin había entrado a este Farmatodo cien, doscientas, mil veces. Y entraba como si fuera dueño del sitio. Total, era entrar, conseguir lo suyo, y salir. Pero esta vez, era como entrar en una sala llena de papelón melao. Era difícil entrar. Más difícil caminar. Sentía el peso del récipe que tenía en su cartera. Aunque quizá pesaba más el calendario inexorable que sentía volar sobre él como si la espada de Damocles fuera...
Se encaminó al fondo donde estaba el expendio de medicinas por récipe. El local no estaba lleno a rabiar pero tampoco era el único ahí. Y oh sorpresa --quien atendía era una mujer. Es una señal, se dijo. En realidad morí en mis sueños hace dos semanas, y estoy en el Purgatorio antes de morir. Juro que si salgo de esta, llevaré a mi hija de compras, acompañaré a Gretel a la peluquería... cualquier vaina.
Sacó el miserable papel, que por supuesto estaba escrito en esa extraña mezcla de español y sánscrito que parece ser la regla de todos los médicos. No tenía ni idea de lo que decía, pero sabía para qué era la medicina. "Un vasodilatador", dijo la doctora. Una pastilla de Jesús, pensó (inquietando al católico escondido que había en su cabeza), pues estaba haciendo caminar al caído. Aún no está resucitando al muerto... ¿verdad?
Llegó hasta el mostrador, y la farmaceuta--una morena clara con un poco de sobrepeso y un montón de ladilla encima-- se levantó perezosamente hacia él. "Güenos días, seño", dijo, con todo el ánimo de una vaca preñada, en perfecto español clase media baja, y como dos decibeles más arriba de lo que él hubiera querido. ¿Que las mudas no atienden en las farmacias? ¿Eso no es discriminación? Coñoemadres discriminadores... Ay coño de la madre.... "¿En qué le puedo serví?"
"Bnosdías", susurró Franklin, y rápidamente entregó el récipe. "Undeestosprfavor."
La mujer leyó el récipe, mientras Franklin miraba a los lados a ver si no había nadie lo bastante cerca. Una pareja de ancianos, un chamo que se veía casi tan nervioso como él con una caja de condones en la mano, una mujer toda emperifollada justo al lado de él, un hombre joven en el pasillo detrás. Y fue justo en el momento que volteó que la farmaceuta preguntó, con toda su calma, delante Dios y el mundo: "¿Entonces son dos cajas de Duropal zeñor?"
Franklin volteó hacia ella con ojos que parecían que iban a saltar de sus cuencas y un rostro que en cualquier momento podríoa hacer erupción como un volcán. ¿DURO-pal? ¿Duro? ¿Pal que te conté, quizá? La señora ni se mostró interesada, pero los ancianos --en particular la vieja-- voltearon a mirar a Franklin con una extraña expresión de curiosidad. El hombre joven reprimió una risa; quizá era médico. El chamo al principio no entendía, pero al ver la cara de Franklin y usar una mente evidentemente sucia, sumo dos y dos y también reprimió --con menos habilidad-- una risa. Franklin sintió que su ropa se desvanecía, y, en algún lado, el responsable de que estuviera allí, el amiguito entre las piernas, se encogió aún más. Quedó tan en shock, que simplemente asintió.
La farmaceuta aparentemente no se dio cuenta de la reacción de su cliente. O simplemente no le paraba. Fue, buscó el medicamento, dijo cuánto era. Recibió el dinero, tomó la cajita --con las palabras DUROPAL en letra grande y azul sobre fondo blanco-- y se lo entregó a Franklin --sin una bolsa. Franklin la agarró rápidamente y salió de ahí como si alguien lo estuviera persiguiendo. No se detuvo hasta que llegó al carro y respiró profundo. Procedió a mentarle la madre en yiddish a la farmaceuta con su indiscreción, su bocota floja, y arrancó el carro.
Camino a la casa, procedió a leer la cajita de marras. "Ingiérase por vía oral." No me digas.
"Úses media hora antes de incurrir en actividad sexual." Dios. Ya se veía mirando el reloj y yendo a donde Gretel y preguntando: "Epa. Me activé. ¿Quieres?" Uy, qué romántico. Cada vez más estaba convencido que esto era una mala idea. Amaba proifundamente a su esposa, pero creía que pagar manutención era más sencillo que sufrir lo que estaba sufriendo. Esta vaina no iba a servir, pensaba.
---oOo---
El consultorio. Dos meses después.
La doctora Gómez llegó a sus consultorio con tres pacientes esperándola. Sonrió su amplia sonrisa que era tan sincera como calmante mientras los saludaba, y le preguntó a la recepcionista si había mensajes.
La muchacha sólo sonrió divertida antes de contestar, "Mensajes no doctora, pero le vino algo esta mañana. Está en su consultorio."
¡Ah pero qué maravilla!, pensó la doctora. Agradeció, entró y se quedó fría.
Su consultorio estaba lleno de globos. De todos colores, tamaños y formas. Habían además dos botellas de vino, una caja de chcocolates y, lo más insólito, un osito de peluche blanco sobre el escritorio. Y el osito tenía un corazón que decía, igual que todos y cada uno de los globos, "gracias" en español, inglés y francés. Gómez nunca había recibido tantos regalos desde que estaba en la universidad. No era su aniversario o su cumpleaños. ¿Qué es esto?
Lo supo cuando vio una nota en el escritorio. Simplemente decía cinco palabras. Pero no necesitaba saber más.
"Doctora: ¡MUCHAS GRACIAS! Franklin Guédez."
Franklin estaba, por decir lo menos, inquieto. No había forma en que encontrara una posición cómoda. Pero tampoco hallaba cómo iba a estar cómodo aquí. La mujer que estaba sentada directamente enfrente suyo, contemporánea con él, con su muestra de botox en la cara y una "pechonalidad" que por llevarla ella no era necesariamente propia, le echó una mirada de divertida compasión por la décima vez. Franklin la odió como quien odia a un político. He estado en salas de espera antes, coño, pensó para tratar de relajarse. Vamos a quedarnos quietos, carajo.
Vio las arcaicas revistas dispuestas, y se fue directo al crucigrama de una de ellas. Que ya estaba hecho en un 80%. No importa. Prefería matarse pensando cuál era la letra de agedul o como se diga que concentrarse en por qué rayos está aquí. La recepcionista entra, una atractiva morenita con un piercing en la nariz. Carajitos de hoy en día, piensa Franklin; tiene una hija de 14 años que ya hasta quería hacerse las tetas. Franklin mató esa idea rapidito. Con el tatuaje en la espalda no pudo hacer nada más que castigar a la carajita. "La doctora lo verá a usted después del paciente que tiene ahora, señor Guédez", dijo con una sonrisa. Franklin entró en pánico. "¿Cómo la doctora? Yo tengo una cita con el doctor Leo Gómez!", protestó. La mujer botox se llevó la mano a la boca, limpiándose algo. O tapando una sonrisa. Miserable meretriz. La recepcionista sonrió más abiertamente, entrenada para calmar. "Sí, señor Guédez, con la doctora Leonor Gómez. Su esposa hizo la cita ayer."
La mente de Franklin corrió en sobretiempo. Cambiar la cita para otro día, digamos el año 2021; solicitar a un hombre y quedar como machista; mandarlo todo al carajo y ser machista. Pero pensó en las consecuencias. Gretel nunca se lo perdonaría. Qué coño, a echarle pichón. Suspiró de resignación. Le dio las gracias a la recepcionista, y esta entró de nuevo. Franklin soltó la revista y se pasó la mano por la cabeza. esto simplemente se ponía mejor y mejor. Mujer Botox leía su propia revista, pero la mueca divertida seguía allí. Franklin ya no se aguantó más. "Disculpe", dijo. La mujer levantó la mirada y las cejas. "¿Primera vez?"
"Ay, no mi amor, mi marido se ve con el de al lado, Gerardo", dijo. El "mi amor" le cayó a Franklin como un purgante. "Esta es su quinta. Pero esta sí es tu primera, ¿no?" "Sí. primera vez. Idea de mi esposa." Mujer Botox soltó como una risita. Franklin sintió la rabia subir una iota más. "Me imaginé...", dijo ella. "¿Cómo así?" "Ustedes los hombres son incapaces de admitir un problema con eso. Nooo, el machismo por delante. Y una angustiada. Hasta que tiene que pasar 'algo', quién sabe qué, y finalmente se ponen las pilas." Franklin le iba a cantar las cuatro, vertir en ella toda la frustración, el miedo y la furia que tenía dentro, pero no había terminado de abrir la boca cuando la recepcionista salió y le dijo que la doctora estaba lista para él. Franklin la miró como si no supiera de qué hablaba. Volteó hacia Mujer Botox, quien tuvo el descaro de picarle el ojo. Franklin se tragó su arrechera, se levantó, y entró en el consultorio. Mientras entraba, la mujer tuvo un descaro aún mayor. Franklin tuvo que contenerse para no lanzarle un libro.
"Estate tranquilo, campeón. Mi marido también tenía rollos que no se le paraba, y después de un mes de consultas ya casi que estoy embarazada otra vez."
--oOo--
La habitación. Una semana antes.
"¿Nada?"
"Nada."
"¿Pero cómo que nada?"
"Bueno sí hubo algo, pero nada, no entró..:"
"Ay amor..."
"Debo estar estresado..:"
"¿Desde hace un año?"
"..."
Pausa.
"Tienes que ir al médico."
"No voy a ir al médico, Gretel."
"¿Y por qué no?"
"¿Y aún preguntas?"
"Ah, ¿prefieres que ocurra un milagro?"
"No, simplemente no q... no voy a ir."
"Franklin, cuántos años tienes tú?
"¿Qué tiene que ver?"
"¿Cuántos tienes?"
"38, y tú lo sabes."
"Ajá. Lo mismo que yo. ¿Cuántos años tienen nuestros hijos?
"Gretel, qué..."
"¿Cuántos?"
Suspiro. "Doce y catorce."
"Correcto. Ya no los tengo que cuidar tanto. ¿Verdad?"
"Ajá. ¿Pero q...?"
"Por consiguiente, me puedo dedicar a ser más esposa que madre, ¿verdad?"
"..."
"No te voy a decir que o el médico o el sofá, amor... ni voy a empezar a montarte cacho ni mucho menos... pero 38 años es muy vieja para conformarme con algunas cositas. Además, es tu salud."
"..."
"El lunes llamo para hacerte la cita."
---oOo---
El consultorio. Presente.
La doctora era una rubia alta y elegante pero, para suerte de Franklin, no era joven. Para su desgracia, tenía una sonrisa que podía derretir las capas polares. Sus manos eran pequeñas, suaves y de un blanco porcelanado. Tenía unos intensos ojos azules que parecían poder leer la parte de atrás de un cráneo humano. Podría tener unos 45 años, pero su piel parecía de 32. Franklin se sintió automáticamente incómodo en el momento que le dio la mano y le mostró una perfecta sonrisa blanca como la nieve. La pared cubierta de diplomas además lo intimidó, en vez de tranquilizarlo.
"Entonces, señor Guédez. ¿Qué puedo hacer por usted?"
Franklin suspiró. Pensó en un chiste: Convertirse en un hombre gordo y oridinario. Pero lo aplastó. Pensó en mil fomas de contestar esa pregunta y ninguna parecía adecuada. El soldado no se para firme... El tronco ya es un tallo... El espagueti está cocinado... La galleta no está crujiente...
"Tengo problemas." Buena salvada. Supongo que pensaste que estabas aquí de visita.
"Eso lo supuse, señor Guédez", dijo con una agradable sonrisa. Maldición, cómo la odio. "Pero, ¿qué problema específicamente? ¿Tiene problemas parta la erección, problemas para mantenerla, eyaculación precoz?"
Franklin palideció con cada frase. Sentía como si escuchara vulgaridades salir de la boca de un niño de cuatro años. Sentía la cara roja y caliente, y eso aumentó su incomodidad dos cuotas más. Un poco más y no le importaba si se compraba un vibrador y lo ponía entre las piernas y nunca más volvía a prender la luz cuando estuviera copn su esposa; no iba a haber manera de que pudiera seguir con esto.
"¿Señor Guédez?"
"Nopuedomantenerunaerección", dijo Franklin, sin pararse a pensarlo. Le salió como si fuera una sola palabra.
Pero la doctora lo entendió todo. Sólo dijo un "entiendo", con esa irresistible y odiosa sonrisa. Y, horror de horrores, sacó una carpeta con un bloc y un lápìz. Coño de la madre. "le voy a hacer uan serie de preguntas para determinar qué puede ser el problema, y así podemos ayudarlo mejor. ¿Le parece?"
"¿Puedo pedirle algo primero, doctora?", dijo Franklin.
La doctora levantó las cejas "Claro, cómo no."
"¿Podría convertirse en un tipo grande, gordo y ordinario?"
La delicada risa que emitió la doctora tenía la intención de decir "tranquilo, he atendido varios como tú." Lo que Franklin escuchó fue, "Pobre pendejo... como si de verdad con chistes te vas a salvar. Deja que te vayas para que veas los chismes que voy a echar." Y con todo y eso, la imagen de Gretel, su esposa que estaba esperando que cumpliera su labor, fue lo que hizo que se parara en vez de pegarle cuatro gritos, amenazar con demandar y demás.
---oOo---
Un Farmatodo. Presente.
Franklin había entrado a este Farmatodo cien, doscientas, mil veces. Y entraba como si fuera dueño del sitio. Total, era entrar, conseguir lo suyo, y salir. Pero esta vez, era como entrar en una sala llena de papelón melao. Era difícil entrar. Más difícil caminar. Sentía el peso del récipe que tenía en su cartera. Aunque quizá pesaba más el calendario inexorable que sentía volar sobre él como si la espada de Damocles fuera...
Se encaminó al fondo donde estaba el expendio de medicinas por récipe. El local no estaba lleno a rabiar pero tampoco era el único ahí. Y oh sorpresa --quien atendía era una mujer. Es una señal, se dijo. En realidad morí en mis sueños hace dos semanas, y estoy en el Purgatorio antes de morir. Juro que si salgo de esta, llevaré a mi hija de compras, acompañaré a Gretel a la peluquería... cualquier vaina.
Sacó el miserable papel, que por supuesto estaba escrito en esa extraña mezcla de español y sánscrito que parece ser la regla de todos los médicos. No tenía ni idea de lo que decía, pero sabía para qué era la medicina. "Un vasodilatador", dijo la doctora. Una pastilla de Jesús, pensó (inquietando al católico escondido que había en su cabeza), pues estaba haciendo caminar al caído. Aún no está resucitando al muerto... ¿verdad?
Llegó hasta el mostrador, y la farmaceuta--una morena clara con un poco de sobrepeso y un montón de ladilla encima-- se levantó perezosamente hacia él. "Güenos días, seño", dijo, con todo el ánimo de una vaca preñada, en perfecto español clase media baja, y como dos decibeles más arriba de lo que él hubiera querido. ¿Que las mudas no atienden en las farmacias? ¿Eso no es discriminación? Coñoemadres discriminadores... Ay coño de la madre.... "¿En qué le puedo serví?"
"Bnosdías", susurró Franklin, y rápidamente entregó el récipe. "Undeestosprfavor."
La mujer leyó el récipe, mientras Franklin miraba a los lados a ver si no había nadie lo bastante cerca. Una pareja de ancianos, un chamo que se veía casi tan nervioso como él con una caja de condones en la mano, una mujer toda emperifollada justo al lado de él, un hombre joven en el pasillo detrás. Y fue justo en el momento que volteó que la farmaceuta preguntó, con toda su calma, delante Dios y el mundo: "¿Entonces son dos cajas de Duropal zeñor?"
Franklin volteó hacia ella con ojos que parecían que iban a saltar de sus cuencas y un rostro que en cualquier momento podríoa hacer erupción como un volcán. ¿DURO-pal? ¿Duro? ¿Pal que te conté, quizá? La señora ni se mostró interesada, pero los ancianos --en particular la vieja-- voltearon a mirar a Franklin con una extraña expresión de curiosidad. El hombre joven reprimió una risa; quizá era médico. El chamo al principio no entendía, pero al ver la cara de Franklin y usar una mente evidentemente sucia, sumo dos y dos y también reprimió --con menos habilidad-- una risa. Franklin sintió que su ropa se desvanecía, y, en algún lado, el responsable de que estuviera allí, el amiguito entre las piernas, se encogió aún más. Quedó tan en shock, que simplemente asintió.
La farmaceuta aparentemente no se dio cuenta de la reacción de su cliente. O simplemente no le paraba. Fue, buscó el medicamento, dijo cuánto era. Recibió el dinero, tomó la cajita --con las palabras DUROPAL en letra grande y azul sobre fondo blanco-- y se lo entregó a Franklin --sin una bolsa. Franklin la agarró rápidamente y salió de ahí como si alguien lo estuviera persiguiendo. No se detuvo hasta que llegó al carro y respiró profundo. Procedió a mentarle la madre en yiddish a la farmaceuta con su indiscreción, su bocota floja, y arrancó el carro.
Camino a la casa, procedió a leer la cajita de marras. "Ingiérase por vía oral." No me digas.
"Úses media hora antes de incurrir en actividad sexual." Dios. Ya se veía mirando el reloj y yendo a donde Gretel y preguntando: "Epa. Me activé. ¿Quieres?" Uy, qué romántico. Cada vez más estaba convencido que esto era una mala idea. Amaba proifundamente a su esposa, pero creía que pagar manutención era más sencillo que sufrir lo que estaba sufriendo. Esta vaina no iba a servir, pensaba.
---oOo---
El consultorio. Dos meses después.
La doctora Gómez llegó a sus consultorio con tres pacientes esperándola. Sonrió su amplia sonrisa que era tan sincera como calmante mientras los saludaba, y le preguntó a la recepcionista si había mensajes.
La muchacha sólo sonrió divertida antes de contestar, "Mensajes no doctora, pero le vino algo esta mañana. Está en su consultorio."
¡Ah pero qué maravilla!, pensó la doctora. Agradeció, entró y se quedó fría.
Su consultorio estaba lleno de globos. De todos colores, tamaños y formas. Habían además dos botellas de vino, una caja de chcocolates y, lo más insólito, un osito de peluche blanco sobre el escritorio. Y el osito tenía un corazón que decía, igual que todos y cada uno de los globos, "gracias" en español, inglés y francés. Gómez nunca había recibido tantos regalos desde que estaba en la universidad. No era su aniversario o su cumpleaños. ¿Qué es esto?
Lo supo cuando vio una nota en el escritorio. Simplemente decía cinco palabras. Pero no necesitaba saber más.
"Doctora: ¡MUCHAS GRACIAS! Franklin Guédez."
Sunday, September 09, 2007
Ella: al día siguiente (y III)
Lunes, 15 de octubre de 2007: 9:00 am.
Día libre de clases. Estoy metido en la casa. Es impelable meterse al Messenger. Aunque hayan tres personas. Entro, y en efecto, hay tres personas. No, espérate: hay cuatro. Miguel acaba de meterse.
9:10 am
Sxymike dice:
Q pasó bichiiiitooooo?
9:12 am
Bobby dice:
Aquí, viejito todo fino.Todo tipo normal.
9:14 am
Sxymike dice:
Normal??? (:_D) No m jodas, pana. Antenoche al fin saliste con la jvita que tan babiao te tenía. Escupe.
9:16
Bobby dice:
No me jodas tú, pana. "Never kiss and tell", recuerdas?
9:18
Sxymike dice:
Ah vaaaaaaaaaaainaaaaaaaaa....
9:19
Bobby dice:
(:-S)
9:22
Sxymike dice:
Djate de mariconadas. Escupe.
Mi madre pasa a mi lado. "Un día de estos le vas a dañar el teclado a tu papá, Roberto, te lo juro", se queja. "Buenos días para tí también, mamá", le contesto con una sonrisa. "Amaneciste radiante hoy." Mi señora madre resopla. "No lavaste los platos anoche. Ahí se quedaron", me responde. "Ya bajo y los lavo. Y te hago el almuerzo. Y después salgo a conquistar el mundo, ¿te parece?" Trata. El ceño se mantiene abajo. La boca se arruga. Perdió. Se ríe. "Muchacho gafo..."
9:28 am
Sxymike te ha enviado un ZUMBIDO!
9:29 am
Bobby dice:
Estás ladilla!
9:31 am
Sxymike dice:
M vas a contar o no, carajo?
9:33 am
Bobby dice:
Bueno, 'ta bien pues...
Sábado, 13 de octubre de 2007. 8:54 pm
(Sxymike dice: Cuál fue la que vieron? Bobby dice: Milagros Inesperados. Nada que tú apreciarías, Miguel... Sxymike dice: Vt a kgr, jejeje)
Pues sí, muchachones. En el momento más triste, ella simplemente (1) me agarró la mano, (2) se acomodó en mi hombro, y (3) comenzó a llorar. Pequeños sollocitos, que eran casi lindos. Yo me sentí como el dueño de Garfield cuando al fin sale con la chica de sus sueños: como un idiota sonreí en la oscuridad. En una de esas, la bella señorita me dice: "¿Por qué tienen que pasar estas cosas?" Yo finjo un quiebre de voz y digo: "Sí, vale..." Y ella me aprieta la mano. Y sí, sentí el pulgar pasar por encima de la mía.
Como para efectos dramáticos, aspiro y suelto un suspiro: "¿Todavía quieres comer? ¿O nos llenamos con las cotufas?"
Ella se seca la carita y sonríe. Una perfecta sonrisa. "No vale, si más bien tengo hambre. Supongo que tanta lloradera. Debes pensar que soy una gafa..."
Me sentí envalentonado. "Sí, realmente, pero bueno, no quería decir nada..."
Me pega en el brazo. "¡Necio! ¡Feo!"
Y nos reímos. Ah, todo iba tan perfecto...
Lunes, 15 de octubre de 2007. 9:34 am
9:34 am
Sxymike dice: Aaaaaaaay que beeeeelloooooooo...
9:35 am
Bobby dice: Maricón.
9:36 am
Sxtmike dice: (K)(K)(K)(K)(K) Ay, pero que BE-IO el Robert... Creo que voy a llorar...
9:38 am
Bobby: No, deja, que ya vas a llorar...
Sábado, 13 de octubre de 2007. 9:23 pm
La cola había sido absurda para salir. Pero igualmente absurda era la cola para conseguir puesto en el local de sushi de La Castellana. Claro, había un Subway al lado, y era noche de fiesta. De modo que mi humor ya estaba como tibio, pero no me dejaba dominar. Las ganas de ella de hablar, sin embargo, no se habían parado. Empezó a relacionar la película que acabábamos de ver con toda nuestra sociedad y lo egoístas que éramos como nación. Yo empecé a simplemente asentir, pero cuando empecé a notar como que no me creía que le estaba paranado, añadí mis dos centavos. Eso la activó otra vez.
Llegamos al estacionamiento al fin, y como si nada ella cambió el discurso. "¡Ay qué rico, sushi! Tenía AÑOS sin comer, Rober, gracias por traerme. Me encanta."
Punto para mí.
"Ay pero qué pido..."
Ay tan linda... Tan indecisa...
Había como cinco personas delante de nosotros, y una enorme pared con fotografías de los diversos platos. Yo ya estaba claro. E hice la pregunta.
"¿Qué te provoca?"
"Cónchale no sé, todo se ve tan rico..." Y esto dicho mientras se apoyaba de mí. Su perfume era suave y dulce, como deben oler las flores recién picadas. Y ese cuerpecito se sentía calentico... Las joyas de la familia sintieron un lejano cosquilleo, pero mentalmente mandé a la culebra a dormir. Cero pensamientos de hombre por hoy. Eso toca a la tercera cita, si acaso.
(Sxymike dice: Si eres marico, muchacho. Bobby dice: Déjame contar mi vaina.)
Y eso me distrajo de algo muy importante: la cola corría rápido, era sábado en la noche, y la cajera, aunque educada, no sonrió a nadie. Y mi querida compañía, posible novia para la semana que viene si todo iba bien, se estaba tomando su tiempo.
Pero yo estaba absorto en la cercanía de este hermoso cuerpo que no me preparé para lo que venía.
De repente, la pareja delante de nosotros terminó. Y la cajera --la llamaremos Anabel, por falta de otro nombre-- dijo con su voz mecánica: "Buenas noches bienvenidos qué desean". Así, sin puntuación.
Nosotros volvimos a la realidad. Mi acompañante soltó su "ay Dios verdad", yo parpadeé como salido de un sueño. Ordené lo mío, y le pregunté a ella qué quería.
Y ella simplemente miró a la pared. "Oye no sé..."
Le dije, claro, tómate tu tiempo. Le sonreí a Anabel, y la sonrisa no tuvo vuelta. Ella simplemente miró al espacio.
Y empezó la angustia.
"Ay si pido..."
"¿Qué tal será...?"
"No vale, yo comí eso la última vez, y si mejor..."
"A ver qué trae..."
"¿Qué es lo que vas a comer tú? No, eso no me gusta..."
"Ay yo probé esto la última vez y me gustó... Pero no sé si..:"
"¿Tiene este en mediano?"
"¿Te conté que mi tío viajó a Japón ayer?"
La cara de Anabel era indescriptible. Y ni les cuento la de los cuatro que estaban detrás de nosotros. Y yo, bueno, tratando de parecer natural. Pero en realidad ya me estaba angustiando. ¿Quién no? Me acerco y le digo, entre dientes: "Linda, tienes gente atrás que no votaría por ti en una elección..."
Y pueden creerlo... se volteó --en serio-- y dijo: "Ay, cinco minuticos, ¿sí? Perdónenme, es que todo es tan rico..."
Cinco minuticos. De verdad lo dijo. Bueno, no era lo mismo vestirse que escoger qué comer... ¿verdad? Yo me devolví al via crucis por el que pasé cuando la fui a buscar. Esos cinco minutos no serían tales. Ni de vaina. Tenía que hacer algo.
Pero Dios, ese cuerpo... esa carita... ¿y si se molestaba conmigo? ¿De verdad qué importaban cuatro o cinco clientes y una cajera arrecha? (O seis... o siete...) Yo iba a consegui lo mío, ¿no?
Anabel ya empezaba a gruñir. Le sugirió si podía dejar pasar al que estaba detrás. Ella contestó con una dulzura irritante, "ya va, ya va, ya voy, en serio." El viejo que estaba detrás --¿sería italiano también?-- gruñó algo a su vez, por las líneas de abuso de la juventud, falta de respeto, que yo decidí ignorar por sanidad propia. Yo estaba a punto de gritarle a Anabel que nos diera un especial con todo, que le sacara la masa, le quitara los pepinillos, y le echara un extra de queso, lo que fuera antes de que mi cabeza estallara, cuando ella dijo: "Ay, no sé Bobby, pide tú yo confío en ti."
La miré estupefacto por un segundo, y voltée rápidamente a Anabel y le pide un combo con todo para dos, y traté de decirme que ese suspiro colectivo que oí a mis espealdas fue mi imaginación.
(Sxymike dice: JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAAJAJAJA!!!
Bobby dice: Vt a kgr. Es más te lo digo completo: VETE A CAGAR.
Bobby dice: *digo)
No pude despegarle los ojos ni un instante mientras nos preparaban la comida, no vaya a ser que alguien decidía emitir su opinión físicamente sobre ella. La comida transcurrió con calma tensa, con ella por lo visto ignorante de las malas miradas que le lanzaban. Gracias a Dios sólo eran miradas, porque lo que era yo andaba como un gato, listo para saltarle a cualquiera que se pusiera cómico.
En el carro, estaba convencido que mi largo sufrimiento estaba por acabar.
Lunes, 15 de octubre de 2007. 9:48 am
Sxymike dice: Chamo, qué buena vaina... Supongo que eso terminó ahí, no? Nada mano, culos sobran...
9:55 am
Sxymike dice: O no?
10:05 am
Sxymike dice: Epa te moriste o qué???
10:08 am
Sxymike dice: Ay chamo qué hiciste...
10:09 am
Bobby dice: Bueeeno.... :-S
Sábado, 13 de octubre de 2007. 10:35 pm
Finalmente, llegamos a su casa. Yo estaba mentalmente agotado. Casi que ni me acordaba de la película. Pero la pequeña angustia del restaurant de sushi aún estaba allí, aunque no estaba afectando a mi compañera de ninguna manera evidente. Asumí que era porque estaba tan full que no quería hablar. De todas todas yo estaba seguro que era la última vez que íbamos a salir. Quién se iba a calar ésa. Otra pareja de equivocaciones más de la retahíla que había tenido esa noche.
"Felicitaciones, Bobby", dijo ella, y no tenía que verla para saber el tamaño de sonrisa en su cara. No había ironía en esa sonrisa, ni sarcasmo, mucho menos reproche.
"¿Felicitaciones por qué?", pregunté extrañado.
"¿Sabes que todos esos momenticos incómodos que te hicimos vivir esta noche eran a propósito?"
Pausa. No entendí. O no quería entender.
"¿Cómo así?", pregunté tratando de controlar el tono de mi voz. Como podía volteaba a verla. Y no sabía si me gustaba lo que veía u oía.
"Yo me he conseguido con demasiados hombres que lo único que querían era cojerme y ya", dijo, y yo creí que la cabeza se le iba a partir de tanta sonrisa. "Entonces, he descubierto que sólo los que me quieren de verdad se calan pequeñas tonterías de impuntualidad. Y tú eres el primero que se cala dos. ¡Qué bello eres!"
Estaba en la Río de Janeiro hacia el este. Vi un estacionamiento de un edificio. Automáticamente me metí allí. Ella dio un pequño grito, lo que en el momento me hizpo un mundo de bien.
"Bobby, ¿qué...?"
"¿Tienes... alguna... IDEA... por lo que me hiciste pasar?" le dije en un elevado susrro. Más sonaba como el bufido de una cobra. "La ARRECHERA que agarré en la tarde, la INCOMODIDAD en donde el sushi..."
Me miraba como un conejito asustado, pero igual veía los restos de una sonrisa en esa boquita. La había sorprendido, pero igual estaba divertida, más que asustada. Yo empezaba a temblar de la pura arrechera.
"Te lo voy a decir así, Ivette --"
"Dime Ivecita", trató de endulzarme.
"TE LO VOY A DECIR ASÍ, IVETTE", dije, alzando la voz sólo un poco. "Si alguna vez en tu VIDA me vuelves a hacer una vaina así ---si alguna VEZ lo vuelves a siquiera INTENTAR---"
Domingo, 4 de spetiembre de 2018
"¿Todavía estás con eso, Bobby?", se oyó la voz atrás.
Me estiré la espalda. ¿Cuáto tiempo tenía sentado ahí? Miré la hora, y vi que tenía casi dos horas. Me había entusiasmado. "Sí, amor, pero ya casi termino", dijo.
"Eso lo oí hace como media hora", me dijo, y otra vez oí el sarcasmo más que el reproche. "Sabes que cada evz que montas una historia nueva, el Bobby se pierde en el mundo de Bobby."
La miré, enamorado como nunca. Y miré la pantalla. Leí la frase final, cuando estaba a punto de comérmela vivo, ahora que sabía que me había manipulado. Y sentí un poquito de culpa, considerando todo lo que había pasado en estos últimos once años. Los recuerdos de Ivette cuando salimos esa primera vez me inundaron como una ola de felicidad, diversión y amor juvenil. Con todo y los treinta encima.
"No te quejes", le dije, con un poquito del sarcasmo que ella me había pegado, "que la primera vez que tú y yo salimos también me hiciste esperar... IVETTE MARÍA."
Puso las manos en la cadera y puso una cara de falsa ofendida. "¿Tú vas a seguir reclamándome eso? ¿Después de once años? ¡Qué horroooor!"
Me tuve que reír. "Dame quince minutos. No, diez. En serio. Y subo."
Me sonrió otra vez. Miserable sonrisa, que me ponía tan mal. "Bueno. Está bien", ahora con un falso puchero. "Pero mira que tu esposita es impaciente. Y además...", se levantó la batica de algodón que llevaba, mostrando unas delicadas y blancas pantaletas, "hace como calooooor..."
"Suboencincominutos." Lo dije sin pausar ni nada, y pelando los ojos.
"Más te valeeee..."
Mientras subía, me di cuenta de dos cosas: uno, malhaya sea cómo todas las mujeres lo manipulan a uno hasta quedar como un pendejo.
Y dos: coño, vamos a estar claros, a veces es muy sabroso quedar como un pendejo.
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