Sunday, August 26, 2012

Detrás de la puerta

Clic.
El sonido fue lejano, casi tímido. Lo suficiente para ignorar. Si no se hubiera repetido casi de inmediato. Con un hermanito que lo acompañara.
Clic-clic.
La pareja fue suficiente para hacerme subir la cabeza. No había sido mi imaginación, ni era el sofá en el que estaba sentado. Cuando sonó una tercera vez --clic clic-- también supe que no era la computadora.
Era la puerta.
Vivía solo, y Andrea no se había quedado esa noche --era difícil defender una tesis de posgrado si pasabas la noche tirando como un demente luego de beber y agarrar una nota. Como la necesidad de masturbación crónica había desaparecido desde que la conocí, y mi regla sobre drogarme es que nunca lo hago solo, esa noche sólo estábamos mi laptop, el ron, las ideas que pudiera encontrar en él y yo. A las tres de la mañana, el cuento que estaba escribiendo ya estaba mostrando piernas y hacía sus primeros intentos por correr.
Clic, clic.
No había prendido la luz cuando oscureció. Otros me dicen que me estoy descoñetando los ojos por escribir a media luz, pero cómo hago, así veo mejor las palabras. Sólo necesitaba la luz de mi fiel Assus para crear la gran obra que me pondría al nivel de Chekov, les decía. Si no me internacionalizaba, me conformaba con Sánchez Rugeles. Ya quisiera yo. Pero esa costumbre hacia que desde la calle, mi apartamentico se veía bien solo, o bien dormido. Ideal para que un amigo de lo ajeno que decidiera salir a trabajar se viera tentado.
¿De verdad será aquí?, pensé, mientras la incipiente rasca que estaba desarrollando se esfumaba para despertar el resto de mis sentidos. A lo mejor es al lado...
Como para responderme, oí las voces.
--¿Qué tanto, pues?
--Cállate la jeta, guón, que te van a oír.
Y la duda se alejó a galope. Eran dos. Dos malandros. A la entrada de mi casa. Y estaban tratando de entrar a robarme.
Los primeros rasguños de miedo se instalaron en mis brazos, y cada pelo que tenía del cuello para abajo se paró en atención, mientras la adrenalina recorrió mi cuerpo gritando peligro a cada una de mis células. Mi primer instinto fue levantarme y despertar a todo el edificio --carajo, a todo El Valle-- a gritos. ¡Ladrones, ladrones, policía! ¡Par de coñuemadres tratando de robarme! ¡Socorro! Si lo ves ahora, eso habría sido lo sensato: los tipos iban a correr, nunca te iban a ver la cara, no se iban a meter en tu casa, y te vas a cambiar los interiores por la cagada que te echaste y te acuestas a dormir. Listo, hazlo, huevón, empieza a gritar.
Excepto que no me podía levantar. Excepto que no podía gritar. No podía despegar los ojos de la puerta. El miedo me había envuelto como una sábana de piedra y no me salían los movimientos. La luz de la Assus imagino reflejaba la cara de un niño con grandes lentes, su cara un rictus de pánico. Cuando entraran --carajo, te lo dije, sonó la voz de Andrea en mi cabeza, te dije que compraras la Multilock para esa puerta-- a lo mejor iban a salir corriendo al ver que perdieron el elemento sorpresa. Pero yo medía un metro sesenta y cinco y pesaba sesenta y ocho kilos, setenta si se me mojaba la ropa. Tenía el pelo largo como un hippie desfasado, una chiva negra con algunas canas alrededor de la boca. En ese momento sólo tenía unos desteñidos boxers de Star Wars que me habían regalado hace otra vida. Lo que menos inspiraba yo era miedo. Los tipos me iban a ver y, si no corrían, lo más probable es que se cagaran ellos de la risa, me cayeran a palos (y no de la mejor manera), se llevaran las pocas cosas que tenía, Assus incluida, y me dejaran allí amoreteado. Peor, si tenían pistolas.
Pensar eso no me asustó más. La verdad es que me arrechó. Pensé en todas las veces que me habían sometido en la escuela por ser el chamo que no jugaba fútbol, que no podía hacer una plancha, que los únicos amigos que tenía eran igual de gallos que él. Que vivía con la cara hundida en un libro, que dirigía al periódico del colegio, que siempre era el favorito de las maestras. Qué importa que siempre estaba dispuesto a ayudar, excepto a los que hacían problemas en clase o se querían copiar. Ya no me la quería calar más. Estos carajos no me iban a someter. No en mi propia casa, no después que ya era un hombre hecho y derecho que había tirado con al menos cinco mujeres distintas y había agarrado quién sabe cuántas rascas en las cinco principales playas del país. Tengo un libro por publicar, hay gente que me escucha y que me lee, y el gran coño de tu madre, hay gente que me respeta. Esta es MI casa carajo. Y no me vas a venir tú a joder, malandro ‘e mierda.
Fue como si sonara una trompeta de carga en mi cabeza (definitivo, veo demasiadas comiquitas). Con mucho cuidado, quité la Assus de mis piernas, la coloqué en el sofá y la cerré lentamente. El “clic” de su tapa fue un poco más fuerte de lo que pensé, y me detuve un instante para asegurarme que el par de antisociales a mi puerta seguían pensando que el apartamento estaba solo o con gente durmiendo. Al no ver ningún ruido más que otro clic de mi cerradura --¿cuánto lleva abrir una puerta, pues?--, me moví de nuevo y busqué a tientas el celular en el brazo del sofá. Cuando lo encontré, lo usé como linterna para caminar, prácticamente de puntillas, hacia el cuarto, parándome una vez para comprobar que no habían logrado entrar. Sí escuché sus voces una vez, pero no entendí qué dijeron. Tampoco iban a hablar a todo gañote. Eran profesionales serios. Pajúos.
Entré al cuarto, con una cama que aún tenía las evidencias del cuerpo de Andrea haciendo maromas encima de ella y de mí hace seis horas. Le di rápidas pero muy sinceras gracias a Dios porque ella decidiera no pasar la noche hoy, aunque mi enamorado corazón y mi hambriento pene opinaran lo contrario. Caminé hacia mi lado de la cama --técnicamente ambos lados eran míos, pero cuando Andrea se quedaba siempre dormía del lado derecho-- y al fin el extraño instinto que tuve cuando compré este apartamento en El Valle hace ya dos años tuvo sentido, cuando vi el bate de béisbol descartado entre la basura que los vecinos de los papás de Andrea y decidí agarrarlo.
¿Ya dije que nunca fui muy ducho en los deportes? Jamás jugué “chapita” cuando chamo; lo más cercano que llegaba a jugar béisbol como tal era en el Intellivision en aquel entonces, el Playstation de los panas ahora. Le iba a los Medias Rojas allá y a los Tiburones acá, pero creo que era más para terminar un motivo de joder y beber en octubre. ¿Al estadio? Jamás. ¿Ir a casa a ver un partido? Mis panas eran más de fútbol. El punto, nunca bateé una pelota en mi vida.
Pero no se necesitaba permiso para portar armas para tener un bate en tu casa.
Estaba recostado entre la pared y la mesita de noche, desde el día que lo traje. Si fuera más creyente diría que Dios me convenció de agarrarlo. Despacito y con cuidado, cambié el celular a la mano izquierda y agarré el bate con la derecha. Rojas al bate, con dos en base...
Dejé el celular sobre la cama y agarré el bate con las dos manos. Lo blandí como una espada y caminé en la oscuridad hacia la entrada otra vez. Había empezado a sudar de lo lindo; sentí el viejo tape eléctrico que cubría el mango del bate medio resbalarse. Mi arrechera inicial no había disminuido, pero los nervios tampoco. ¿En quién coño crees que te convertirse, m’ijo?, me pregunté. ¿En Batman con complejo de Omar Visquel? ¿Y cómo es eso que hecho el pendejo sabes quién es Omar Visquel?
Evalué rápidamente cómo podría hacer. La puerta abría hacia adentro, obvio, así que podría quedar atrapado contra la pared. De frente ni de vaina; blanco fácil si cargaban pistolas, e iba a asumir que sí tenían. Mejor pensar que Murphy quería jugar esta noche y su famosa ley podía ejercerse por completo. ¿Del otro lado? Igual lo iban a ver en lo que entraran, de hecho más rápido lo iban a ver.
--Bueno chamo, ¿to’a la vida?-- dijo una de las voces al otro lado de mi puerta--. Ya pa’ estas alturas me fuera conseguío un pobre güevón pa’ quita’le el Blaberri.
--¿Te vas a callar la jeta o qué, coño?--, contestó la otra en un siseo itritado--. ¡Ya casi pue! ¡Cállate que nos van a oí, becerro!
Y de repente... clic clac. Clac. El doble cerrojo pasó. La puerta estaba sin seguro. Y no tenía cadena. El pánico estiró los dedos otra vez, pero me los sacudí como mejor pude. Chamo, lo que ibas a hacer, hazlo YA, pensé. Y la segunda voz confirmó mi segundo mayor temor.
--Ah, vite, qué te dije. Entra tú primero y prepara el hierro que no quiero sorpresa.
--‘So tá listo.
Al menos uno tenía pistola.
El gran coño de la madre.
Nada, papá. Ya te montaste en el burro. Hay que empezar a arriar.
Un minúsculo hilito de luz nació del lado izquierdo de mi campo visual. Me moví a mi derecha y levanté el bate sobre la cabeza. Unga bunga, dijo mi mente afiebrada. Yo siempre tan cómico. Si me matan, quiero a Bobby Comedia en el funeral. No sé cómo.
Algo angosto y negro entró por la altura del cerrojo, y sabía que era la pistola. Una automática, si todas las películas y CSI servían de algo. Lo siguió un brazo cubierto de un suéter negro, seguro con capucha. Cada músculo en mi cuero pedía que le soltara el bate sobre la mano, que tumbaría la pistola y se iban a ir corriendo. Una parte demencial de mi cerebro se rehusaba a dejarlos ir tan fácil. No, había que joderlos. Me obligué a esperar, pero no sin antes ligar que entraran a su derecha, lejos de donde me vieran.
Y así lo hicieron. El primero entró casi por completo, y en efecto el suéter tenía capucha, así que no le pude ver la cara. Pero el olor a calle, a sudor, a malandraje sí me llegó. El segundo tenía su mano sobre el hombro de su pana, y no tenía suéter.
--¿Qué se dice?-- dijo la voz de afuera. El primero ya estaba todo adentro.
--No se ve nadita-- respondió--. Vamos callados que--
No lo dejé terminar. Acumulé todo el tiempo que tenía sin estar en una pelea, toda la frustración del bachillerato --coño, eso nunca me lo traté con la terapista--, toda arrechera por vainas que no había logrado en mis manos, y la descargué toda en un solo batazo en la parte de arriba de su cabeza. Sonó como si le hubiera dado a una patilla. El tipo cayó como un saco, inconsciente, o al menos eso esperaba yo.
Antes que el otro pudiera reaccionar, me lancé contra la puerta y le atrapé el brazo. A la mierda con el cuidado, cuando te quiebran un brazo (mierda, ¿se lo llegué a quebrar?) tú gritas. Y el malandro gritó. Trataba de zafarse, pero por el ancho del brazo no era mucho más grande que yo. Me afinqué más, y el malandrito gritó otra vez, y entre insultos a mi mamá, mi abuela y cualquier mujer que hubiera ayudado a parirme, lo escuché que empezó a llorar, tal vez de arrechera, tal vez de frustración, tal vez de miedo, diciendo que lo soltara ahora o de verdad me iba a joder. Por un instante la lástima quiso venir; sentí cómo la empujé a un lado. ¿Tú no te la dabas de arrecho, carajito? Ahora sufre.
A estas alturas empecé a escuchar cómo el edificio cobraba vida. La señora Peña de al lado fue la primera que gritó angustiada que qué pasó. Alguien de arriba, podría ser el señor Cassini, bramó que se callaran, que eran las tres de la mañana. Alguien le contestó italiano pajúo, que algo pasó. Pedro, el vecino de enfrente, abrió la puerta. Antes que contestara le grité con todas mis fuerzas: “¡PEDRO! ¡POLICÍA! ¡YA! ¡QUE ESTOS COÑEMADRES QUISIERON METERSE EN MI CASA!” Escuché la puerta de Pedro cerrarse mientras el edificio entero se despertó, lo que parecían miles de voces ansiosas por saber qué pasó.
Prendí la luz para ver qué había hecho. En efecto el otro estaba en el piso inmóvil. Había caído con la cara hacia el otro lado de mi visión, así que no le veía qué le había hecho, pero vi lo que parecía sangre en el suelo cerca de su cabeza. El brazo que tenía atrapado ya tenía un pequeño tinte azul. Su dueño no había dejado de pedir que lo soltara, pero ya no se oía amenazante, sino suplicante. Capaz era un niño. En un solo movimiento, le agarré el brazo con la mano derecha mientras giré sobre mí mismo para soltarle la presión --a la vez que le apreté el brazo. Otro grito de dolor, y esta vez colapsó de rodillas.
Al abrirse la puerta, vi que no era un niño, pero igual era como quince años menor que yo. Y sí, estaba llorando, y sí, era porque estaba asustado. “Señor”, me dijo, “señor, po favo, me paltió el brazo, coño... Yo me voy, yo me voy y uté no me ve más, pero déjeme, que tengo a mi amá enfelma... Si me encanan yo me muero señó... y se muere ella.... Señó po favó...”
Por un brevísimo instante, pensé en descargarle el bate en la jeta. Hace un instante me ibas a robar, mariquito, pensé en decirle. Pero ahora como te jodí a ti y a tu pana sí andas todo cagao, ¿no? Como el de Emilio Lovera, el malandro cagao. ¿Tas cagao? ¿Tas cagao, mariquito?
En vez de eso, lo miré a los ojos y le puse el bate en la cara, lentamente. Y muy, muy despacio, le solté el brazo. “Párate”, le dije. Trabajosamente, me hizo caso. Pensé en amenazarlo si volvía. Pero esa mentira no me salió. Me acordé más bien de lo que me dijo un Disip cuando adolescente, en plena recluta, cuando vio que yo no servía ni para barrendero en un cuartel.
--Cuento tres y no te vi--, le dije--. Uno.
Ni me dejó llegar a dos. Bajó corriendo la escalera, agarrándose el brazo lastimado. Ni sé cómo iba a salir del edificio. Supongo que dejaron la puerta abierta. Me volteé a ver al que estaba en el suelo. Supongo que tenía que amarrarlo o algo mientras la policía llegara. Y sabes, antes que despertara, me quitara el bate, me abriera el cráneo como un melón maduro y arrancara, dejándome muerto y sintiéndome como un pajúo. No en ese orden.
Clic.
Una extensión me serviría. Debía haber una en la cocina. Claro, estaba la posibilidad que despertara mientras estaba allá adentro. O peor, que se estuviera haciendo el desmayado o el muerto y me iba a agarrar la pierna mientras le pasaba encima. Podía salir, dejarlo encerrado, pero podía escoñetarme el apartamento y--
Clic clic.
--habían cosas que--
Eso no fue mi imaginación, pensé.
Levanté la cabeza de la Assus hacia la oscuridad de mi apartamento. Llevaba escribiendo por al menos cuatro horas sin parar. El reloj en la pantalla me decía que eran las tres de la mañana. Mojón.
Como respuesta, escuché el sonido claramente. Clic, clic. No era verdad. Me había metido tanto en la historia que la mente estaba proyectando el sonido. Mentira que en serio quieren meterse en mi casa. MENTIRA.
El universo estaba telepático, por lo visto. Porque de afuera de mi puerta llegó otra vez la respuesta.
--Púrate pue.
--Chito, pues, déjame trabajar.
Un miedo muy real se apoderó de mí. Esto no era joda. Esto era de verdad. Sí, sí vivía solo en un apartamento en El Valle. Sí, era escritor, flaquito y peludo. Sí, sí había un bate de béisbol en mi cuarto. Sí, en serio alguien trató de meterse en mi casa mientras yo estaba sentado en mi sofá escribiendo.
Pero en la vida real, en Caracas al menos, los que se la dan de héroes terminan muertos.
Puse la Assus a un lado y me levanté de un brinco. Y bramé con todas mis fuerzas: “¡¿USTEDES ME VAN A ROBAR A MÍ?! ¡YA LOS OÍ, PAR DE COÑOS DE MADRE! ¡YA LLAMÉ A LA POLICÍA! ¡SE ME VAN DE ESTA MIERDA! ¡FUERA! ¡FUERA! ¡¡¡FUERAAAA!!!”
Oí a uno de los dos malandritos mascullar “¡Mierda!” mientras se tropezaron uno sobre el otro. “¡Arranca, arranca!”, le oí al otro, a lo que siguieron los ruidos de una desordenada huida. Oí voces alrededor del edificio despertándose asustados por mis gritos. Cassini abrió su puerta y dijo que me iba a demandar, que eran las tres de la mañana. Pedro abrió la suya, gritó si estaba bien. “¡Sí!”, le contesté. “¡Un par de malandros que trataron de entrar! ¡Llama a la policía, por fa, que no tengo saldo!”
Pedro cerró la puerta e imagino procedió a hacer lo que le pedí. Para cuando llegara la policía, si es que llegaba, los dos malandritos iban a estar bien lejos. Prendí la luz, caminé a la cocina y agarré una cerveza de la nevera, a ver si me bajaba la adrenalina. Me senté de nuevo en el sofá, cerré los ojos y tomé un largo trago. Respiré profundo, lo solté y abrí los ojos. La Assus estaba sobre la mesa-colchón que usaba para apoyarla de mis piernas. La abrí y leí otra vez lo que había escrito. Cuando lo había empezado, me parecía que tenía mucho potencial. Ahora no estaba tan convencido. No cuando la realidad me había encontrado imitándola y me demostró cómo eran las cosas en realidad.
Pensé en Andrea. Compartíamos gustos musicales, de cine y hasta un punto de libros (ella era más abierta en sus escogencias para leer, yo era más exigente). Pero lo que más compartíamos era una extraña afinidad el uno por el otro. Yo no sé si ella era “la que es”, pero ya a los 30 años uno tiene que pensar en esas cosas. Y lo que pasó esta noche me hizo pensar si yo era capaz de representarla de verdad si su vida llegara a correr peligro. Si ella estaba aquí no iba a estar escribiendo en la sala a oscuras; iba a estar durmiendo. Íbamos. No creo que iba a escuchar que estaban tratando de abrir la puerta. ¿Qué iba a hacer si hubieran entrado y Andrea estaba allí? ¿La iba a poder proteger?
Si conozco a Andrea, me estaría formando un peo por estar pensando así. Pero no estaba. Y me di cuenta que la extrañaba. Mucho.
Guardé el documento --quién sabe, a lo mejor sí estaba para salvarse-- y cerré la Assus. Apagué la luz de la sala y me fui al cuarto, el primer empujoncito de la cerveza al mundo de Morfeo haciendo su trabajo. Me metí en las sábanas y miré al techo. Iba a empezar a rezar el acostumbrado Padre Nuestro antes de dormir, cuando otra urgencia de escribir me entró. Estiré la mano para buscar a tientas el Blackberry en la mesa de noche, y abrí el WhatsApp. Busqué el número de Andrea y le escribí:
Hoy me di cuan agradecido estoy que el mundo se haya detenido y nos hayamos encontrado. Que mi mundo gire es sólo porque tú estás ahí para empujarme. Te amo. Disculpa si no lo digo a menudo.
Lo envié, pero no creí que fuera suficiente. Escribí otro.
Si te contara lo que pasó, pensarías que me fumé la bolsita entera o me bajé la botella completa. Y que a lo mejor por eso ando sentimental. Primera parte falsa, segunda sólo parcialmente cierta. Deja que te cuente. ¿Qué tal si vienes a desayunar? Ah de paso, ¡buenos días! :-)
Ahora sí. Le di las gracias a Eugenio Montejo por la inspiración, y dejé el Blackberry otra vez en la mesa de noche. Cerré los ojos, recé un Padre Nuestro, y me dormí. Y el mundo siguió girando.

































































Friday, November 04, 2011

“Tenemos que decirte algo”

La sorpresa en su cara cuando entraron y me vieron sentado esperándolos no me causó la satisfacción que esperaba. Me decía que creían que yo no sabía, que lo que vendrían a decirme sería noticia. Me sentí, por la enésima vez en mi vida, subestimado.

Mi furia subió un grado. Mi garganta se secó y otra vez deseaba haberme servido algo para tomar. Habría tiempo para después. Mucho tiempo. Quizá.

“Juan”, dijo ella, un pequeño sobresalto en su voz. “¿Qué haces allí?”

No contesté de inmediato. Ni la miré. No, lo miré a él. El hombre que, sin proponérselo o no, había destruido un matrimonio de apenas siete años, una relación de doce. Quería evitar sentir sorpresa que había sido él, pero no me engañé más. Hace un año quizá lo habría dudado. Hace un mes me había mentido a mí mismo y pensado que me había equivocado. Ayer lo averigüé todo.

“Juan”, repitió ella, más serenamente.

Conté hasta tres, esperando a que él levantara la vista del piso. A ver si tenía los cojones de mirarme a la cara. Pero ahora los tenía para sentir vergüenza. Eso, o había algo fascinante en el cuadrado de madera en el piso justo enfrente de él. La vergüenza te llegó tarde, papá.


Bien tarde.

“Juan, tenemos que decirte algo”.

El toque de nerviosismo mezclado con su usual determinación tampoco me satisfizo. Estaba exigente, yo. Pin, otro grado de furia más.

Al ver que el papi estaba demasiado fascinado en el piso como para interrumpirlo, volteé a ella. Debe haber visto algo en mi cara, porque dio un medio paso atrás. Casi, pero no suficiente.

“Juan…” Ya mi nombre se sentía gastado. Sentía que era a otro a quien le hablaba, otro que estaba sentado en el apartamento. No era tampoco tan alejado de la realidad –sentía más furia de la que me creía capaz de sentir. Más vale que me sintiera como alguien más.

“Dime”, dije al fin, con una voz que no se sentía mía.

Pausa. Respiró profundo. Anda, angelito. Convénceme. Tú puedes.

“Juan-esto-no-es-algo-que-p-planeamos”, dijo. Habló rápido, y todo le salió casi como una sola palabra. Un tropezoncito en la última palabra. ¿Una mentira que se había repetido antes? ¿Qué era lo que había dicho Goebbels? “Una mentira repetida mil veces…” Chávez también la repetía.

“Pero estemos claros, tampoco es como si tú y yo hayamos estado muy bien cuando empezó. Nosotros tenemos un buen rato mal”.

Mmmmm…

Otra pausa. Otra inspiración.

“Pedro y yo nos encontramos en un momento en que nos… necesitábamos, simplemente. A él le estaba yendo mal en la vida, y yo, bueno… me sentía sola, Juan”.

Ah, mira vale.

Mientras escribo esto, aún siento la furia que sentí en el momento que me dijo eso. El gran coño de su madre. Si tú sientes sola,  tú hablas con tu esposo. Tú buscas que el tipo salga de donde está metido y te haga compañía. Buscas que te atienda. Buscas SO-LU-CIO-NAR.

“Todos tus viajes, tus horas en la oficina, todo el tiempo trabajando”, siguió. Se oía más serena, como si de verdad ella fuera la engañada. Estaba esperando que me dijera que nunca le dije que un arquitecto tenía que trabajar tanto. Que lo que vio y se caló en la universidad era mentira. Que mientras ella estudió publicidad, una carrera que de vaina te exige saber escribir, leer y de repente dibujar –y que me disculpen los publicistas que lean esta vaina, si es que algún día lo descubren--, yo tenía que pasar tres días sin dormir preparando una maqueta mientras me volvía mierda los dedos.

Que debí haberle advertido antes de casarnos.


Pin.

Coño ‘e su madre…

Otro grado más.

Si había otro más, no iba a haber tiempo de ese trago después de todo.

“Se que me dijiste que sería así por un tiempo, y yo dije que estaba bien. Pero no creí que iba a ser por tanto tiempo”.

Y ahí estaba.

Hasta se le medio quebró la voz al final.

El noble apoyo de mi esposa levantó la mano y la colocó en su hombre. Pobre, valiente mujer. Todo lo que soportó. Pero tranquila, bella dama. Aquí estoy yo.

“Sé que te debes sentir muy mal, y no creas que yo me siento muy bien”, continuó. El eufemismo del año. “Pero esto no tiene por qué terminar de manera desagradable. Podemos—“

“¿Esperas un divorcio limpio y calladito?”, la interrumpí, en voz baja.

Él apretó con cuidado el hombro a la que en ese momento dejó de ser mi esposa. Fuerza. Ánimo. No te dejes manipular. Ella entornó los ojos, como cuando tratas de explicarle algo a un niño particularmente terco. 

Respiré profundamente sin quitarles la vista, y traté de calmarme más. Si me ofuscaba, íbamos a perder todos. Seguramente yo más que ellos. Claro, no había garantía que no iba a pasar así, pero igual…

“Juan, lo que quiero es que los resolvamos por la buena, Los dos –los tres—nos merecemos mejor de lo que tenemos ahora. ¿Vamos a poner las cosas más difíciles?”

Lentamente me paré, caminé detrás del sillón, y por el rabo del ojo lo vi a él haciendo el ademán de ponerse en medio de nosotros y relajarse cuando vieron que no les iba a saltar encima. Yo, que de vaina le había alzado la voz a Mercedes cuando habíamos discutido. Así será mi cara. Eso sí me hizo sentir un poco mejor. Un poco.

El reloj en la sala de mi casa indicaba las ocho y diez de la noche. Sólo habían pasado cinco minutos desde que habían llegado, y yo sentía que llevaba horas sentado allí. Bueno mentira: sentía que el tiempo había dejado de existir. Salí al balcón y me apoyé de la baranda. La fría brisa de febrero erizó mis brazos.

En lo que pensé entonces, como lo hago ahora, fue en mis padres, él muerto hace diez años, ella ida a ese mundo distante donde viven los enfermos de Alzheimer. Un matrimonio de 42 años, un solo hijo y de carambola, porque mamá tenía 39 cuando me tuvo. Papá había sido apenas su segundo novio, diez años mayor que ella. Cuando murió, por un infarto, digo yo que de tanto trabajar, mamá ya empezaba a olvidar dónde estaban las llaves. Al año me preguntó dónde estaba papá; a los dos no sabía quién era yo.

Pero para todo lo que mi viejo trabajaba –era dueño de cuatro ferreterías en Caracas, más un kiosco en Los Palos Grandes que atendía con mi tío su hermano “por hobby”, como decía—siempre tuvo tiempo para mamá y para mí. Aseguró el futuro hasta de los nietos que jamás conocerá de tanto trabajar, pero yo no recuerdo un día en que el viejo no se acercaba a mi cuarto sólo para saber cómo iba el proyecto. Sí, cuando Gaby Espino o Aura Ávila adornaban la portada de una de las revistas que llegaban, tenía una pícara mirada que yo fingía no ver para avergonzarlo –era tan hombre como cualquiera. Pero aún a sus 72 años, él se paraba a comprarle una rosa a mamá cuando le nacía, no porque se sintiera culpable. Y mamá, hasta el día de su muerte, le tenía su desayuno listo a las cuatro de la mañana cuando se iba al kiosco. Lo llamaba fijo a horas del día que estaba desocupado sólo para oírle la voz. Una vez a la semana tenía la mesa puesta con queso y vino esperando a que llegara y se pudiera relajar y conversar. Y habían días en que se ponía el perfume favorito de papá…

...sólo para que le diera un besito adicional.

Me acuerdo de eso ahora y no sé ni cómo seguí escribiendo, del nudo en la garganta. Llorar aquí… como que no.

Mi mamá jamás se volteó a ver a otro hombre, aún si no estaba con papá, y él, aunque admiraba la belleza femenina, siempre remataba con: “Pero ninguna como mi Lela”. Paco y Lela Urrecheaga fueron ejemplo de amor, no sólo para mí, sino para cualquiera que los conociera de pasada. Cuando conocieron a la que ya era mi ex-esposa, ante Dios si no ante la ley, les emocionaba la idea de tener nietos. A mí me emocionaba la idea de recrear ese amor, de seguir ese ejemplo.

Por lo visto, fui el único.

¿Aún amaba a Mercedes? Desde que empecé a escribir esto, me he preguntado esa vaina. ¿Es así de arrecho el amor, que a pesar de que peleas y peleas y peleas a diario, no hay forma de matar un amor verdadero? ¿Es como una vaina hereditaria, que amas a tu esposa sin condiciones?

Bueh, a estas alturas…

Coño, extrañaba a los viejos, vale.

Mamá, te iré a ver en lo que pueda.

Viejo, échame la bendición, desde arriba…

“Juan..” Esta vez fue el papi el que habló.

Y yo regresé al amargo presente con la fuerza de un avión estrellado.

“Oye viejo… esta no es una vaina que planifiqué ni nada, ¿ves? O sea, conocí a Mech –a Mercedes—y bueno…”

“Ahí te equivocas”, lo interrumpí.

“¿Cómo?”

“Que ahí te equivocas”, repetí. “No la conociste”.

Me volteé y los miré.

“Yo te la presenté. Tú no la conociste”. Volví a mirar los edificios de enfrente. Los dos habíamos querido vivir en Manzanares –medio lejos del ruido, no tan aislado como para no enterarte cuando pase una vaina, ja, ja...

Por si se lo preguntan, si alguien está leyendo esto, en una fiesta de la empresa. Papi era uno de los administradores de la firma. Divorciado. La mujer se fue a Canadá con el hijo.

Ni que fuera culpa mía.

“Bueno está bien, me la presentaste, el caso es que—“

“Dime una vaina”, dije,. “Si yo te dijera que yo fui el que convencí a tu esposa a irse pa’l carajo, ¿qué harías?”

Una mirada perpleja suya. Una mirada exasperada de ella, que acompañó con un “Juan por favor”.

“Si fuera yo el que te diga que es por mí que nunca más verás a tu esposa ni a tu carajito, ¿qué harías, viejito? ¿Mm?”

La furia se estaba coleando en mi voz otra vez, pero la eché para atrás con fuerza. Eso no era parte del plan, y ahora me importaba mantenerme en él.

“Te voy a agradecer que dejes a mi hijo fuera de esta vaina”, dijo el niño. Le había tocado la tecla desafinada. Me supo a carato, pero también me di cuenta de lo fácil que esta vaina iba a salirse de control si seguía por aquí.

No, no, no. No señor.

La prueba fue lo siguiente que dijo mi ex-esposa.

“Coño, Juan Antonio, madura”.

“Oh sí”, dije. Aún no había volteado, así que no vio la amarga sonrisa en mis labios. “Eso es algo de lo que debes saber bastante, ¿no?”

Respiré profundo, lo boté, y me calmé otro poco más. Volví a mirar alrededor. El apartamento quedaba en un cuarto piso de la calle oeste de Manzanares, y estaba a nombre de los dos. La idea había sido de ella. O sea que iba a haber pleito por él.

O bueno… no.

Ahí recordé que estaba esperando algo. ¿Cuánto tiempo había pasado?

“Necesito un vaso de agua”, dijo ella. Ahora era su paciencia la que se estaba yendo.

Volteé una vez más. Su cara era de resignación, aceptando que no le iba a dar la salida fácil. Él ya no temía mirarme de frente; parecía listo para arrancarme la cabeza. Cómo te atreves a hablar de mi hijo, me decía su cara. Bueno, estamos a mano, ¿no?

“Sabes dónde está la cocina”, dije, lo más amablemente que pude.

Los dos me miraron como sin creer que pudiera ser tan antipático. Ay pero qué odioso. Y entraron juntos.

Cerré la puerta del balcón, una combinación de madera y vidrio que yo mismo había escogido, y tres cosas entraron a mi mente simultáneamente.

Me gustaba este apartamento.

¿Habré dejado conscientemente de arreglar la nevera?

¿Y cómo fue que no olieron el gas?

La explosión vino fuerte, sacudiendo al edificio, pareciera. Por un segundo me pareció ver algo salir volando de la puerta de la cocina hacia la sala –no sabía si había sido él o ella. Si hubiera estado parado directamente delante de la puerta del balcón, los vidrios me habrían hecho pedazos mientras que la onda de choque seguro me habría hecho caer al vacío. Pero me había movido hacia un lado del balcón, y sólo recibí algunos rasguños en la cara y el brazo. Con todo y eso, el calor de las llamas me quemó parte de la ceja izquierda, y por un momento pensé que igualito me iba a caer.

El enchufe malo de la nevera debió echar un chispazo cuando abrieron la nevera, oficial. Y seguramente, cuando mi esposa me llamó para decir que quería hablar conmigo, simplemente me descuidé y no apagué el gas. Yo sabía que se iba a terminar, oficial. Me rompió el corazón. Ay, Dios, pero yo no esperaba que terminara así…

Unos minutos pasaron, no sé cuánto, porque el reloj de la sala se había caído por la explosión. Oía los gritos de mis vecinos. Creo que alguien hasta me vio por el balcón y gritaba mi nombre, pero eso podría haber sido en Marte. Cuando abrí los ojos, Pedro me estaba mirando desde el suelo de la sala. Su cara era una hamburguesa cruda y quemada, pero sus ojos seguían abiertos. Su cabeza estaba a un ángulo que no correspondía con el de un ser humano normal. Sus ojos quedaron en un estado de perenne sorpresa, como que no se esperaba esto de un pobre pajúo como yo.

Sorpresa, papito.

Tuve que luchar para no sonreír. Sabía que igualito me podían acusar de homicidio culposo. Al final me internaron en un psiquiátrico, diez días de evaluación por trauma de ver a mi esposa y a su amante quemarse por una explosión en mi casa, sin que haya podido hacer nada para salvarlos. Y aquí estoy. Este papelito fue mi mejor terapia, mi mayor consuelo. Creo que voy a estar bien. Sí, estoy seguro que lo estaré. Pero esto se tiene que quemar… ¿O me lo trago?

No sé cuánto estuve allí, ignorando los gritos de mis vecinos que me llamaban desesperados, y mirando a Pedro mirándome a mí desde el más allá. Lo que sí sé es que cuando oí la primera sirena, los golpes a mi puerta y lo quedaba de mi sala, una extraña calma se apoderó de mí. Menos mal que nadie vio la sonrisa ni podía escuchar la baja risa que empezó en mi garganta. Igual si la escuchaban pensarían que era por histeria.
Cuando empecé a gritar por ayuda, igualito me lo creyeron. Sí… voy a estar bien.

Saturday, January 26, 2008

La única opción

El consultorio. Presente.

Franklin estaba, por decir lo menos, inquieto. No había forma en que encontrara una posición cómoda. Pero tampoco hallaba cómo iba a estar cómodo aquí. La mujer que estaba sentada directamente enfrente suyo, contemporánea con él, con su muestra de botox en la cara y una "pechonalidad" que por llevarla ella no era necesariamente propia, le echó una mirada de divertida compasión por la décima vez. Franklin la odió como quien odia a un político.
He estado en salas de espera antes, coño, pensó para tratar de relajarse. Vamos a quedarnos quietos, carajo.

Vio las arcaicas revistas dispuestas, y se fue directo al crucigrama de una de ellas. Que ya estaba hecho en un 80%. No importa. Prefería matarse pensando cuál era la letra de agedul o como se diga que concentrarse en por qué rayos está aquí. La recepcionista entra, una atractiva morenita con un piercing en la nariz. Carajitos de hoy en día, piensa Franklin; tiene una hija de 14 años que ya hasta quería hacerse las tetas. Franklin mató esa idea rapidito. Con el tatuaje en la espalda no pudo hacer nada más que castigar a la carajita. "La doctora lo verá a usted después del paciente que tiene ahora, señor Guédez", dijo con una sonrisa. Franklin entró en pánico. "¿Cómo la doctora? Yo tengo una cita con el doctor Leo Gómez!", protestó. La mujer botox se llevó la mano a la boca, limpiándose algo. O tapando una sonrisa. Miserable meretriz. La recepcionista sonrió más abiertamente, entrenada para calmar. "Sí, señor Guédez, con la doctora Leonor Gómez. Su esposa hizo la cita ayer."

La mente de Franklin corrió en sobretiempo. Cambiar la cita para otro día, digamos el año 2021; solicitar a un hombre y quedar como machista; mandarlo todo al carajo y ser machista. Pero pensó en las consecuencias. Gretel nunca se lo perdonaría. Qué coño, a echarle pichón. Suspiró de resignación. Le dio las gracias a la recepcionista, y esta entró de nuevo. Franklin soltó la revista y se pasó la mano por la cabeza. esto simplemente se ponía mejor y mejor. Mujer Botox leía su propia revista, pero la mueca divertida seguía allí. Franklin ya no se aguantó más. "Disculpe", dijo. La mujer levantó la mirada y las cejas. "¿Primera vez?"

"Ay, no mi amor, mi marido se ve con el de al lado, Gerardo", dijo. El "mi amor" le cayó a Franklin como un purgante. "Esta es su quinta. Pero esta sí es tu primera, ¿no?" "Sí. primera vez. Idea de mi esposa." Mujer Botox soltó como una risita. Franklin sintió la rabia subir una iota más. "Me imaginé...", dijo ella. "¿Cómo así?" "Ustedes los hombres son incapaces de admitir un problema con eso. Nooo, el machismo por delante. Y una angustiada. Hasta que tiene que pasar 'algo', quién sabe qué, y finalmente se ponen las pilas." Franklin le iba a cantar las cuatro, vertir en ella toda la frustración, el miedo y la furia que tenía dentro, pero no había terminado de abrir la boca cuando la recepcionista salió y le dijo que la doctora estaba lista para él. Franklin la miró como si no supiera de qué hablaba. Volteó hacia Mujer Botox, quien tuvo el descaro de picarle el ojo. Franklin se tragó su arrechera, se levantó, y entró en el consultorio. Mientras entraba, la mujer tuvo un descaro aún mayor. Franklin tuvo que contenerse para no lanzarle un libro.

"Estate tranquilo, campeón. Mi marido también tenía rollos que no se le paraba, y después de un mes de consultas ya casi que estoy embarazada otra vez."

--oOo--

La habitación. Una semana antes.

"¿Nada?"

"Nada."

"¿Pero cómo que nada?"

"Bueno sí hubo algo, pero nada, no entró..:"

"Ay amor..."

"Debo estar estresado..:"

"¿Desde hace un año?"

"..."

Pausa.

"Tienes que ir al médico."

"No voy a ir al médico, Gretel."

"¿Y por qué no?"

"¿Y aún preguntas?"

"Ah, ¿prefieres que ocurra un milagro?"

"No, simplemente no q... no voy a ir."

"Franklin, cuántos años tienes tú?

"¿Qué tiene que ver?"

"¿Cuántos tienes?"

"38, y tú lo sabes."

"Ajá. Lo mismo que yo. ¿Cuántos años tienen nuestros hijos?

"Gretel, qué..."

"¿Cuántos?"

Suspiro. "Doce y catorce."

"Correcto. Ya no los tengo que cuidar tanto. ¿Verdad?"

"Ajá. ¿Pero q...?"

"Por consiguiente, me puedo dedicar a ser más esposa que madre, ¿verdad?"

"..."

"No te voy a decir que o el médico o el sofá, amor... ni voy a empezar a montarte cacho ni mucho menos... pero 38 años es muy vieja para conformarme con algunas cositas. Además, es tu salud."

"..."

"El lunes llamo para hacerte la cita."

---oOo---

El consultorio. Presente.

La doctora era una rubia alta y elegante pero, para suerte de Franklin, no era joven. Para su desgracia, tenía una sonrisa que podía derretir las capas polares. Sus manos eran pequeñas, suaves y de un blanco porcelanado. Tenía unos intensos ojos azules que parecían poder leer la parte de atrás de un cráneo humano. Podría tener unos 45 años, pero su piel parecía de 32. Franklin se sintió automáticamente incómodo en el momento que le dio la mano y le mostró una perfecta sonrisa blanca como la nieve. La pared cubierta de diplomas además lo intimidó, en vez de tranquilizarlo.

"Entonces, señor Guédez. ¿Qué puedo hacer por usted?"

Franklin suspiró. Pensó en un chiste: Convertirse en un hombre gordo y oridinario. Pero lo aplastó. Pensó en mil fomas de contestar esa pregunta y ninguna parecía adecuada. El soldado no se para firme... El tronco ya es un tallo... El espagueti está cocinado... La galleta no está crujiente...

"Tengo problemas." Buena salvada. Supongo que pensaste que estabas aquí de visita.

"Eso lo supuse, señor Guédez", dijo con una agradable sonrisa. Maldición, cómo la odio. "Pero, ¿qué problema específicamente? ¿Tiene problemas parta la erección, problemas para mantenerla, eyaculación precoz?"

Franklin palideció con cada frase. Sentía como si escuchara vulgaridades salir de la boca de un niño de cuatro años. Sentía la cara roja y caliente, y eso aumentó su incomodidad dos cuotas más. Un poco más y no le importaba si se compraba un vibrador y lo ponía entre las piernas y nunca más volvía a prender la luz cuando estuviera copn su esposa; no iba a haber manera de que pudiera seguir con esto.

"¿Señor Guédez?"

"Nopuedomantenerunaerección", dijo Franklin, sin pararse a pensarlo. Le salió como si fuera una sola palabra.

Pero la doctora lo entendió todo. Sólo dijo un "entiendo", con esa irresistible y odiosa sonrisa. Y, horror de horrores, sacó una carpeta con un bloc y un lápìz. Coño de la madre. "le voy a hacer uan serie de preguntas para determinar qué puede ser el problema, y así podemos ayudarlo mejor. ¿Le parece?"

"¿Puedo pedirle algo primero, doctora?", dijo Franklin.

La doctora levantó las cejas "Claro, cómo no."

"¿Podría convertirse en un tipo grande, gordo y ordinario?"

La delicada risa que emitió la doctora tenía la intención de decir "tranquilo, he atendido varios como tú." Lo que Franklin escuchó fue, "Pobre pendejo... como si de verdad con chistes te vas a salvar. Deja que te vayas para que veas los chismes que voy a echar." Y con todo y eso, la imagen de Gretel, su esposa que estaba esperando que cumpliera su labor, fue lo que hizo que se parara en vez de pegarle cuatro gritos, amenazar con demandar y demás.

---oOo---

Un Farmatodo. Presente.

Franklin había entrado a este Farmatodo cien, doscientas, mil veces. Y entraba como si fuera dueño del sitio. Total, era entrar, conseguir lo suyo, y salir. Pero esta vez, era como entrar en una sala llena de papelón melao. Era difícil entrar. Más difícil caminar. Sentía el peso del récipe que tenía en su cartera. Aunque quizá pesaba más el calendario inexorable que sentía volar sobre él como si la espada de Damocles fuera...

Se encaminó al fondo donde estaba el expendio de medicinas por récipe. El local no estaba lleno a rabiar pero tampoco era el único ahí. Y oh sorpresa --quien atendía era una mujer. Es una señal, se dijo. En realidad morí en mis sueños hace dos semanas, y estoy en el Purgatorio antes de morir. Juro que si salgo de esta, llevaré a mi hija de compras, acompañaré a Gretel a la peluquería... cualquier vaina.

Sacó el miserable papel, que por supuesto estaba escrito en esa extraña mezcla de español y sánscrito que parece ser la regla de todos los médicos. No tenía ni idea de lo que decía, pero sabía para qué era la medicina. "Un vasodilatador", dijo la doctora. Una pastilla de Jesús, pensó (inquietando al católico escondido que había en su cabeza), pues estaba haciendo caminar al caído. Aún no está resucitando al muerto... ¿verdad?

Llegó hasta el mostrador, y la farmaceuta--una morena clara con un poco de sobrepeso y un montón de ladilla encima-- se levantó perezosamente hacia él. "Güenos días, seño", dijo, con todo el ánimo de una vaca preñada, en perfecto español clase media baja, y como dos decibeles más arriba de lo que él hubiera querido. ¿Que las mudas no atienden en las farmacias? ¿Eso no es discriminación? Coñoemadres discriminadores... Ay coño de la madre.... "¿En qué le puedo serví?"

"Bnosdías", susurró Franklin, y rápidamente entregó el récipe. "Undeestosprfavor."

La mujer leyó el récipe, mientras Franklin miraba a los lados a ver si no había nadie lo bastante cerca. Una pareja de ancianos, un chamo que se veía casi tan nervioso como él con una caja de condones en la mano, una mujer toda emperifollada justo al lado de él, un hombre joven en el pasillo detrás. Y fue justo en el momento que volteó que la farmaceuta preguntó, con toda su calma, delante Dios y el mundo: "¿Entonces son dos cajas de Duropal zeñor?"

Franklin volteó hacia ella con ojos que parecían que iban a saltar de sus cuencas y un rostro que en cualquier momento podríoa hacer erupción como un volcán. ¿DURO-pal? ¿Duro? ¿Pal que te conté, quizá? La señora ni se mostró interesada, pero los ancianos --en particular la vieja-- voltearon a mirar a Franklin con una extraña expresión de curiosidad. El hombre joven reprimió una risa; quizá era médico. El chamo al principio no entendía, pero al ver la cara de Franklin y usar una mente evidentemente sucia, sumo dos y dos y también reprimió --con menos habilidad-- una risa. Franklin sintió que su ropa se desvanecía, y, en algún lado, el responsable de que estuviera allí, el amiguito entre las piernas, se encogió aún más. Quedó tan en shock, que simplemente asintió.

La farmaceuta aparentemente no se dio cuenta de la reacción de su cliente. O simplemente no le paraba. Fue, buscó el medicamento, dijo cuánto era. Recibió el dinero, tomó la cajita --con las palabras DUROPAL en letra grande y azul sobre fondo blanco-- y se lo entregó a
Franklin --sin una bolsa. Franklin la agarró rápidamente y salió de ahí como si alguien lo estuviera persiguiendo. No se detuvo hasta que llegó al carro y respiró profundo. Procedió a mentarle la madre en yiddish a la farmaceuta con su indiscreción, su bocota floja, y arrancó el carro.

Camino a la casa, procedió a leer la cajita de marras. "Ingiérase por vía oral." No me digas.

"Úses media hora antes de incurrir en actividad sexual." Dios. Ya se veía mirando el reloj y yendo a donde Gretel y preguntando: "Epa. Me activé. ¿Quieres?" Uy, qué romántico. Cada vez más estaba convencido que esto era una mala idea. Amaba proifundamente a su esposa, pero creía que pagar manutención era más sencillo que sufrir lo que estaba sufriendo. Esta vaina no iba a servir, pensaba.

---oOo---

El consultorio. Dos meses después.

La doctora Gómez llegó a sus consultorio con tres pacientes esperándola. Sonrió su amplia sonrisa que era tan sincera como calmante mientras los saludaba, y le preguntó a la recepcionista si había mensajes.

La muchacha sólo sonrió divertida antes de contestar, "Mensajes no doctora, pero le vino algo esta mañana. Está en su consultorio."

¡Ah pero qué maravilla!, pensó la doctora. Agradeció, entró y se quedó fría.

Su consultorio estaba lleno de globos. De todos colores, tamaños y formas. Habían además dos botellas de vino, una caja de chcocolates y, lo más insólito, un osito de peluche blanco sobre el escritorio. Y el osito tenía un corazón que decía, igual que todos y cada uno de los globos, "gracias" en español, inglés y francés. Gómez nunca había recibido tantos regalos desde que estaba en la universidad. No era su aniversario o su cumpleaños. ¿Qué es esto?

Lo supo cuando vio una nota en el escritorio. Simplemente decía cinco palabras. Pero no necesitaba saber más.

"Doctora: ¡MUCHAS GRACIAS! Franklin Guédez."