La emoción que sentía al ver sus textos era sólo comparable al absoluto pánico que tenía de sus propios sentimientos.
Hola, leyó.
Hola, contestó. Carita sonriente.
Estaré en tu ciudad la semana que viene.
Pausa. ¿La semana que viene? Antes que se pudiera controlar, empezó a buscar una lista de excusas para liberarse de la responsabilidad de verlo. Aunque fuera lo que más quería. Porque ERA lo que más quería. Actúa natural. Ni siquiera ha dicho que te quiere ver. Pero va a decirlo, ¿verdad?
¿Y eso?
Visito unos familiares.
Ah que fino.
Me encantaría verte.
Lo dijo.
Emma siempre había sido tímida. Bueno, no tanto tímida. Introvertida. MUY introvertida. Es que no había tenido buenas experiencias con las personas. Menos con los hombres. No era fea; en sus propias palabras era "normalita". Morena, natural; no le interesaba estar a la moda, quería simplemente verse bien. Ella no decía qué partes de su cuerpo le gustaban, porque simplemente se aceptaba igual y ya. Pero sabía que igual levantaba. Pasa que hacía lo imposible por no hacerse notar. Si no la notaban, pues no la dañaban, ¿verdad? Lo había hecho hace tanto que ya olvidaba la cercanía a un ser humano. Y a veces lo extrañaba, pero no lo necesitaba.
Pero Esteban era distinto. Sólo lo había visto en fotos, hablado con él cuatro veces, pero texteaban mucho. Él vivía en Valencia, ella en Maracaibo. Se conocieron a través de Twitter, de todas las
cosas. Y fue él quien la siguió a ella. Se burlaban de los caraqueños, se quejaban del calor, hablaban de cine (las películas que coincidían, que eran pocas), de viajar. Al mes, le pidió su número. Le dijo que no. Otro mes más, se lo dio. Por alguna razón, él la hacía reír. Por alguna otra, ella le interesaba a él.
¿A qué hora llegas?
El viernes en la noche. Me voy el domingo.
El sábado es la fiesta de mi sobrina en Cabimas...
Qué frío.
Jajaja, sí vale.
Bueno, cenamos el viernes, o desayunamos el domingo, te parece?
No, porque me voy desde el viernes. No, porque el domingo mis papás siempre quieren desayunar con mis abuelos. No, porque hay un fantasma en el lago que no me deja pasar. No, porque me aterra terminar de enamorarme de ti.
Déjame cuadrar y te digo.
Carita desilsionada.
No vale, en serio, sí voy a tratar.
Te conozco, Orozco.
Ese no es mi apellido.
....
Ay que gafa...
Lo dijiste tú. Carita sonriente pícara.
Hace un año, los textos cambiaron de intensidad. Ya no eran tan inocentes. Total, ella tenía rato sin novio, él estaba soltero hace poco. Lo "hicieron" por texto. Fue intenso. Fue hermoso. Fue horrible. No podía esperar a repetirlo. Le mandó fotos pícaras. Él le escribía poesía que la excitaba más. Poesía, qué tal. Lo hicieron otra vez. Fue aún más aterrador, porque fue aún más intenso.
Al mes, dejó de escribirle. Él tampoco le escribió de vuelta. Dos meses después, él la llamó. Sólo quería saber cómo estaba. Pero no supo disimular la emoción en su voz al oír la de él, y tampoco
ignorar la desilusión en la suya. Nunca le preguntó por qué le dejó de escribir. Ella no se lo dijo. Chau. Chau.
¿Dónde vive tu familia?
Por la 5 de Julio, sabes?
Sip.
Lejos de ti?
Más o menos. ¿Te quedas con ellos?
No, en un hotelcito, en la Bella Vista. El Cumberland.
Ah ya. Lo conozco.
Picarona.
Carita de ojos entornados.
Hazte.
No me hago nada.
Ni huevos?
Carita de ojos entornados.
No la llamó más por un tiempo. Pero se seguían leyendo en Twitter. Seguían comentándose uno que otro tuit. Un día le escribió que había soñado con ella. Sintió de nuevo el terror. Qué soñaste, preguntó. Que vivíamos juntos, pero no estábamos casados. En pecado, muérete. Ay que horror. Me desperté antes de llegar a la parte interesante.
Respiró profundo, ese día. Volvió a hacerlo hoy mientras lo recordaba, mientras lo leía, como lo leía entonces, sentada en su cama, ignorando mal el lejano calor que sentía en su vientre. No sé por qué sueñas tanto conmigo, le dijo cuando tuvo oro sueño. Si es la segunda vez. Pero igual me piensas mucho. Ah no, claro. No deberías.
Tardó mucho en responder. Por qué pues. Mira lo lejos que vivimos. Lo distinto que somos. Tú eres muy buen hombre y te mereces una mujer que siempre esté contigo. ¿En Valencia no hay con quien puedas hablar? Ah, es que quieres que no hable más contigo. No he dicho eso. Entonces qué dices. Digo que no veo cómo podríamos estar juntos. Yo tampoco, pero bueno... ahí está. Tú quieres una familia, yo aún no estoy lista para eso. Berro, E, cualquiera diría que te pedí matrimonio.
Se dio cuenta que había revelado más de lo que quería, su absoluto pánico de acercarse demasiado a alguien. En efecto fue algo inocente el sueño. Disculpa, Teo. No vale, tranquila. Pero no siguió hablando.
Un año pasó. Ella veía las fotos en Facebook. Empezó a salir con otra. Normalita, como ella. Pero catira en vez de morena. Aquí en la playa, aquí en la montaña. Aquí los dos con el perro de él. Él se
veía feliz. Emma sonreía. Estaba auténticamente feliz por él. Pero lo extrañaba. Igual él le escribía de vez en cuando. Para saber cómo estabas. Gracias Teo, estoy bien. Ella salió con uno, dos chicos. La primera vez fue un desastre. La segunda, la pasó bien, pero no estaba apurada por repetirlo. Esteban se le aparecía cada vez que el segundo la llamaba.
Cuatro meses atrás, este tuit: "Mujeres, ustedes son lo máximo. Pero qué poder tienen para destruirlo a uno". No más Facebook. Fue tanto que Emma pensó que lo había cerrado. No se atrevió a escribirle, pero se preocupó mucho por él. En especial cuando pasó casi una semana sin escribir nada en Twitter. Dos veces Emma agarró el celular para escribirle. Dos veces, no lo hizo. Hasta que un día, simplemente, otro tuit: "Vive tu despecho. Supéralo. Acepta que las cosas no se dan. Y bebe. Bebe mucho. #NoEsElFinDelMundo". Y el siguiente: "Allá voy, Caracas; digan a sus malandros que no llevo nada y que se apiaden de mí". Estará bien. Pero a ella no le escribió.
Qué haces?
Viendo Breaking Bad.
Se muere al final.
Mentiroso.
No te dije quién.
¿Quién entonces?
De verdad quieres saber?
No.
Ah bueno es
QUE NO QUIERO SABER
Pero igual se muere.
Eres un estúpido.
Todos tenemos que morir algún día.
Estúpido te dije.
Epa, que te digo en serio quién se muere.
¿Me vas a dejar ver mi serie?
Te estuviera quitando el control.
Necio, si será necio.
Jijijiji
Ahora no te voy a ver cuando vengas.
Tú te lo pierdes.
Carita de ojos entornados.
Emma vio cómo Esteban empezaba a escribir más en Twitter. Descubrió Medium y lo usaba para desahogarse de todo lo que pasaba en el país y para echar una que otra historia. Su cuenta en Instagram se llenó de paisajes y animales que encontraba en la ciudad. Una selfie en Puerto Cabello. Otra con unos amigos. A veces aparecía una mujer con él, pero no era fija. No que a Emma le importara, se decía ella. Pero sí se daba cuenta que no le escribía. Y ella no le escribía a él. Eventualmente, ya no se acordaba de lo que sentía por él. Era como el recuerdo de un
encuentro de una noche. Fue bonito, pero no duró. Adelante.
Pasaron 15 días. Algo le nació a Emma escribirle a Esteban. Sólo para saludarlo. Esteban le contestó de inmediato. Que bueno que me escribes, me estoy volviendo loco. ¿Más? Sí, más. No aguanto la soledad. Emma no supo qué contestar, y esa era la respuesta exacta que había que dar. Mira la edad que tengo. No soy un viejo, pero tampoco un chamo. No sé qué hacer con mi vida. Me siento muy mal, E. Ay, Teo... Emma sabía de la depresión de Esteban. Era ligera y no le amenazaba la vida, pero ahí estaba. Y a veces, le daba días como este. El día que ella escogió escribirle de nuevo. Desahógate, anda. Le escribió por más de 15 minutos, sin que ella dijera nada. Sólo hacía falta que él supiera que
estaba ahí. Al final, Esteban le dijo, Wow... Disculpa que te haya soltado todo esto. Tranquilo. Se nota que te lo estabas guardando. ¿Te sientes mejor? Un poquito. Me falta una sola cosa. ¿Qué cosa? Dime que me quiere, mamol. Será necio. NO. (Pero en realidad, estalló en carcajadas.) Anda mamol dime que me quere mucho. No le voy a decir nada. (Pero claro que te quiero.) No me ba desi nada? Carita triste. No. Yo no quiero a nadie. (Bueno, excepto a ti.) Carita llorando. Bueeeeno.... Igual,
gracias por calarte mis achaques. Eso sí es en serio. De nada, Teo.
Entonces nos vamos a ver.
Lo voy a intentar.
Entonces no nos vamos a ver.
No me presiones.
Entonces sí.
Pero bueno vale.
No?
No lo sé, necio.
Sabes que cada vez que me escribes "necio" te imagino diciéndolo así, afincando la "c". Sonaría como NESSSSIO. Como buena cuaima.
Yo no soy cuaima.
Dicen todas las cuaimas.
Bien bello pues.
Gracias, y eso que no me he peinado.
Carita con la lengua afuera.
Qué tal Breaking Bad?
Más loca...
Sí lo es. Dame un ladito ahí para verla.
¿En dónde chico?
Ahí, en tu cama.
...
Yo me porto bien, lo prometo.
Bueno. Póngase ahí. Pero se me porta bien.
Carita de ángel.
Tú eres tan gigante que capaz no cabes en mi cama.
O sea que estamos todos apretaditos, mameh?
(Le dio calor, de repente.) Que te portes bien.
Jajaja... Viste que sí se murió?
Aquí no se ha muerto nadie.
Seguro?
Carita asombrada.
Te lo dije.
¡Nooooo!
A estas alturas, el sentimiento por Esteban llegaba al presente. Fue como un viejo amigo que a veces rompe la vajilla cuando viene de visita. Tan bien que estaba yo ignorándolo, se dijo Emma. Se despidieron. Sólo queda el día que viniera. Lo iba a ver. No lo iba a ver. Sí. No. No sé. No contesto.
Ese día al mediodía. El asistente se asoma. Ve a Emma conteniéndose las lágrimas. --¿Está bien, jefa?--, preguntó. Emma voltea. Lo ve. Ve la pantalla otra vez. --Búscame agua--, le dice. El asistente va.
"15 muertos y 10 heridos en accidente en la autopista Lara-Zulia", decía el titular. Un autobús de Peliexpress perdió los frenos y se fue contra un árbol. Emma se dio cuenta que Esteban nunca le dijo por dónde se venía. Pero estaba segura que estaba entre los muertos. Pero no podía saberlo. Pero lo sabía. Se iba a volver loca. En ese momento se dio cuenta que no conocía a ninguno de los amigos de Esteban. Si algo le pasaba se iba a enterar por Twitter o Facebook. En ese momento deseó con todas
sus fuerzas nunca haber conocido a Esteban. Ahora el dolor iba a ser mayor. Porque no la dejó; se lo quitaron.
El resto del día, Emma no pudo trabajar. Simplemente estaba encerrada en su oficina. Su asistente se asomó en algún momento a preguntarle si necesitaba algo. Emma sólo le dijo que no. No podía despegarse del celular. Ni dejar de ver la pantalla. Necesitaba que alguien le avisara. Cualquiera. Que le dijera qué pasó. Y claro, el sentimiento. Sí que estaba. El velo se había corrido. Ahora que quizá lo había perdido para siempre, Emma finalmente se dijo la verdad. Y nadie iba a poder saberlo.
Cuatro de la tarde. Nada. Ni un mensaje. Ni un tuit. Nada. Nadie que lo seguía lo mencionó. Limbo. Limbo completo. Emma no podía estar más allí. Necesitaba irse de allí, llorar. Llorar como no había llorado antes. Empezó a apagar todo, a guardar todo. Las lágrimas la estaban buscando; no iba a dejar que la encontraran aquí.
Suena el teléfono. No su celular, el interno. No quería contestar. Lo hizo igual. Mal hábito.
--Diga.
--¿Señorita Gómez? --El vigilante.
--Dígame.
--Aquí afuera un señor la busca.
Emma dejó de respirar. Le dio frío. MUCHO frío.
--Un tal... ¿Teo?
Emma colgó el teléfono. Se limpió una lágrima. Entendió. Sonrió. Se rió. Una segunda oportunidad.
La iba a aprovechar.
Historias que pueden ser de cualquier parte del mundo, que ocurren en la ciudad de lo posible: Caracas.
Saturday, February 21, 2015
Sunday, August 26, 2012
Detrás de la puerta
Clic.
El sonido fue lejano, casi tímido. Lo suficiente para ignorar. Si no se hubiera repetido casi de inmediato. Con un hermanito que lo acompañara.
Clic-clic.
La pareja fue suficiente para hacerme subir la cabeza. No había sido mi imaginación, ni era el sofá en el que estaba sentado. Cuando sonó una tercera vez --clic clic-- también supe que no era la computadora.
Era la puerta.
Vivía solo, y Andrea no se había quedado esa noche --era difícil defender una tesis de posgrado si pasabas la noche tirando como un demente luego de beber y agarrar una nota. Como la necesidad de masturbación crónica había desaparecido desde que la conocí, y mi regla sobre drogarme es que nunca lo hago solo, esa noche sólo estábamos mi laptop, el ron, las ideas que pudiera encontrar en él y yo. A las tres de la mañana, el cuento que estaba escribiendo ya estaba mostrando piernas y hacía sus primeros intentos por correr.
Clic, clic.
No había prendido la luz cuando oscureció. Otros me dicen que me estoy descoñetando los ojos por escribir a media luz, pero cómo hago, así veo mejor las palabras. Sólo necesitaba la luz de mi fiel Assus para crear la gran obra que me pondría al nivel de Chekov, les decía. Si no me internacionalizaba, me conformaba con Sánchez Rugeles. Ya quisiera yo. Pero esa costumbre hacia que desde la calle, mi apartamentico se veía bien solo, o bien dormido. Ideal para que un amigo de lo ajeno que decidiera salir a trabajar se viera tentado.
¿De verdad será aquí?, pensé, mientras la incipiente rasca que estaba desarrollando se esfumaba para despertar el resto de mis sentidos. A lo mejor es al lado...
Como para responderme, oí las voces.
--¿Qué tanto, pues?
--Cállate la jeta, guón, que te van a oír.
Y la duda se alejó a galope. Eran dos. Dos malandros. A la entrada de mi casa. Y estaban tratando de entrar a robarme.
Los primeros rasguños de miedo se instalaron en mis brazos, y cada pelo que tenía del cuello para abajo se paró en atención, mientras la adrenalina recorrió mi cuerpo gritando peligro a cada una de mis células. Mi primer instinto fue levantarme y despertar a todo el edificio --carajo, a todo El Valle-- a gritos. ¡Ladrones, ladrones, policía! ¡Par de coñuemadres tratando de robarme! ¡Socorro! Si lo ves ahora, eso habría sido lo sensato: los tipos iban a correr, nunca te iban a ver la cara, no se iban a meter en tu casa, y te vas a cambiar los interiores por la cagada que te echaste y te acuestas a dormir. Listo, hazlo, huevón, empieza a gritar.
Excepto que no me podía levantar. Excepto que no podía gritar. No podía despegar los ojos de la puerta. El miedo me había envuelto como una sábana de piedra y no me salían los movimientos. La luz de la Assus imagino reflejaba la cara de un niño con grandes lentes, su cara un rictus de pánico. Cuando entraran --carajo, te lo dije, sonó la voz de Andrea en mi cabeza, te dije que compraras la Multilock para esa puerta-- a lo mejor iban a salir corriendo al ver que perdieron el elemento sorpresa. Pero yo medía un metro sesenta y cinco y pesaba sesenta y ocho kilos, setenta si se me mojaba la ropa. Tenía el pelo largo como un hippie desfasado, una chiva negra con algunas canas alrededor de la boca. En ese momento sólo tenía unos desteñidos boxers de Star Wars que me habían regalado hace otra vida. Lo que menos inspiraba yo era miedo. Los tipos me iban a ver y, si no corrían, lo más probable es que se cagaran ellos de la risa, me cayeran a palos (y no de la mejor manera), se llevaran las pocas cosas que tenía, Assus incluida, y me dejaran allí amoreteado. Peor, si tenían pistolas.
Pensar eso no me asustó más. La verdad es que me arrechó. Pensé en todas las veces que me habían sometido en la escuela por ser el chamo que no jugaba fútbol, que no podía hacer una plancha, que los únicos amigos que tenía eran igual de gallos que él. Que vivía con la cara hundida en un libro, que dirigía al periódico del colegio, que siempre era el favorito de las maestras. Qué importa que siempre estaba dispuesto a ayudar, excepto a los que hacían problemas en clase o se querían copiar. Ya no me la quería calar más. Estos carajos no me iban a someter. No en mi propia casa, no después que ya era un hombre hecho y derecho que había tirado con al menos cinco mujeres distintas y había agarrado quién sabe cuántas rascas en las cinco principales playas del país. Tengo un libro por publicar, hay gente que me escucha y que me lee, y el gran coño de tu madre, hay gente que me respeta. Esta es MI casa carajo. Y no me vas a venir tú a joder, malandro ‘e mierda.
Fue como si sonara una trompeta de carga en mi cabeza (definitivo, veo demasiadas comiquitas). Con mucho cuidado, quité la Assus de mis piernas, la coloqué en el sofá y la cerré lentamente. El “clic” de su tapa fue un poco más fuerte de lo que pensé, y me detuve un instante para asegurarme que el par de antisociales a mi puerta seguían pensando que el apartamento estaba solo o con gente durmiendo. Al no ver ningún ruido más que otro clic de mi cerradura --¿cuánto lleva abrir una puerta, pues?--, me moví de nuevo y busqué a tientas el celular en el brazo del sofá. Cuando lo encontré, lo usé como linterna para caminar, prácticamente de puntillas, hacia el cuarto, parándome una vez para comprobar que no habían logrado entrar. Sí escuché sus voces una vez, pero no entendí qué dijeron. Tampoco iban a hablar a todo gañote. Eran profesionales serios. Pajúos.
Entré al cuarto, con una cama que aún tenía las evidencias del cuerpo de Andrea haciendo maromas encima de ella y de mí hace seis horas. Le di rápidas pero muy sinceras gracias a Dios porque ella decidiera no pasar la noche hoy, aunque mi enamorado corazón y mi hambriento pene opinaran lo contrario. Caminé hacia mi lado de la cama --técnicamente ambos lados eran míos, pero cuando Andrea se quedaba siempre dormía del lado derecho-- y al fin el extraño instinto que tuve cuando compré este apartamento en El Valle hace ya dos años tuvo sentido, cuando vi el bate de béisbol descartado entre la basura que los vecinos de los papás de Andrea y decidí agarrarlo.
¿Ya dije que nunca fui muy ducho en los deportes? Jamás jugué “chapita” cuando chamo; lo más cercano que llegaba a jugar béisbol como tal era en el Intellivision en aquel entonces, el Playstation de los panas ahora. Le iba a los Medias Rojas allá y a los Tiburones acá, pero creo que era más para terminar un motivo de joder y beber en octubre. ¿Al estadio? Jamás. ¿Ir a casa a ver un partido? Mis panas eran más de fútbol. El punto, nunca bateé una pelota en mi vida.
Pero no se necesitaba permiso para portar armas para tener un bate en tu casa.
Estaba recostado entre la pared y la mesita de noche, desde el día que lo traje. Si fuera más creyente diría que Dios me convenció de agarrarlo. Despacito y con cuidado, cambié el celular a la mano izquierda y agarré el bate con la derecha. Rojas al bate, con dos en base...
Dejé el celular sobre la cama y agarré el bate con las dos manos. Lo blandí como una espada y caminé en la oscuridad hacia la entrada otra vez. Había empezado a sudar de lo lindo; sentí el viejo tape eléctrico que cubría el mango del bate medio resbalarse. Mi arrechera inicial no había disminuido, pero los nervios tampoco. ¿En quién coño crees que te convertirse, m’ijo?, me pregunté. ¿En Batman con complejo de Omar Visquel? ¿Y cómo es eso que hecho el pendejo sabes quién es Omar Visquel?
Evalué rápidamente cómo podría hacer. La puerta abría hacia adentro, obvio, así que podría quedar atrapado contra la pared. De frente ni de vaina; blanco fácil si cargaban pistolas, e iba a asumir que sí tenían. Mejor pensar que Murphy quería jugar esta noche y su famosa ley podía ejercerse por completo. ¿Del otro lado? Igual lo iban a ver en lo que entraran, de hecho más rápido lo iban a ver.
--Bueno chamo, ¿to’a la vida?-- dijo una de las voces al otro lado de mi puerta--. Ya pa’ estas alturas me fuera conseguío un pobre güevón pa’ quita’le el Blaberri.
--¿Te vas a callar la jeta o qué, coño?--, contestó la otra en un siseo itritado--. ¡Ya casi pue! ¡Cállate que nos van a oí, becerro!
Y de repente... clic clac. Clac. El doble cerrojo pasó. La puerta estaba sin seguro. Y no tenía cadena. El pánico estiró los dedos otra vez, pero me los sacudí como mejor pude. Chamo, lo que ibas a hacer, hazlo YA, pensé. Y la segunda voz confirmó mi segundo mayor temor.
--Ah, vite, qué te dije. Entra tú primero y prepara el hierro que no quiero sorpresa.
--‘So tá listo.
Al menos uno tenía pistola.
El gran coño de la madre.
Nada, papá. Ya te montaste en el burro. Hay que empezar a arriar.
Un minúsculo hilito de luz nació del lado izquierdo de mi campo visual. Me moví a mi derecha y levanté el bate sobre la cabeza. Unga bunga, dijo mi mente afiebrada. Yo siempre tan cómico. Si me matan, quiero a Bobby Comedia en el funeral. No sé cómo.
Algo angosto y negro entró por la altura del cerrojo, y sabía que era la pistola. Una automática, si todas las películas y CSI servían de algo. Lo siguió un brazo cubierto de un suéter negro, seguro con capucha. Cada músculo en mi cuero pedía que le soltara el bate sobre la mano, que tumbaría la pistola y se iban a ir corriendo. Una parte demencial de mi cerebro se rehusaba a dejarlos ir tan fácil. No, había que joderlos. Me obligué a esperar, pero no sin antes ligar que entraran a su derecha, lejos de donde me vieran.
Y así lo hicieron. El primero entró casi por completo, y en efecto el suéter tenía capucha, así que no le pude ver la cara. Pero el olor a calle, a sudor, a malandraje sí me llegó. El segundo tenía su mano sobre el hombro de su pana, y no tenía suéter.
--¿Qué se dice?-- dijo la voz de afuera. El primero ya estaba todo adentro.
--No se ve nadita-- respondió--. Vamos callados que--
No lo dejé terminar. Acumulé todo el tiempo que tenía sin estar en una pelea, toda la frustración del bachillerato --coño, eso nunca me lo traté con la terapista--, toda arrechera por vainas que no había logrado en mis manos, y la descargué toda en un solo batazo en la parte de arriba de su cabeza. Sonó como si le hubiera dado a una patilla. El tipo cayó como un saco, inconsciente, o al menos eso esperaba yo.
Antes que el otro pudiera reaccionar, me lancé contra la puerta y le atrapé el brazo. A la mierda con el cuidado, cuando te quiebran un brazo (mierda, ¿se lo llegué a quebrar?) tú gritas. Y el malandro gritó. Trataba de zafarse, pero por el ancho del brazo no era mucho más grande que yo. Me afinqué más, y el malandrito gritó otra vez, y entre insultos a mi mamá, mi abuela y cualquier mujer que hubiera ayudado a parirme, lo escuché que empezó a llorar, tal vez de arrechera, tal vez de frustración, tal vez de miedo, diciendo que lo soltara ahora o de verdad me iba a joder. Por un instante la lástima quiso venir; sentí cómo la empujé a un lado. ¿Tú no te la dabas de arrecho, carajito? Ahora sufre.
A estas alturas empecé a escuchar cómo el edificio cobraba vida. La señora Peña de al lado fue la primera que gritó angustiada que qué pasó. Alguien de arriba, podría ser el señor Cassini, bramó que se callaran, que eran las tres de la mañana. Alguien le contestó italiano pajúo, que algo pasó. Pedro, el vecino de enfrente, abrió la puerta. Antes que contestara le grité con todas mis fuerzas: “¡PEDRO! ¡POLICÍA! ¡YA! ¡QUE ESTOS COÑEMADRES QUISIERON METERSE EN MI CASA!” Escuché la puerta de Pedro cerrarse mientras el edificio entero se despertó, lo que parecían miles de voces ansiosas por saber qué pasó.
Prendí la luz para ver qué había hecho. En efecto el otro estaba en el piso inmóvil. Había caído con la cara hacia el otro lado de mi visión, así que no le veía qué le había hecho, pero vi lo que parecía sangre en el suelo cerca de su cabeza. El brazo que tenía atrapado ya tenía un pequeño tinte azul. Su dueño no había dejado de pedir que lo soltara, pero ya no se oía amenazante, sino suplicante. Capaz era un niño. En un solo movimiento, le agarré el brazo con la mano derecha mientras giré sobre mí mismo para soltarle la presión --a la vez que le apreté el brazo. Otro grito de dolor, y esta vez colapsó de rodillas.
Al abrirse la puerta, vi que no era un niño, pero igual era como quince años menor que yo. Y sí, estaba llorando, y sí, era porque estaba asustado. “Señor”, me dijo, “señor, po favo, me paltió el brazo, coño... Yo me voy, yo me voy y uté no me ve más, pero déjeme, que tengo a mi amá enfelma... Si me encanan yo me muero señó... y se muere ella.... Señó po favó...”
Por un brevísimo instante, pensé en descargarle el bate en la jeta. Hace un instante me ibas a robar, mariquito, pensé en decirle. Pero ahora como te jodí a ti y a tu pana sí andas todo cagao, ¿no? Como el de Emilio Lovera, el malandro cagao. ¿Tas cagao? ¿Tas cagao, mariquito?
En vez de eso, lo miré a los ojos y le puse el bate en la cara, lentamente. Y muy, muy despacio, le solté el brazo. “Párate”, le dije. Trabajosamente, me hizo caso. Pensé en amenazarlo si volvía. Pero esa mentira no me salió. Me acordé más bien de lo que me dijo un Disip cuando adolescente, en plena recluta, cuando vio que yo no servía ni para barrendero en un cuartel.
--Cuento tres y no te vi--, le dije--. Uno.
Ni me dejó llegar a dos. Bajó corriendo la escalera, agarrándose el brazo lastimado. Ni sé cómo iba a salir del edificio. Supongo que dejaron la puerta abierta. Me volteé a ver al que estaba en el suelo. Supongo que tenía que amarrarlo o algo mientras la policía llegara. Y sabes, antes que despertara, me quitara el bate, me abriera el cráneo como un melón maduro y arrancara, dejándome muerto y sintiéndome como un pajúo. No en ese orden.
Clic.
Una extensión me serviría. Debía haber una en la cocina. Claro, estaba la posibilidad que despertara mientras estaba allá adentro. O peor, que se estuviera haciendo el desmayado o el muerto y me iba a agarrar la pierna mientras le pasaba encima. Podía salir, dejarlo encerrado, pero podía escoñetarme el apartamento y--
Clic clic.
--habían cosas que--
Eso no fue mi imaginación, pensé.
Levanté la cabeza de la Assus hacia la oscuridad de mi apartamento. Llevaba escribiendo por al menos cuatro horas sin parar. El reloj en la pantalla me decía que eran las tres de la mañana. Mojón.
Como respuesta, escuché el sonido claramente. Clic, clic. No era verdad. Me había metido tanto en la historia que la mente estaba proyectando el sonido. Mentira que en serio quieren meterse en mi casa. MENTIRA.
El universo estaba telepático, por lo visto. Porque de afuera de mi puerta llegó otra vez la respuesta.
--Púrate pue.
--Chito, pues, déjame trabajar.
Un miedo muy real se apoderó de mí. Esto no era joda. Esto era de verdad. Sí, sí vivía solo en un apartamento en El Valle. Sí, era escritor, flaquito y peludo. Sí, sí había un bate de béisbol en mi cuarto. Sí, en serio alguien trató de meterse en mi casa mientras yo estaba sentado en mi sofá escribiendo.
Pero en la vida real, en Caracas al menos, los que se la dan de héroes terminan muertos.
Puse la Assus a un lado y me levanté de un brinco. Y bramé con todas mis fuerzas: “¡¿USTEDES ME VAN A ROBAR A MÍ?! ¡YA LOS OÍ, PAR DE COÑOS DE MADRE! ¡YA LLAMÉ A LA POLICÍA! ¡SE ME VAN DE ESTA MIERDA! ¡FUERA! ¡FUERA! ¡¡¡FUERAAAA!!!”
Oí a uno de los dos malandritos mascullar “¡Mierda!” mientras se tropezaron uno sobre el otro. “¡Arranca, arranca!”, le oí al otro, a lo que siguieron los ruidos de una desordenada huida. Oí voces alrededor del edificio despertándose asustados por mis gritos. Cassini abrió su puerta y dijo que me iba a demandar, que eran las tres de la mañana. Pedro abrió la suya, gritó si estaba bien. “¡Sí!”, le contesté. “¡Un par de malandros que trataron de entrar! ¡Llama a la policía, por fa, que no tengo saldo!”
Pedro cerró la puerta e imagino procedió a hacer lo que le pedí. Para cuando llegara la policía, si es que llegaba, los dos malandritos iban a estar bien lejos. Prendí la luz, caminé a la cocina y agarré una cerveza de la nevera, a ver si me bajaba la adrenalina. Me senté de nuevo en el sofá, cerré los ojos y tomé un largo trago. Respiré profundo, lo solté y abrí los ojos. La Assus estaba sobre la mesa-colchón que usaba para apoyarla de mis piernas. La abrí y leí otra vez lo que había escrito. Cuando lo había empezado, me parecía que tenía mucho potencial. Ahora no estaba tan convencido. No cuando la realidad me había encontrado imitándola y me demostró cómo eran las cosas en realidad.
Pensé en Andrea. Compartíamos gustos musicales, de cine y hasta un punto de libros (ella era más abierta en sus escogencias para leer, yo era más exigente). Pero lo que más compartíamos era una extraña afinidad el uno por el otro. Yo no sé si ella era “la que es”, pero ya a los 30 años uno tiene que pensar en esas cosas. Y lo que pasó esta noche me hizo pensar si yo era capaz de representarla de verdad si su vida llegara a correr peligro. Si ella estaba aquí no iba a estar escribiendo en la sala a oscuras; iba a estar durmiendo. Íbamos. No creo que iba a escuchar que estaban tratando de abrir la puerta. ¿Qué iba a hacer si hubieran entrado y Andrea estaba allí? ¿La iba a poder proteger?
Si conozco a Andrea, me estaría formando un peo por estar pensando así. Pero no estaba. Y me di cuenta que la extrañaba. Mucho.
Guardé el documento --quién sabe, a lo mejor sí estaba para salvarse-- y cerré la Assus. Apagué la luz de la sala y me fui al cuarto, el primer empujoncito de la cerveza al mundo de Morfeo haciendo su trabajo. Me metí en las sábanas y miré al techo. Iba a empezar a rezar el acostumbrado Padre Nuestro antes de dormir, cuando otra urgencia de escribir me entró. Estiré la mano para buscar a tientas el Blackberry en la mesa de noche, y abrí el WhatsApp. Busqué el número de Andrea y le escribí:
Hoy me di cuan agradecido estoy que el mundo se haya detenido y nos hayamos encontrado. Que mi mundo gire es sólo porque tú estás ahí para empujarme. Te amo. Disculpa si no lo digo a menudo.
Lo envié, pero no creí que fuera suficiente. Escribí otro.
Si te contara lo que pasó, pensarías que me fumé la bolsita entera o me bajé la botella completa. Y que a lo mejor por eso ando sentimental. Primera parte falsa, segunda sólo parcialmente cierta. Deja que te cuente. ¿Qué tal si vienes a desayunar? Ah de paso, ¡buenos días! :-)
Ahora sí. Le di las gracias a Eugenio Montejo por la inspiración, y dejé el Blackberry otra vez en la mesa de noche. Cerré los ojos, recé un Padre Nuestro, y me dormí. Y el mundo siguió girando.
El sonido fue lejano, casi tímido. Lo suficiente para ignorar. Si no se hubiera repetido casi de inmediato. Con un hermanito que lo acompañara.
Clic-clic.
La pareja fue suficiente para hacerme subir la cabeza. No había sido mi imaginación, ni era el sofá en el que estaba sentado. Cuando sonó una tercera vez --clic clic-- también supe que no era la computadora.
Era la puerta.
Vivía solo, y Andrea no se había quedado esa noche --era difícil defender una tesis de posgrado si pasabas la noche tirando como un demente luego de beber y agarrar una nota. Como la necesidad de masturbación crónica había desaparecido desde que la conocí, y mi regla sobre drogarme es que nunca lo hago solo, esa noche sólo estábamos mi laptop, el ron, las ideas que pudiera encontrar en él y yo. A las tres de la mañana, el cuento que estaba escribiendo ya estaba mostrando piernas y hacía sus primeros intentos por correr.
Clic, clic.
No había prendido la luz cuando oscureció. Otros me dicen que me estoy descoñetando los ojos por escribir a media luz, pero cómo hago, así veo mejor las palabras. Sólo necesitaba la luz de mi fiel Assus para crear la gran obra que me pondría al nivel de Chekov, les decía. Si no me internacionalizaba, me conformaba con Sánchez Rugeles. Ya quisiera yo. Pero esa costumbre hacia que desde la calle, mi apartamentico se veía bien solo, o bien dormido. Ideal para que un amigo de lo ajeno que decidiera salir a trabajar se viera tentado.
¿De verdad será aquí?, pensé, mientras la incipiente rasca que estaba desarrollando se esfumaba para despertar el resto de mis sentidos. A lo mejor es al lado...
Como para responderme, oí las voces.
--¿Qué tanto, pues?
--Cállate la jeta, guón, que te van a oír.
Y la duda se alejó a galope. Eran dos. Dos malandros. A la entrada de mi casa. Y estaban tratando de entrar a robarme.
Los primeros rasguños de miedo se instalaron en mis brazos, y cada pelo que tenía del cuello para abajo se paró en atención, mientras la adrenalina recorrió mi cuerpo gritando peligro a cada una de mis células. Mi primer instinto fue levantarme y despertar a todo el edificio --carajo, a todo El Valle-- a gritos. ¡Ladrones, ladrones, policía! ¡Par de coñuemadres tratando de robarme! ¡Socorro! Si lo ves ahora, eso habría sido lo sensato: los tipos iban a correr, nunca te iban a ver la cara, no se iban a meter en tu casa, y te vas a cambiar los interiores por la cagada que te echaste y te acuestas a dormir. Listo, hazlo, huevón, empieza a gritar.
Excepto que no me podía levantar. Excepto que no podía gritar. No podía despegar los ojos de la puerta. El miedo me había envuelto como una sábana de piedra y no me salían los movimientos. La luz de la Assus imagino reflejaba la cara de un niño con grandes lentes, su cara un rictus de pánico. Cuando entraran --carajo, te lo dije, sonó la voz de Andrea en mi cabeza, te dije que compraras la Multilock para esa puerta-- a lo mejor iban a salir corriendo al ver que perdieron el elemento sorpresa. Pero yo medía un metro sesenta y cinco y pesaba sesenta y ocho kilos, setenta si se me mojaba la ropa. Tenía el pelo largo como un hippie desfasado, una chiva negra con algunas canas alrededor de la boca. En ese momento sólo tenía unos desteñidos boxers de Star Wars que me habían regalado hace otra vida. Lo que menos inspiraba yo era miedo. Los tipos me iban a ver y, si no corrían, lo más probable es que se cagaran ellos de la risa, me cayeran a palos (y no de la mejor manera), se llevaran las pocas cosas que tenía, Assus incluida, y me dejaran allí amoreteado. Peor, si tenían pistolas.
Pensar eso no me asustó más. La verdad es que me arrechó. Pensé en todas las veces que me habían sometido en la escuela por ser el chamo que no jugaba fútbol, que no podía hacer una plancha, que los únicos amigos que tenía eran igual de gallos que él. Que vivía con la cara hundida en un libro, que dirigía al periódico del colegio, que siempre era el favorito de las maestras. Qué importa que siempre estaba dispuesto a ayudar, excepto a los que hacían problemas en clase o se querían copiar. Ya no me la quería calar más. Estos carajos no me iban a someter. No en mi propia casa, no después que ya era un hombre hecho y derecho que había tirado con al menos cinco mujeres distintas y había agarrado quién sabe cuántas rascas en las cinco principales playas del país. Tengo un libro por publicar, hay gente que me escucha y que me lee, y el gran coño de tu madre, hay gente que me respeta. Esta es MI casa carajo. Y no me vas a venir tú a joder, malandro ‘e mierda.
Fue como si sonara una trompeta de carga en mi cabeza (definitivo, veo demasiadas comiquitas). Con mucho cuidado, quité la Assus de mis piernas, la coloqué en el sofá y la cerré lentamente. El “clic” de su tapa fue un poco más fuerte de lo que pensé, y me detuve un instante para asegurarme que el par de antisociales a mi puerta seguían pensando que el apartamento estaba solo o con gente durmiendo. Al no ver ningún ruido más que otro clic de mi cerradura --¿cuánto lleva abrir una puerta, pues?--, me moví de nuevo y busqué a tientas el celular en el brazo del sofá. Cuando lo encontré, lo usé como linterna para caminar, prácticamente de puntillas, hacia el cuarto, parándome una vez para comprobar que no habían logrado entrar. Sí escuché sus voces una vez, pero no entendí qué dijeron. Tampoco iban a hablar a todo gañote. Eran profesionales serios. Pajúos.
Entré al cuarto, con una cama que aún tenía las evidencias del cuerpo de Andrea haciendo maromas encima de ella y de mí hace seis horas. Le di rápidas pero muy sinceras gracias a Dios porque ella decidiera no pasar la noche hoy, aunque mi enamorado corazón y mi hambriento pene opinaran lo contrario. Caminé hacia mi lado de la cama --técnicamente ambos lados eran míos, pero cuando Andrea se quedaba siempre dormía del lado derecho-- y al fin el extraño instinto que tuve cuando compré este apartamento en El Valle hace ya dos años tuvo sentido, cuando vi el bate de béisbol descartado entre la basura que los vecinos de los papás de Andrea y decidí agarrarlo.
¿Ya dije que nunca fui muy ducho en los deportes? Jamás jugué “chapita” cuando chamo; lo más cercano que llegaba a jugar béisbol como tal era en el Intellivision en aquel entonces, el Playstation de los panas ahora. Le iba a los Medias Rojas allá y a los Tiburones acá, pero creo que era más para terminar un motivo de joder y beber en octubre. ¿Al estadio? Jamás. ¿Ir a casa a ver un partido? Mis panas eran más de fútbol. El punto, nunca bateé una pelota en mi vida.
Pero no se necesitaba permiso para portar armas para tener un bate en tu casa.
Estaba recostado entre la pared y la mesita de noche, desde el día que lo traje. Si fuera más creyente diría que Dios me convenció de agarrarlo. Despacito y con cuidado, cambié el celular a la mano izquierda y agarré el bate con la derecha. Rojas al bate, con dos en base...
Dejé el celular sobre la cama y agarré el bate con las dos manos. Lo blandí como una espada y caminé en la oscuridad hacia la entrada otra vez. Había empezado a sudar de lo lindo; sentí el viejo tape eléctrico que cubría el mango del bate medio resbalarse. Mi arrechera inicial no había disminuido, pero los nervios tampoco. ¿En quién coño crees que te convertirse, m’ijo?, me pregunté. ¿En Batman con complejo de Omar Visquel? ¿Y cómo es eso que hecho el pendejo sabes quién es Omar Visquel?
Evalué rápidamente cómo podría hacer. La puerta abría hacia adentro, obvio, así que podría quedar atrapado contra la pared. De frente ni de vaina; blanco fácil si cargaban pistolas, e iba a asumir que sí tenían. Mejor pensar que Murphy quería jugar esta noche y su famosa ley podía ejercerse por completo. ¿Del otro lado? Igual lo iban a ver en lo que entraran, de hecho más rápido lo iban a ver.
--Bueno chamo, ¿to’a la vida?-- dijo una de las voces al otro lado de mi puerta--. Ya pa’ estas alturas me fuera conseguío un pobre güevón pa’ quita’le el Blaberri.
--¿Te vas a callar la jeta o qué, coño?--, contestó la otra en un siseo itritado--. ¡Ya casi pue! ¡Cállate que nos van a oí, becerro!
Y de repente... clic clac. Clac. El doble cerrojo pasó. La puerta estaba sin seguro. Y no tenía cadena. El pánico estiró los dedos otra vez, pero me los sacudí como mejor pude. Chamo, lo que ibas a hacer, hazlo YA, pensé. Y la segunda voz confirmó mi segundo mayor temor.
--Ah, vite, qué te dije. Entra tú primero y prepara el hierro que no quiero sorpresa.
--‘So tá listo.
Al menos uno tenía pistola.
El gran coño de la madre.
Nada, papá. Ya te montaste en el burro. Hay que empezar a arriar.
Un minúsculo hilito de luz nació del lado izquierdo de mi campo visual. Me moví a mi derecha y levanté el bate sobre la cabeza. Unga bunga, dijo mi mente afiebrada. Yo siempre tan cómico. Si me matan, quiero a Bobby Comedia en el funeral. No sé cómo.
Algo angosto y negro entró por la altura del cerrojo, y sabía que era la pistola. Una automática, si todas las películas y CSI servían de algo. Lo siguió un brazo cubierto de un suéter negro, seguro con capucha. Cada músculo en mi cuero pedía que le soltara el bate sobre la mano, que tumbaría la pistola y se iban a ir corriendo. Una parte demencial de mi cerebro se rehusaba a dejarlos ir tan fácil. No, había que joderlos. Me obligué a esperar, pero no sin antes ligar que entraran a su derecha, lejos de donde me vieran.
Y así lo hicieron. El primero entró casi por completo, y en efecto el suéter tenía capucha, así que no le pude ver la cara. Pero el olor a calle, a sudor, a malandraje sí me llegó. El segundo tenía su mano sobre el hombro de su pana, y no tenía suéter.
--¿Qué se dice?-- dijo la voz de afuera. El primero ya estaba todo adentro.
--No se ve nadita-- respondió--. Vamos callados que--
No lo dejé terminar. Acumulé todo el tiempo que tenía sin estar en una pelea, toda la frustración del bachillerato --coño, eso nunca me lo traté con la terapista--, toda arrechera por vainas que no había logrado en mis manos, y la descargué toda en un solo batazo en la parte de arriba de su cabeza. Sonó como si le hubiera dado a una patilla. El tipo cayó como un saco, inconsciente, o al menos eso esperaba yo.
Antes que el otro pudiera reaccionar, me lancé contra la puerta y le atrapé el brazo. A la mierda con el cuidado, cuando te quiebran un brazo (mierda, ¿se lo llegué a quebrar?) tú gritas. Y el malandro gritó. Trataba de zafarse, pero por el ancho del brazo no era mucho más grande que yo. Me afinqué más, y el malandrito gritó otra vez, y entre insultos a mi mamá, mi abuela y cualquier mujer que hubiera ayudado a parirme, lo escuché que empezó a llorar, tal vez de arrechera, tal vez de frustración, tal vez de miedo, diciendo que lo soltara ahora o de verdad me iba a joder. Por un instante la lástima quiso venir; sentí cómo la empujé a un lado. ¿Tú no te la dabas de arrecho, carajito? Ahora sufre.
A estas alturas empecé a escuchar cómo el edificio cobraba vida. La señora Peña de al lado fue la primera que gritó angustiada que qué pasó. Alguien de arriba, podría ser el señor Cassini, bramó que se callaran, que eran las tres de la mañana. Alguien le contestó italiano pajúo, que algo pasó. Pedro, el vecino de enfrente, abrió la puerta. Antes que contestara le grité con todas mis fuerzas: “¡PEDRO! ¡POLICÍA! ¡YA! ¡QUE ESTOS COÑEMADRES QUISIERON METERSE EN MI CASA!” Escuché la puerta de Pedro cerrarse mientras el edificio entero se despertó, lo que parecían miles de voces ansiosas por saber qué pasó.
Prendí la luz para ver qué había hecho. En efecto el otro estaba en el piso inmóvil. Había caído con la cara hacia el otro lado de mi visión, así que no le veía qué le había hecho, pero vi lo que parecía sangre en el suelo cerca de su cabeza. El brazo que tenía atrapado ya tenía un pequeño tinte azul. Su dueño no había dejado de pedir que lo soltara, pero ya no se oía amenazante, sino suplicante. Capaz era un niño. En un solo movimiento, le agarré el brazo con la mano derecha mientras giré sobre mí mismo para soltarle la presión --a la vez que le apreté el brazo. Otro grito de dolor, y esta vez colapsó de rodillas.
Al abrirse la puerta, vi que no era un niño, pero igual era como quince años menor que yo. Y sí, estaba llorando, y sí, era porque estaba asustado. “Señor”, me dijo, “señor, po favo, me paltió el brazo, coño... Yo me voy, yo me voy y uté no me ve más, pero déjeme, que tengo a mi amá enfelma... Si me encanan yo me muero señó... y se muere ella.... Señó po favó...”
Por un brevísimo instante, pensé en descargarle el bate en la jeta. Hace un instante me ibas a robar, mariquito, pensé en decirle. Pero ahora como te jodí a ti y a tu pana sí andas todo cagao, ¿no? Como el de Emilio Lovera, el malandro cagao. ¿Tas cagao? ¿Tas cagao, mariquito?
En vez de eso, lo miré a los ojos y le puse el bate en la cara, lentamente. Y muy, muy despacio, le solté el brazo. “Párate”, le dije. Trabajosamente, me hizo caso. Pensé en amenazarlo si volvía. Pero esa mentira no me salió. Me acordé más bien de lo que me dijo un Disip cuando adolescente, en plena recluta, cuando vio que yo no servía ni para barrendero en un cuartel.
--Cuento tres y no te vi--, le dije--. Uno.
Ni me dejó llegar a dos. Bajó corriendo la escalera, agarrándose el brazo lastimado. Ni sé cómo iba a salir del edificio. Supongo que dejaron la puerta abierta. Me volteé a ver al que estaba en el suelo. Supongo que tenía que amarrarlo o algo mientras la policía llegara. Y sabes, antes que despertara, me quitara el bate, me abriera el cráneo como un melón maduro y arrancara, dejándome muerto y sintiéndome como un pajúo. No en ese orden.
Clic.
Una extensión me serviría. Debía haber una en la cocina. Claro, estaba la posibilidad que despertara mientras estaba allá adentro. O peor, que se estuviera haciendo el desmayado o el muerto y me iba a agarrar la pierna mientras le pasaba encima. Podía salir, dejarlo encerrado, pero podía escoñetarme el apartamento y--
Clic clic.
--habían cosas que--
Eso no fue mi imaginación, pensé.
Levanté la cabeza de la Assus hacia la oscuridad de mi apartamento. Llevaba escribiendo por al menos cuatro horas sin parar. El reloj en la pantalla me decía que eran las tres de la mañana. Mojón.
Como respuesta, escuché el sonido claramente. Clic, clic. No era verdad. Me había metido tanto en la historia que la mente estaba proyectando el sonido. Mentira que en serio quieren meterse en mi casa. MENTIRA.
El universo estaba telepático, por lo visto. Porque de afuera de mi puerta llegó otra vez la respuesta.
--Púrate pue.
--Chito, pues, déjame trabajar.
Un miedo muy real se apoderó de mí. Esto no era joda. Esto era de verdad. Sí, sí vivía solo en un apartamento en El Valle. Sí, era escritor, flaquito y peludo. Sí, sí había un bate de béisbol en mi cuarto. Sí, en serio alguien trató de meterse en mi casa mientras yo estaba sentado en mi sofá escribiendo.
Pero en la vida real, en Caracas al menos, los que se la dan de héroes terminan muertos.
Puse la Assus a un lado y me levanté de un brinco. Y bramé con todas mis fuerzas: “¡¿USTEDES ME VAN A ROBAR A MÍ?! ¡YA LOS OÍ, PAR DE COÑOS DE MADRE! ¡YA LLAMÉ A LA POLICÍA! ¡SE ME VAN DE ESTA MIERDA! ¡FUERA! ¡FUERA! ¡¡¡FUERAAAA!!!”
Oí a uno de los dos malandritos mascullar “¡Mierda!” mientras se tropezaron uno sobre el otro. “¡Arranca, arranca!”, le oí al otro, a lo que siguieron los ruidos de una desordenada huida. Oí voces alrededor del edificio despertándose asustados por mis gritos. Cassini abrió su puerta y dijo que me iba a demandar, que eran las tres de la mañana. Pedro abrió la suya, gritó si estaba bien. “¡Sí!”, le contesté. “¡Un par de malandros que trataron de entrar! ¡Llama a la policía, por fa, que no tengo saldo!”
Pedro cerró la puerta e imagino procedió a hacer lo que le pedí. Para cuando llegara la policía, si es que llegaba, los dos malandritos iban a estar bien lejos. Prendí la luz, caminé a la cocina y agarré una cerveza de la nevera, a ver si me bajaba la adrenalina. Me senté de nuevo en el sofá, cerré los ojos y tomé un largo trago. Respiré profundo, lo solté y abrí los ojos. La Assus estaba sobre la mesa-colchón que usaba para apoyarla de mis piernas. La abrí y leí otra vez lo que había escrito. Cuando lo había empezado, me parecía que tenía mucho potencial. Ahora no estaba tan convencido. No cuando la realidad me había encontrado imitándola y me demostró cómo eran las cosas en realidad.
Pensé en Andrea. Compartíamos gustos musicales, de cine y hasta un punto de libros (ella era más abierta en sus escogencias para leer, yo era más exigente). Pero lo que más compartíamos era una extraña afinidad el uno por el otro. Yo no sé si ella era “la que es”, pero ya a los 30 años uno tiene que pensar en esas cosas. Y lo que pasó esta noche me hizo pensar si yo era capaz de representarla de verdad si su vida llegara a correr peligro. Si ella estaba aquí no iba a estar escribiendo en la sala a oscuras; iba a estar durmiendo. Íbamos. No creo que iba a escuchar que estaban tratando de abrir la puerta. ¿Qué iba a hacer si hubieran entrado y Andrea estaba allí? ¿La iba a poder proteger?
Si conozco a Andrea, me estaría formando un peo por estar pensando así. Pero no estaba. Y me di cuenta que la extrañaba. Mucho.
Guardé el documento --quién sabe, a lo mejor sí estaba para salvarse-- y cerré la Assus. Apagué la luz de la sala y me fui al cuarto, el primer empujoncito de la cerveza al mundo de Morfeo haciendo su trabajo. Me metí en las sábanas y miré al techo. Iba a empezar a rezar el acostumbrado Padre Nuestro antes de dormir, cuando otra urgencia de escribir me entró. Estiré la mano para buscar a tientas el Blackberry en la mesa de noche, y abrí el WhatsApp. Busqué el número de Andrea y le escribí:
Hoy me di cuan agradecido estoy que el mundo se haya detenido y nos hayamos encontrado. Que mi mundo gire es sólo porque tú estás ahí para empujarme. Te amo. Disculpa si no lo digo a menudo.
Lo envié, pero no creí que fuera suficiente. Escribí otro.
Si te contara lo que pasó, pensarías que me fumé la bolsita entera o me bajé la botella completa. Y que a lo mejor por eso ando sentimental. Primera parte falsa, segunda sólo parcialmente cierta. Deja que te cuente. ¿Qué tal si vienes a desayunar? Ah de paso, ¡buenos días! :-)
Ahora sí. Le di las gracias a Eugenio Montejo por la inspiración, y dejé el Blackberry otra vez en la mesa de noche. Cerré los ojos, recé un Padre Nuestro, y me dormí. Y el mundo siguió girando.
Friday, November 04, 2011
“Tenemos que decirte algo”
La sorpresa en su cara cuando entraron y me vieron sentado esperándolos no me causó la satisfacción que esperaba. Me decía que creían que yo no sabía, que lo que vendrían a decirme sería noticia. Me sentí, por la enésima vez en mi vida, subestimado.
Mi furia subió un grado. Mi garganta se secó y otra vez deseaba haberme servido algo para tomar. Habría tiempo para después. Mucho tiempo. Quizá.
“Juan”, dijo ella, un pequeño sobresalto en su voz. “¿Qué haces allí?”
No contesté de inmediato. Ni la miré. No, lo miré a él. El hombre que, sin proponérselo o no, había destruido un matrimonio de apenas siete años, una relación de doce. Quería evitar sentir sorpresa que había sido él, pero no me engañé más. Hace un año quizá lo habría dudado. Hace un mes me había mentido a mí mismo y pensado que me había equivocado. Ayer lo averigüé todo.
“Juan”, repitió ella, más serenamente.
Conté hasta tres, esperando a que él levantara la vista del piso. A ver si tenía los cojones de mirarme a la cara. Pero ahora los tenía para sentir vergüenza. Eso, o había algo fascinante en el cuadrado de madera en el piso justo enfrente de él. La vergüenza te llegó tarde, papá.
Bien tarde.
“Juan, tenemos que decirte algo”.
El toque de nerviosismo mezclado con su usual determinación tampoco me satisfizo. Estaba exigente, yo. Pin, otro grado de furia más.
Al ver que el papi estaba demasiado fascinado en el piso como para interrumpirlo, volteé a ella. Debe haber visto algo en mi cara, porque dio un medio paso atrás. Casi, pero no suficiente.
“Juan…” Ya mi nombre se sentía gastado. Sentía que era a otro a quien le hablaba, otro que estaba sentado en el apartamento. No era tampoco tan alejado de la realidad –sentía más furia de la que me creía capaz de sentir. Más vale que me sintiera como alguien más.
“Dime”, dije al fin, con una voz que no se sentía mía.
Pausa. Respiró profundo. Anda, angelito. Convénceme. Tú puedes.
“Juan-esto-no-es-algo-que-p-planeamos”, dijo. Habló rápido, y todo le salió casi como una sola palabra. Un tropezoncito en la última palabra. ¿Una mentira que se había repetido antes? ¿Qué era lo que había dicho Goebbels? “Una mentira repetida mil veces…” Chávez también la repetía.
“Pero estemos claros, tampoco es como si tú y yo hayamos estado muy bien cuando empezó. Nosotros tenemos un buen rato mal”.
Mmmmm…
Otra pausa. Otra inspiración.
“Pedro y yo nos encontramos en un momento en que nos… necesitábamos, simplemente. A él le estaba yendo mal en la vida, y yo, bueno… me sentía sola, Juan”.
Ah, mira vale.
Mientras escribo esto, aún siento la furia que sentí en el momento que me dijo eso. El gran coño de su madre. Si tú sientes sola, tú hablas con tu esposo. Tú buscas que el tipo salga de donde está metido y te haga compañía. Buscas que te atienda. Buscas SO-LU-CIO-NAR.
“Todos tus viajes, tus horas en la oficina, todo el tiempo trabajando”, siguió. Se oía más serena, como si de verdad ella fuera la engañada. Estaba esperando que me dijera que nunca le dije que un arquitecto tenía que trabajar tanto. Que lo que vio y se caló en la universidad era mentira. Que mientras ella estudió publicidad, una carrera que de vaina te exige saber escribir, leer y de repente dibujar –y que me disculpen los publicistas que lean esta vaina, si es que algún día lo descubren--, yo tenía que pasar tres días sin dormir preparando una maqueta mientras me volvía mierda los dedos.
Que debí haberle advertido antes de casarnos.
Pin.
Coño ‘e su madre…
Otro grado más.
Si había otro más, no iba a haber tiempo de ese trago después de todo.
“Se que me dijiste que sería así por un tiempo, y yo dije que estaba bien. Pero no creí que iba a ser por tanto tiempo”.
Y ahí estaba.
Hasta se le medio quebró la voz al final.
El noble apoyo de mi esposa levantó la mano y la colocó en su hombre. Pobre, valiente mujer. Todo lo que soportó. Pero tranquila, bella dama. Aquí estoy yo.
“Sé que te debes sentir muy mal, y no creas que yo me siento muy bien”, continuó. El eufemismo del año. “Pero esto no tiene por qué terminar de manera desagradable. Podemos—“
“¿Esperas un divorcio limpio y calladito?”, la interrumpí, en voz baja.
Él apretó con cuidado el hombro a la que en ese momento dejó de ser mi esposa. Fuerza. Ánimo. No te dejes manipular. Ella entornó los ojos, como cuando tratas de explicarle algo a un niño particularmente terco.
Respiré profundamente sin quitarles la vista, y traté de calmarme más. Si me ofuscaba, íbamos a perder todos. Seguramente yo más que ellos. Claro, no había garantía que no iba a pasar así, pero igual…
“Juan, lo que quiero es que los resolvamos por la buena, Los dos –los tres—nos merecemos mejor de lo que tenemos ahora. ¿Vamos a poner las cosas más difíciles?”
Lentamente me paré, caminé detrás del sillón, y por el rabo del ojo lo vi a él haciendo el ademán de ponerse en medio de nosotros y relajarse cuando vieron que no les iba a saltar encima. Yo, que de vaina le había alzado la voz a Mercedes cuando habíamos discutido. Así será mi cara. Eso sí me hizo sentir un poco mejor. Un poco.
El reloj en la sala de mi casa indicaba las ocho y diez de la noche. Sólo habían pasado cinco minutos desde que habían llegado, y yo sentía que llevaba horas sentado allí. Bueno mentira: sentía que el tiempo había dejado de existir. Salí al balcón y me apoyé de la baranda. La fría brisa de febrero erizó mis brazos.
En lo que pensé entonces, como lo hago ahora, fue en mis padres, él muerto hace diez años, ella ida a ese mundo distante donde viven los enfermos de Alzheimer. Un matrimonio de 42 años, un solo hijo y de carambola, porque mamá tenía 39 cuando me tuvo. Papá había sido apenas su segundo novio, diez años mayor que ella. Cuando murió, por un infarto, digo yo que de tanto trabajar, mamá ya empezaba a olvidar dónde estaban las llaves. Al año me preguntó dónde estaba papá; a los dos no sabía quién era yo.
Pero para todo lo que mi viejo trabajaba –era dueño de cuatro ferreterías en Caracas, más un kiosco en Los Palos Grandes que atendía con mi tío su hermano “por hobby”, como decía—siempre tuvo tiempo para mamá y para mí. Aseguró el futuro hasta de los nietos que jamás conocerá de tanto trabajar, pero yo no recuerdo un día en que el viejo no se acercaba a mi cuarto sólo para saber cómo iba el proyecto. Sí, cuando Gaby Espino o Aura Ávila adornaban la portada de una de las revistas que llegaban, tenía una pícara mirada que yo fingía no ver para avergonzarlo –era tan hombre como cualquiera. Pero aún a sus 72 años, él se paraba a comprarle una rosa a mamá cuando le nacía, no porque se sintiera culpable. Y mamá, hasta el día de su muerte, le tenía su desayuno listo a las cuatro de la mañana cuando se iba al kiosco. Lo llamaba fijo a horas del día que estaba desocupado sólo para oírle la voz. Una vez a la semana tenía la mesa puesta con queso y vino esperando a que llegara y se pudiera relajar y conversar. Y habían días en que se ponía el perfume favorito de papá…
...sólo para que le diera un besito adicional.
Me acuerdo de eso ahora y no sé ni cómo seguí escribiendo, del nudo en la garganta. Llorar aquí… como que no.
Mi mamá jamás se volteó a ver a otro hombre, aún si no estaba con papá, y él, aunque admiraba la belleza femenina, siempre remataba con: “Pero ninguna como mi Lela”. Paco y Lela Urrecheaga fueron ejemplo de amor, no sólo para mí, sino para cualquiera que los conociera de pasada. Cuando conocieron a la que ya era mi ex-esposa, ante Dios si no ante la ley, les emocionaba la idea de tener nietos. A mí me emocionaba la idea de recrear ese amor, de seguir ese ejemplo.
Por lo visto, fui el único.
¿Aún amaba a Mercedes? Desde que empecé a escribir esto, me he preguntado esa vaina. ¿Es así de arrecho el amor, que a pesar de que peleas y peleas y peleas a diario, no hay forma de matar un amor verdadero? ¿Es como una vaina hereditaria, que amas a tu esposa sin condiciones?
Bueh, a estas alturas…
Coño, extrañaba a los viejos, vale.
Mamá, te iré a ver en lo que pueda.
Viejo, échame la bendición, desde arriba…
“Juan..” Esta vez fue el papi el que habló.
Y yo regresé al amargo presente con la fuerza de un avión estrellado.
“Oye viejo… esta no es una vaina que planifiqué ni nada, ¿ves? O sea, conocí a Mech –a Mercedes—y bueno…”
“Ahí te equivocas”, lo interrumpí.
“¿Cómo?”
“Que ahí te equivocas”, repetí. “No la conociste”.
Me volteé y los miré.
“Yo te la presenté. Tú no la conociste”. Volví a mirar los edificios de enfrente. Los dos habíamos querido vivir en Manzanares –medio lejos del ruido, no tan aislado como para no enterarte cuando pase una vaina, ja, ja...
Por si se lo preguntan, si alguien está leyendo esto, en una fiesta de la empresa. Papi era uno de los administradores de la firma. Divorciado. La mujer se fue a Canadá con el hijo.
Ni que fuera culpa mía.
“Bueno está bien, me la presentaste, el caso es que—“
“Dime una vaina”, dije,. “Si yo te dijera que yo fui el que convencí a tu esposa a irse pa’l carajo, ¿qué harías?”
Una mirada perpleja suya. Una mirada exasperada de ella, que acompañó con un “Juan por favor”.
“Si fuera yo el que te diga que es por mí que nunca más verás a tu esposa ni a tu carajito, ¿qué harías, viejito? ¿Mm?”
La furia se estaba coleando en mi voz otra vez, pero la eché para atrás con fuerza. Eso no era parte del plan, y ahora me importaba mantenerme en él.
“Te voy a agradecer que dejes a mi hijo fuera de esta vaina”, dijo el niño. Le había tocado la tecla desafinada. Me supo a carato, pero también me di cuenta de lo fácil que esta vaina iba a salirse de control si seguía por aquí.
No, no, no. No señor.
La prueba fue lo siguiente que dijo mi ex-esposa.
“Coño, Juan Antonio, madura”.
“Oh sí”, dije. Aún no había volteado, así que no vio la amarga sonrisa en mis labios. “Eso es algo de lo que debes saber bastante, ¿no?”
Respiré profundo, lo boté, y me calmé otro poco más. Volví a mirar alrededor. El apartamento quedaba en un cuarto piso de la calle oeste de Manzanares, y estaba a nombre de los dos. La idea había sido de ella. O sea que iba a haber pleito por él.
O bueno… no.
Ahí recordé que estaba esperando algo. ¿Cuánto tiempo había pasado?
“Necesito un vaso de agua”, dijo ella. Ahora era su paciencia la que se estaba yendo.
Volteé una vez más. Su cara era de resignación, aceptando que no le iba a dar la salida fácil. Él ya no temía mirarme de frente; parecía listo para arrancarme la cabeza. Cómo te atreves a hablar de mi hijo, me decía su cara. Bueno, estamos a mano, ¿no?
“Sabes dónde está la cocina”, dije, lo más amablemente que pude.
Los dos me miraron como sin creer que pudiera ser tan antipático. Ay pero qué odioso. Y entraron juntos.
Cerré la puerta del balcón, una combinación de madera y vidrio que yo mismo había escogido, y tres cosas entraron a mi mente simultáneamente.
Me gustaba este apartamento.
¿Habré dejado conscientemente de arreglar la nevera?
¿Y cómo fue que no olieron el gas?
La explosión vino fuerte, sacudiendo al edificio, pareciera. Por un segundo me pareció ver algo salir volando de la puerta de la cocina hacia la sala –no sabía si había sido él o ella. Si hubiera estado parado directamente delante de la puerta del balcón, los vidrios me habrían hecho pedazos mientras que la onda de choque seguro me habría hecho caer al vacío. Pero me había movido hacia un lado del balcón, y sólo recibí algunos rasguños en la cara y el brazo. Con todo y eso, el calor de las llamas me quemó parte de la ceja izquierda, y por un momento pensé que igualito me iba a caer.
El enchufe malo de la nevera debió echar un chispazo cuando abrieron la nevera, oficial. Y seguramente, cuando mi esposa me llamó para decir que quería hablar conmigo, simplemente me descuidé y no apagué el gas. Yo sabía que se iba a terminar, oficial. Me rompió el corazón. Ay, Dios, pero yo no esperaba que terminara así…
Unos minutos pasaron, no sé cuánto, porque el reloj de la sala se había caído por la explosión. Oía los gritos de mis vecinos. Creo que alguien hasta me vio por el balcón y gritaba mi nombre, pero eso podría haber sido en Marte. Cuando abrí los ojos, Pedro me estaba mirando desde el suelo de la sala. Su cara era una hamburguesa cruda y quemada, pero sus ojos seguían abiertos. Su cabeza estaba a un ángulo que no correspondía con el de un ser humano normal. Sus ojos quedaron en un estado de perenne sorpresa, como que no se esperaba esto de un pobre pajúo como yo.
Sorpresa, papito.
Tuve que luchar para no sonreír. Sabía que igualito me podían acusar de homicidio culposo. Al final me internaron en un psiquiátrico, diez días de evaluación por trauma de ver a mi esposa y a su amante quemarse por una explosión en mi casa, sin que haya podido hacer nada para salvarlos. Y aquí estoy. Este papelito fue mi mejor terapia, mi mayor consuelo. Creo que voy a estar bien. Sí, estoy seguro que lo estaré. Pero esto se tiene que quemar… ¿O me lo trago?
No sé cuánto estuve allí, ignorando los gritos de mis vecinos que me llamaban desesperados, y mirando a Pedro mirándome a mí desde el más allá. Lo que sí sé es que cuando oí la primera sirena, los golpes a mi puerta y lo quedaba de mi sala, una extraña calma se apoderó de mí. Menos mal que nadie vio la sonrisa ni podía escuchar la baja risa que empezó en mi garganta. Igual si la escuchaban pensarían que era por histeria.
Cuando empecé a gritar por ayuda, igualito me lo creyeron. Sí… voy a estar bien.
Mi furia subió un grado. Mi garganta se secó y otra vez deseaba haberme servido algo para tomar. Habría tiempo para después. Mucho tiempo. Quizá.
“Juan”, dijo ella, un pequeño sobresalto en su voz. “¿Qué haces allí?”
No contesté de inmediato. Ni la miré. No, lo miré a él. El hombre que, sin proponérselo o no, había destruido un matrimonio de apenas siete años, una relación de doce. Quería evitar sentir sorpresa que había sido él, pero no me engañé más. Hace un año quizá lo habría dudado. Hace un mes me había mentido a mí mismo y pensado que me había equivocado. Ayer lo averigüé todo.
“Juan”, repitió ella, más serenamente.
Conté hasta tres, esperando a que él levantara la vista del piso. A ver si tenía los cojones de mirarme a la cara. Pero ahora los tenía para sentir vergüenza. Eso, o había algo fascinante en el cuadrado de madera en el piso justo enfrente de él. La vergüenza te llegó tarde, papá.
Bien tarde.
“Juan, tenemos que decirte algo”.
El toque de nerviosismo mezclado con su usual determinación tampoco me satisfizo. Estaba exigente, yo. Pin, otro grado de furia más.
Al ver que el papi estaba demasiado fascinado en el piso como para interrumpirlo, volteé a ella. Debe haber visto algo en mi cara, porque dio un medio paso atrás. Casi, pero no suficiente.
“Juan…” Ya mi nombre se sentía gastado. Sentía que era a otro a quien le hablaba, otro que estaba sentado en el apartamento. No era tampoco tan alejado de la realidad –sentía más furia de la que me creía capaz de sentir. Más vale que me sintiera como alguien más.
“Dime”, dije al fin, con una voz que no se sentía mía.
Pausa. Respiró profundo. Anda, angelito. Convénceme. Tú puedes.
“Juan-esto-no-es-algo-que-p-planeamos”, dijo. Habló rápido, y todo le salió casi como una sola palabra. Un tropezoncito en la última palabra. ¿Una mentira que se había repetido antes? ¿Qué era lo que había dicho Goebbels? “Una mentira repetida mil veces…” Chávez también la repetía.
“Pero estemos claros, tampoco es como si tú y yo hayamos estado muy bien cuando empezó. Nosotros tenemos un buen rato mal”.
Mmmmm…
Otra pausa. Otra inspiración.
“Pedro y yo nos encontramos en un momento en que nos… necesitábamos, simplemente. A él le estaba yendo mal en la vida, y yo, bueno… me sentía sola, Juan”.
Ah, mira vale.
Mientras escribo esto, aún siento la furia que sentí en el momento que me dijo eso. El gran coño de su madre. Si tú sientes sola, tú hablas con tu esposo. Tú buscas que el tipo salga de donde está metido y te haga compañía. Buscas que te atienda. Buscas SO-LU-CIO-NAR.
“Todos tus viajes, tus horas en la oficina, todo el tiempo trabajando”, siguió. Se oía más serena, como si de verdad ella fuera la engañada. Estaba esperando que me dijera que nunca le dije que un arquitecto tenía que trabajar tanto. Que lo que vio y se caló en la universidad era mentira. Que mientras ella estudió publicidad, una carrera que de vaina te exige saber escribir, leer y de repente dibujar –y que me disculpen los publicistas que lean esta vaina, si es que algún día lo descubren--, yo tenía que pasar tres días sin dormir preparando una maqueta mientras me volvía mierda los dedos.
Que debí haberle advertido antes de casarnos.
Pin.
Coño ‘e su madre…
Otro grado más.
Si había otro más, no iba a haber tiempo de ese trago después de todo.
“Se que me dijiste que sería así por un tiempo, y yo dije que estaba bien. Pero no creí que iba a ser por tanto tiempo”.
Y ahí estaba.
Hasta se le medio quebró la voz al final.
El noble apoyo de mi esposa levantó la mano y la colocó en su hombre. Pobre, valiente mujer. Todo lo que soportó. Pero tranquila, bella dama. Aquí estoy yo.
“Sé que te debes sentir muy mal, y no creas que yo me siento muy bien”, continuó. El eufemismo del año. “Pero esto no tiene por qué terminar de manera desagradable. Podemos—“
“¿Esperas un divorcio limpio y calladito?”, la interrumpí, en voz baja.
Él apretó con cuidado el hombro a la que en ese momento dejó de ser mi esposa. Fuerza. Ánimo. No te dejes manipular. Ella entornó los ojos, como cuando tratas de explicarle algo a un niño particularmente terco.
Respiré profundamente sin quitarles la vista, y traté de calmarme más. Si me ofuscaba, íbamos a perder todos. Seguramente yo más que ellos. Claro, no había garantía que no iba a pasar así, pero igual…
“Juan, lo que quiero es que los resolvamos por la buena, Los dos –los tres—nos merecemos mejor de lo que tenemos ahora. ¿Vamos a poner las cosas más difíciles?”
Lentamente me paré, caminé detrás del sillón, y por el rabo del ojo lo vi a él haciendo el ademán de ponerse en medio de nosotros y relajarse cuando vieron que no les iba a saltar encima. Yo, que de vaina le había alzado la voz a Mercedes cuando habíamos discutido. Así será mi cara. Eso sí me hizo sentir un poco mejor. Un poco.
El reloj en la sala de mi casa indicaba las ocho y diez de la noche. Sólo habían pasado cinco minutos desde que habían llegado, y yo sentía que llevaba horas sentado allí. Bueno mentira: sentía que el tiempo había dejado de existir. Salí al balcón y me apoyé de la baranda. La fría brisa de febrero erizó mis brazos.
En lo que pensé entonces, como lo hago ahora, fue en mis padres, él muerto hace diez años, ella ida a ese mundo distante donde viven los enfermos de Alzheimer. Un matrimonio de 42 años, un solo hijo y de carambola, porque mamá tenía 39 cuando me tuvo. Papá había sido apenas su segundo novio, diez años mayor que ella. Cuando murió, por un infarto, digo yo que de tanto trabajar, mamá ya empezaba a olvidar dónde estaban las llaves. Al año me preguntó dónde estaba papá; a los dos no sabía quién era yo.
Pero para todo lo que mi viejo trabajaba –era dueño de cuatro ferreterías en Caracas, más un kiosco en Los Palos Grandes que atendía con mi tío su hermano “por hobby”, como decía—siempre tuvo tiempo para mamá y para mí. Aseguró el futuro hasta de los nietos que jamás conocerá de tanto trabajar, pero yo no recuerdo un día en que el viejo no se acercaba a mi cuarto sólo para saber cómo iba el proyecto. Sí, cuando Gaby Espino o Aura Ávila adornaban la portada de una de las revistas que llegaban, tenía una pícara mirada que yo fingía no ver para avergonzarlo –era tan hombre como cualquiera. Pero aún a sus 72 años, él se paraba a comprarle una rosa a mamá cuando le nacía, no porque se sintiera culpable. Y mamá, hasta el día de su muerte, le tenía su desayuno listo a las cuatro de la mañana cuando se iba al kiosco. Lo llamaba fijo a horas del día que estaba desocupado sólo para oírle la voz. Una vez a la semana tenía la mesa puesta con queso y vino esperando a que llegara y se pudiera relajar y conversar. Y habían días en que se ponía el perfume favorito de papá…
...sólo para que le diera un besito adicional.
Me acuerdo de eso ahora y no sé ni cómo seguí escribiendo, del nudo en la garganta. Llorar aquí… como que no.
Mi mamá jamás se volteó a ver a otro hombre, aún si no estaba con papá, y él, aunque admiraba la belleza femenina, siempre remataba con: “Pero ninguna como mi Lela”. Paco y Lela Urrecheaga fueron ejemplo de amor, no sólo para mí, sino para cualquiera que los conociera de pasada. Cuando conocieron a la que ya era mi ex-esposa, ante Dios si no ante la ley, les emocionaba la idea de tener nietos. A mí me emocionaba la idea de recrear ese amor, de seguir ese ejemplo.
Por lo visto, fui el único.
¿Aún amaba a Mercedes? Desde que empecé a escribir esto, me he preguntado esa vaina. ¿Es así de arrecho el amor, que a pesar de que peleas y peleas y peleas a diario, no hay forma de matar un amor verdadero? ¿Es como una vaina hereditaria, que amas a tu esposa sin condiciones?
Bueh, a estas alturas…
Coño, extrañaba a los viejos, vale.
Mamá, te iré a ver en lo que pueda.
Viejo, échame la bendición, desde arriba…
“Juan..” Esta vez fue el papi el que habló.
Y yo regresé al amargo presente con la fuerza de un avión estrellado.
“Oye viejo… esta no es una vaina que planifiqué ni nada, ¿ves? O sea, conocí a Mech –a Mercedes—y bueno…”
“Ahí te equivocas”, lo interrumpí.
“¿Cómo?”
“Que ahí te equivocas”, repetí. “No la conociste”.
Me volteé y los miré.
“Yo te la presenté. Tú no la conociste”. Volví a mirar los edificios de enfrente. Los dos habíamos querido vivir en Manzanares –medio lejos del ruido, no tan aislado como para no enterarte cuando pase una vaina, ja, ja...
Por si se lo preguntan, si alguien está leyendo esto, en una fiesta de la empresa. Papi era uno de los administradores de la firma. Divorciado. La mujer se fue a Canadá con el hijo.
Ni que fuera culpa mía.
“Bueno está bien, me la presentaste, el caso es que—“
“Dime una vaina”, dije,. “Si yo te dijera que yo fui el que convencí a tu esposa a irse pa’l carajo, ¿qué harías?”
Una mirada perpleja suya. Una mirada exasperada de ella, que acompañó con un “Juan por favor”.
“Si fuera yo el que te diga que es por mí que nunca más verás a tu esposa ni a tu carajito, ¿qué harías, viejito? ¿Mm?”
La furia se estaba coleando en mi voz otra vez, pero la eché para atrás con fuerza. Eso no era parte del plan, y ahora me importaba mantenerme en él.
“Te voy a agradecer que dejes a mi hijo fuera de esta vaina”, dijo el niño. Le había tocado la tecla desafinada. Me supo a carato, pero también me di cuenta de lo fácil que esta vaina iba a salirse de control si seguía por aquí.
No, no, no. No señor.
La prueba fue lo siguiente que dijo mi ex-esposa.
“Coño, Juan Antonio, madura”.
“Oh sí”, dije. Aún no había volteado, así que no vio la amarga sonrisa en mis labios. “Eso es algo de lo que debes saber bastante, ¿no?”
Respiré profundo, lo boté, y me calmé otro poco más. Volví a mirar alrededor. El apartamento quedaba en un cuarto piso de la calle oeste de Manzanares, y estaba a nombre de los dos. La idea había sido de ella. O sea que iba a haber pleito por él.
O bueno… no.
Ahí recordé que estaba esperando algo. ¿Cuánto tiempo había pasado?
“Necesito un vaso de agua”, dijo ella. Ahora era su paciencia la que se estaba yendo.
Volteé una vez más. Su cara era de resignación, aceptando que no le iba a dar la salida fácil. Él ya no temía mirarme de frente; parecía listo para arrancarme la cabeza. Cómo te atreves a hablar de mi hijo, me decía su cara. Bueno, estamos a mano, ¿no?
“Sabes dónde está la cocina”, dije, lo más amablemente que pude.
Los dos me miraron como sin creer que pudiera ser tan antipático. Ay pero qué odioso. Y entraron juntos.
Cerré la puerta del balcón, una combinación de madera y vidrio que yo mismo había escogido, y tres cosas entraron a mi mente simultáneamente.
Me gustaba este apartamento.
¿Habré dejado conscientemente de arreglar la nevera?
¿Y cómo fue que no olieron el gas?
La explosión vino fuerte, sacudiendo al edificio, pareciera. Por un segundo me pareció ver algo salir volando de la puerta de la cocina hacia la sala –no sabía si había sido él o ella. Si hubiera estado parado directamente delante de la puerta del balcón, los vidrios me habrían hecho pedazos mientras que la onda de choque seguro me habría hecho caer al vacío. Pero me había movido hacia un lado del balcón, y sólo recibí algunos rasguños en la cara y el brazo. Con todo y eso, el calor de las llamas me quemó parte de la ceja izquierda, y por un momento pensé que igualito me iba a caer.
El enchufe malo de la nevera debió echar un chispazo cuando abrieron la nevera, oficial. Y seguramente, cuando mi esposa me llamó para decir que quería hablar conmigo, simplemente me descuidé y no apagué el gas. Yo sabía que se iba a terminar, oficial. Me rompió el corazón. Ay, Dios, pero yo no esperaba que terminara así…
Unos minutos pasaron, no sé cuánto, porque el reloj de la sala se había caído por la explosión. Oía los gritos de mis vecinos. Creo que alguien hasta me vio por el balcón y gritaba mi nombre, pero eso podría haber sido en Marte. Cuando abrí los ojos, Pedro me estaba mirando desde el suelo de la sala. Su cara era una hamburguesa cruda y quemada, pero sus ojos seguían abiertos. Su cabeza estaba a un ángulo que no correspondía con el de un ser humano normal. Sus ojos quedaron en un estado de perenne sorpresa, como que no se esperaba esto de un pobre pajúo como yo.
Sorpresa, papito.
Tuve que luchar para no sonreír. Sabía que igualito me podían acusar de homicidio culposo. Al final me internaron en un psiquiátrico, diez días de evaluación por trauma de ver a mi esposa y a su amante quemarse por una explosión en mi casa, sin que haya podido hacer nada para salvarlos. Y aquí estoy. Este papelito fue mi mejor terapia, mi mayor consuelo. Creo que voy a estar bien. Sí, estoy seguro que lo estaré. Pero esto se tiene que quemar… ¿O me lo trago?
No sé cuánto estuve allí, ignorando los gritos de mis vecinos que me llamaban desesperados, y mirando a Pedro mirándome a mí desde el más allá. Lo que sí sé es que cuando oí la primera sirena, los golpes a mi puerta y lo quedaba de mi sala, una extraña calma se apoderó de mí. Menos mal que nadie vio la sonrisa ni podía escuchar la baja risa que empezó en mi garganta. Igual si la escuchaban pensarían que era por histeria.
Cuando empecé a gritar por ayuda, igualito me lo creyeron. Sí… voy a estar bien.
Saturday, January 26, 2008
La única opción
El consultorio. Presente.
Franklin estaba, por decir lo menos, inquieto. No había forma en que encontrara una posición cómoda. Pero tampoco hallaba cómo iba a estar cómodo aquí. La mujer que estaba sentada directamente enfrente suyo, contemporánea con él, con su muestra de botox en la cara y una "pechonalidad" que por llevarla ella no era necesariamente propia, le echó una mirada de divertida compasión por la décima vez. Franklin la odió como quien odia a un político. He estado en salas de espera antes, coño, pensó para tratar de relajarse. Vamos a quedarnos quietos, carajo.
Vio las arcaicas revistas dispuestas, y se fue directo al crucigrama de una de ellas. Que ya estaba hecho en un 80%. No importa. Prefería matarse pensando cuál era la letra de agedul o como se diga que concentrarse en por qué rayos está aquí. La recepcionista entra, una atractiva morenita con un piercing en la nariz. Carajitos de hoy en día, piensa Franklin; tiene una hija de 14 años que ya hasta quería hacerse las tetas. Franklin mató esa idea rapidito. Con el tatuaje en la espalda no pudo hacer nada más que castigar a la carajita. "La doctora lo verá a usted después del paciente que tiene ahora, señor Guédez", dijo con una sonrisa. Franklin entró en pánico. "¿Cómo la doctora? Yo tengo una cita con el doctor Leo Gómez!", protestó. La mujer botox se llevó la mano a la boca, limpiándose algo. O tapando una sonrisa. Miserable meretriz. La recepcionista sonrió más abiertamente, entrenada para calmar. "Sí, señor Guédez, con la doctora Leonor Gómez. Su esposa hizo la cita ayer."
La mente de Franklin corrió en sobretiempo. Cambiar la cita para otro día, digamos el año 2021; solicitar a un hombre y quedar como machista; mandarlo todo al carajo y ser machista. Pero pensó en las consecuencias. Gretel nunca se lo perdonaría. Qué coño, a echarle pichón. Suspiró de resignación. Le dio las gracias a la recepcionista, y esta entró de nuevo. Franklin soltó la revista y se pasó la mano por la cabeza. esto simplemente se ponía mejor y mejor. Mujer Botox leía su propia revista, pero la mueca divertida seguía allí. Franklin ya no se aguantó más. "Disculpe", dijo. La mujer levantó la mirada y las cejas. "¿Primera vez?"
"Ay, no mi amor, mi marido se ve con el de al lado, Gerardo", dijo. El "mi amor" le cayó a Franklin como un purgante. "Esta es su quinta. Pero esta sí es tu primera, ¿no?" "Sí. primera vez. Idea de mi esposa." Mujer Botox soltó como una risita. Franklin sintió la rabia subir una iota más. "Me imaginé...", dijo ella. "¿Cómo así?" "Ustedes los hombres son incapaces de admitir un problema con eso. Nooo, el machismo por delante. Y una angustiada. Hasta que tiene que pasar 'algo', quién sabe qué, y finalmente se ponen las pilas." Franklin le iba a cantar las cuatro, vertir en ella toda la frustración, el miedo y la furia que tenía dentro, pero no había terminado de abrir la boca cuando la recepcionista salió y le dijo que la doctora estaba lista para él. Franklin la miró como si no supiera de qué hablaba. Volteó hacia Mujer Botox, quien tuvo el descaro de picarle el ojo. Franklin se tragó su arrechera, se levantó, y entró en el consultorio. Mientras entraba, la mujer tuvo un descaro aún mayor. Franklin tuvo que contenerse para no lanzarle un libro.
"Estate tranquilo, campeón. Mi marido también tenía rollos que no se le paraba, y después de un mes de consultas ya casi que estoy embarazada otra vez."
La habitación. Una semana antes.
"¿Nada?"
"Nada."
"¿Pero cómo que nada?"
"Bueno sí hubo algo, pero nada, no entró..:"
"Ay amor..."
"Debo estar estresado..:"
"¿Desde hace un año?"
"..."
Pausa.
"Tienes que ir al médico."
"No voy a ir al médico, Gretel."
"¿Y por qué no?"
"¿Y aún preguntas?"
"Ah, ¿prefieres que ocurra un milagro?"
"No, simplemente no q... no voy a ir."
"Franklin, cuántos años tienes tú?
"¿Qué tiene que ver?"
"¿Cuántos tienes?"
"38, y tú lo sabes."
"Ajá. Lo mismo que yo. ¿Cuántos años tienen nuestros hijos?
"Gretel, qué..."
"¿Cuántos?"
Suspiro. "Doce y catorce."
"Correcto. Ya no los tengo que cuidar tanto. ¿Verdad?"
"Ajá. ¿Pero q...?"
"Por consiguiente, me puedo dedicar a ser más esposa que madre, ¿verdad?"
"..."
"No te voy a decir que o el médico o el sofá, amor... ni voy a empezar a montarte cacho ni mucho menos... pero 38 años es muy vieja para conformarme con algunas cositas. Además, es tu salud."
"..."
"El lunes llamo para hacerte la cita."
El consultorio. Presente.
La doctora era una rubia alta y elegante pero, para suerte de Franklin, no era joven. Para su desgracia, tenía una sonrisa que podía derretir las capas polares. Sus manos eran pequeñas, suaves y de un blanco porcelanado. Tenía unos intensos ojos azules que parecían poder leer la parte de atrás de un cráneo humano. Podría tener unos 45 años, pero su piel parecía de 32. Franklin se sintió automáticamente incómodo en el momento que le dio la mano y le mostró una perfecta sonrisa blanca como la nieve. La pared cubierta de diplomas además lo intimidó, en vez de tranquilizarlo.
"Entonces, señor Guédez. ¿Qué puedo hacer por usted?"
Franklin suspiró. Pensó en un chiste: Convertirse en un hombre gordo y oridinario. Pero lo aplastó. Pensó en mil fomas de contestar esa pregunta y ninguna parecía adecuada. El soldado no se para firme... El tronco ya es un tallo... El espagueti está cocinado... La galleta no está crujiente...
"Tengo problemas." Buena salvada. Supongo que pensaste que estabas aquí de visita.
"Eso lo supuse, señor Guédez", dijo con una agradable sonrisa. Maldición, cómo la odio. "Pero, ¿qué problema específicamente? ¿Tiene problemas parta la erección, problemas para mantenerla, eyaculación precoz?"
Franklin palideció con cada frase. Sentía como si escuchara vulgaridades salir de la boca de un niño de cuatro años. Sentía la cara roja y caliente, y eso aumentó su incomodidad dos cuotas más. Un poco más y no le importaba si se compraba un vibrador y lo ponía entre las piernas y nunca más volvía a prender la luz cuando estuviera copn su esposa; no iba a haber manera de que pudiera seguir con esto.
"¿Señor Guédez?"
"Nopuedomantenerunaerección", dijo Franklin, sin pararse a pensarlo. Le salió como si fuera una sola palabra.
Pero la doctora lo entendió todo. Sólo dijo un "entiendo", con esa irresistible y odiosa sonrisa. Y, horror de horrores, sacó una carpeta con un bloc y un lápìz. Coño de la madre. "le voy a hacer uan serie de preguntas para determinar qué puede ser el problema, y así podemos ayudarlo mejor. ¿Le parece?"
"¿Puedo pedirle algo primero, doctora?", dijo Franklin.
La doctora levantó las cejas "Claro, cómo no."
"¿Podría convertirse en un tipo grande, gordo y ordinario?"
La delicada risa que emitió la doctora tenía la intención de decir "tranquilo, he atendido varios como tú." Lo que Franklin escuchó fue, "Pobre pendejo... como si de verdad con chistes te vas a salvar. Deja que te vayas para que veas los chismes que voy a echar." Y con todo y eso, la imagen de Gretel, su esposa que estaba esperando que cumpliera su labor, fue lo que hizo que se parara en vez de pegarle cuatro gritos, amenazar con demandar y demás.
Un Farmatodo. Presente.
Franklin había entrado a este Farmatodo cien, doscientas, mil veces. Y entraba como si fuera dueño del sitio. Total, era entrar, conseguir lo suyo, y salir. Pero esta vez, era como entrar en una sala llena de papelón melao. Era difícil entrar. Más difícil caminar. Sentía el peso del récipe que tenía en su cartera. Aunque quizá pesaba más el calendario inexorable que sentía volar sobre él como si la espada de Damocles fuera...
Se encaminó al fondo donde estaba el expendio de medicinas por récipe. El local no estaba lleno a rabiar pero tampoco era el único ahí. Y oh sorpresa --quien atendía era una mujer. Es una señal, se dijo. En realidad morí en mis sueños hace dos semanas, y estoy en el Purgatorio antes de morir. Juro que si salgo de esta, llevaré a mi hija de compras, acompañaré a Gretel a la peluquería... cualquier vaina.
Sacó el miserable papel, que por supuesto estaba escrito en esa extraña mezcla de español y sánscrito que parece ser la regla de todos los médicos. No tenía ni idea de lo que decía, pero sabía para qué era la medicina. "Un vasodilatador", dijo la doctora. Una pastilla de Jesús, pensó (inquietando al católico escondido que había en su cabeza), pues estaba haciendo caminar al caído. Aún no está resucitando al muerto... ¿verdad?
Llegó hasta el mostrador, y la farmaceuta--una morena clara con un poco de sobrepeso y un montón de ladilla encima-- se levantó perezosamente hacia él. "Güenos días, seño", dijo, con todo el ánimo de una vaca preñada, en perfecto español clase media baja, y como dos decibeles más arriba de lo que él hubiera querido. ¿Que las mudas no atienden en las farmacias? ¿Eso no es discriminación? Coñoemadres discriminadores... Ay coño de la madre.... "¿En qué le puedo serví?"
"Bnosdías", susurró Franklin, y rápidamente entregó el récipe. "Undeestosprfavor."
La mujer leyó el récipe, mientras Franklin miraba a los lados a ver si no había nadie lo bastante cerca. Una pareja de ancianos, un chamo que se veía casi tan nervioso como él con una caja de condones en la mano, una mujer toda emperifollada justo al lado de él, un hombre joven en el pasillo detrás. Y fue justo en el momento que volteó que la farmaceuta preguntó, con toda su calma, delante Dios y el mundo: "¿Entonces son dos cajas de Duropal zeñor?"
Franklin volteó hacia ella con ojos que parecían que iban a saltar de sus cuencas y un rostro que en cualquier momento podríoa hacer erupción como un volcán. ¿DURO-pal? ¿Duro? ¿Pal que te conté, quizá? La señora ni se mostró interesada, pero los ancianos --en particular la vieja-- voltearon a mirar a Franklin con una extraña expresión de curiosidad. El hombre joven reprimió una risa; quizá era médico. El chamo al principio no entendía, pero al ver la cara de Franklin y usar una mente evidentemente sucia, sumo dos y dos y también reprimió --con menos habilidad-- una risa. Franklin sintió que su ropa se desvanecía, y, en algún lado, el responsable de que estuviera allí, el amiguito entre las piernas, se encogió aún más. Quedó tan en shock, que simplemente asintió.
La farmaceuta aparentemente no se dio cuenta de la reacción de su cliente. O simplemente no le paraba. Fue, buscó el medicamento, dijo cuánto era. Recibió el dinero, tomó la cajita --con las palabras DUROPAL en letra grande y azul sobre fondo blanco-- y se lo entregó a Franklin --sin una bolsa. Franklin la agarró rápidamente y salió de ahí como si alguien lo estuviera persiguiendo. No se detuvo hasta que llegó al carro y respiró profundo. Procedió a mentarle la madre en yiddish a la farmaceuta con su indiscreción, su bocota floja, y arrancó el carro.
Camino a la casa, procedió a leer la cajita de marras. "Ingiérase por vía oral." No me digas.
"Úses media hora antes de incurrir en actividad sexual." Dios. Ya se veía mirando el reloj y yendo a donde Gretel y preguntando: "Epa. Me activé. ¿Quieres?" Uy, qué romántico. Cada vez más estaba convencido que esto era una mala idea. Amaba proifundamente a su esposa, pero creía que pagar manutención era más sencillo que sufrir lo que estaba sufriendo. Esta vaina no iba a servir, pensaba.
---oOo---
El consultorio. Dos meses después.
La doctora Gómez llegó a sus consultorio con tres pacientes esperándola. Sonrió su amplia sonrisa que era tan sincera como calmante mientras los saludaba, y le preguntó a la recepcionista si había mensajes.
La muchacha sólo sonrió divertida antes de contestar, "Mensajes no doctora, pero le vino algo esta mañana. Está en su consultorio."
¡Ah pero qué maravilla!, pensó la doctora. Agradeció, entró y se quedó fría.
Su consultorio estaba lleno de globos. De todos colores, tamaños y formas. Habían además dos botellas de vino, una caja de chcocolates y, lo más insólito, un osito de peluche blanco sobre el escritorio. Y el osito tenía un corazón que decía, igual que todos y cada uno de los globos, "gracias" en español, inglés y francés. Gómez nunca había recibido tantos regalos desde que estaba en la universidad. No era su aniversario o su cumpleaños. ¿Qué es esto?
Lo supo cuando vio una nota en el escritorio. Simplemente decía cinco palabras. Pero no necesitaba saber más.
"Doctora: ¡MUCHAS GRACIAS! Franklin Guédez."
Franklin estaba, por decir lo menos, inquieto. No había forma en que encontrara una posición cómoda. Pero tampoco hallaba cómo iba a estar cómodo aquí. La mujer que estaba sentada directamente enfrente suyo, contemporánea con él, con su muestra de botox en la cara y una "pechonalidad" que por llevarla ella no era necesariamente propia, le echó una mirada de divertida compasión por la décima vez. Franklin la odió como quien odia a un político. He estado en salas de espera antes, coño, pensó para tratar de relajarse. Vamos a quedarnos quietos, carajo.
Vio las arcaicas revistas dispuestas, y se fue directo al crucigrama de una de ellas. Que ya estaba hecho en un 80%. No importa. Prefería matarse pensando cuál era la letra de agedul o como se diga que concentrarse en por qué rayos está aquí. La recepcionista entra, una atractiva morenita con un piercing en la nariz. Carajitos de hoy en día, piensa Franklin; tiene una hija de 14 años que ya hasta quería hacerse las tetas. Franklin mató esa idea rapidito. Con el tatuaje en la espalda no pudo hacer nada más que castigar a la carajita. "La doctora lo verá a usted después del paciente que tiene ahora, señor Guédez", dijo con una sonrisa. Franklin entró en pánico. "¿Cómo la doctora? Yo tengo una cita con el doctor Leo Gómez!", protestó. La mujer botox se llevó la mano a la boca, limpiándose algo. O tapando una sonrisa. Miserable meretriz. La recepcionista sonrió más abiertamente, entrenada para calmar. "Sí, señor Guédez, con la doctora Leonor Gómez. Su esposa hizo la cita ayer."
La mente de Franklin corrió en sobretiempo. Cambiar la cita para otro día, digamos el año 2021; solicitar a un hombre y quedar como machista; mandarlo todo al carajo y ser machista. Pero pensó en las consecuencias. Gretel nunca se lo perdonaría. Qué coño, a echarle pichón. Suspiró de resignación. Le dio las gracias a la recepcionista, y esta entró de nuevo. Franklin soltó la revista y se pasó la mano por la cabeza. esto simplemente se ponía mejor y mejor. Mujer Botox leía su propia revista, pero la mueca divertida seguía allí. Franklin ya no se aguantó más. "Disculpe", dijo. La mujer levantó la mirada y las cejas. "¿Primera vez?"
"Ay, no mi amor, mi marido se ve con el de al lado, Gerardo", dijo. El "mi amor" le cayó a Franklin como un purgante. "Esta es su quinta. Pero esta sí es tu primera, ¿no?" "Sí. primera vez. Idea de mi esposa." Mujer Botox soltó como una risita. Franklin sintió la rabia subir una iota más. "Me imaginé...", dijo ella. "¿Cómo así?" "Ustedes los hombres son incapaces de admitir un problema con eso. Nooo, el machismo por delante. Y una angustiada. Hasta que tiene que pasar 'algo', quién sabe qué, y finalmente se ponen las pilas." Franklin le iba a cantar las cuatro, vertir en ella toda la frustración, el miedo y la furia que tenía dentro, pero no había terminado de abrir la boca cuando la recepcionista salió y le dijo que la doctora estaba lista para él. Franklin la miró como si no supiera de qué hablaba. Volteó hacia Mujer Botox, quien tuvo el descaro de picarle el ojo. Franklin se tragó su arrechera, se levantó, y entró en el consultorio. Mientras entraba, la mujer tuvo un descaro aún mayor. Franklin tuvo que contenerse para no lanzarle un libro.
"Estate tranquilo, campeón. Mi marido también tenía rollos que no se le paraba, y después de un mes de consultas ya casi que estoy embarazada otra vez."
--oOo--
La habitación. Una semana antes.
"¿Nada?"
"Nada."
"¿Pero cómo que nada?"
"Bueno sí hubo algo, pero nada, no entró..:"
"Ay amor..."
"Debo estar estresado..:"
"¿Desde hace un año?"
"..."
Pausa.
"Tienes que ir al médico."
"No voy a ir al médico, Gretel."
"¿Y por qué no?"
"¿Y aún preguntas?"
"Ah, ¿prefieres que ocurra un milagro?"
"No, simplemente no q... no voy a ir."
"Franklin, cuántos años tienes tú?
"¿Qué tiene que ver?"
"¿Cuántos tienes?"
"38, y tú lo sabes."
"Ajá. Lo mismo que yo. ¿Cuántos años tienen nuestros hijos?
"Gretel, qué..."
"¿Cuántos?"
Suspiro. "Doce y catorce."
"Correcto. Ya no los tengo que cuidar tanto. ¿Verdad?"
"Ajá. ¿Pero q...?"
"Por consiguiente, me puedo dedicar a ser más esposa que madre, ¿verdad?"
"..."
"No te voy a decir que o el médico o el sofá, amor... ni voy a empezar a montarte cacho ni mucho menos... pero 38 años es muy vieja para conformarme con algunas cositas. Además, es tu salud."
"..."
"El lunes llamo para hacerte la cita."
---oOo---
El consultorio. Presente.
La doctora era una rubia alta y elegante pero, para suerte de Franklin, no era joven. Para su desgracia, tenía una sonrisa que podía derretir las capas polares. Sus manos eran pequeñas, suaves y de un blanco porcelanado. Tenía unos intensos ojos azules que parecían poder leer la parte de atrás de un cráneo humano. Podría tener unos 45 años, pero su piel parecía de 32. Franklin se sintió automáticamente incómodo en el momento que le dio la mano y le mostró una perfecta sonrisa blanca como la nieve. La pared cubierta de diplomas además lo intimidó, en vez de tranquilizarlo.
"Entonces, señor Guédez. ¿Qué puedo hacer por usted?"
Franklin suspiró. Pensó en un chiste: Convertirse en un hombre gordo y oridinario. Pero lo aplastó. Pensó en mil fomas de contestar esa pregunta y ninguna parecía adecuada. El soldado no se para firme... El tronco ya es un tallo... El espagueti está cocinado... La galleta no está crujiente...
"Tengo problemas." Buena salvada. Supongo que pensaste que estabas aquí de visita.
"Eso lo supuse, señor Guédez", dijo con una agradable sonrisa. Maldición, cómo la odio. "Pero, ¿qué problema específicamente? ¿Tiene problemas parta la erección, problemas para mantenerla, eyaculación precoz?"
Franklin palideció con cada frase. Sentía como si escuchara vulgaridades salir de la boca de un niño de cuatro años. Sentía la cara roja y caliente, y eso aumentó su incomodidad dos cuotas más. Un poco más y no le importaba si se compraba un vibrador y lo ponía entre las piernas y nunca más volvía a prender la luz cuando estuviera copn su esposa; no iba a haber manera de que pudiera seguir con esto.
"¿Señor Guédez?"
"Nopuedomantenerunaerección", dijo Franklin, sin pararse a pensarlo. Le salió como si fuera una sola palabra.
Pero la doctora lo entendió todo. Sólo dijo un "entiendo", con esa irresistible y odiosa sonrisa. Y, horror de horrores, sacó una carpeta con un bloc y un lápìz. Coño de la madre. "le voy a hacer uan serie de preguntas para determinar qué puede ser el problema, y así podemos ayudarlo mejor. ¿Le parece?"
"¿Puedo pedirle algo primero, doctora?", dijo Franklin.
La doctora levantó las cejas "Claro, cómo no."
"¿Podría convertirse en un tipo grande, gordo y ordinario?"
La delicada risa que emitió la doctora tenía la intención de decir "tranquilo, he atendido varios como tú." Lo que Franklin escuchó fue, "Pobre pendejo... como si de verdad con chistes te vas a salvar. Deja que te vayas para que veas los chismes que voy a echar." Y con todo y eso, la imagen de Gretel, su esposa que estaba esperando que cumpliera su labor, fue lo que hizo que se parara en vez de pegarle cuatro gritos, amenazar con demandar y demás.
---oOo---
Un Farmatodo. Presente.
Franklin había entrado a este Farmatodo cien, doscientas, mil veces. Y entraba como si fuera dueño del sitio. Total, era entrar, conseguir lo suyo, y salir. Pero esta vez, era como entrar en una sala llena de papelón melao. Era difícil entrar. Más difícil caminar. Sentía el peso del récipe que tenía en su cartera. Aunque quizá pesaba más el calendario inexorable que sentía volar sobre él como si la espada de Damocles fuera...
Se encaminó al fondo donde estaba el expendio de medicinas por récipe. El local no estaba lleno a rabiar pero tampoco era el único ahí. Y oh sorpresa --quien atendía era una mujer. Es una señal, se dijo. En realidad morí en mis sueños hace dos semanas, y estoy en el Purgatorio antes de morir. Juro que si salgo de esta, llevaré a mi hija de compras, acompañaré a Gretel a la peluquería... cualquier vaina.
Sacó el miserable papel, que por supuesto estaba escrito en esa extraña mezcla de español y sánscrito que parece ser la regla de todos los médicos. No tenía ni idea de lo que decía, pero sabía para qué era la medicina. "Un vasodilatador", dijo la doctora. Una pastilla de Jesús, pensó (inquietando al católico escondido que había en su cabeza), pues estaba haciendo caminar al caído. Aún no está resucitando al muerto... ¿verdad?
Llegó hasta el mostrador, y la farmaceuta--una morena clara con un poco de sobrepeso y un montón de ladilla encima-- se levantó perezosamente hacia él. "Güenos días, seño", dijo, con todo el ánimo de una vaca preñada, en perfecto español clase media baja, y como dos decibeles más arriba de lo que él hubiera querido. ¿Que las mudas no atienden en las farmacias? ¿Eso no es discriminación? Coñoemadres discriminadores... Ay coño de la madre.... "¿En qué le puedo serví?"
"Bnosdías", susurró Franklin, y rápidamente entregó el récipe. "Undeestosprfavor."
La mujer leyó el récipe, mientras Franklin miraba a los lados a ver si no había nadie lo bastante cerca. Una pareja de ancianos, un chamo que se veía casi tan nervioso como él con una caja de condones en la mano, una mujer toda emperifollada justo al lado de él, un hombre joven en el pasillo detrás. Y fue justo en el momento que volteó que la farmaceuta preguntó, con toda su calma, delante Dios y el mundo: "¿Entonces son dos cajas de Duropal zeñor?"
Franklin volteó hacia ella con ojos que parecían que iban a saltar de sus cuencas y un rostro que en cualquier momento podríoa hacer erupción como un volcán. ¿DURO-pal? ¿Duro? ¿Pal que te conté, quizá? La señora ni se mostró interesada, pero los ancianos --en particular la vieja-- voltearon a mirar a Franklin con una extraña expresión de curiosidad. El hombre joven reprimió una risa; quizá era médico. El chamo al principio no entendía, pero al ver la cara de Franklin y usar una mente evidentemente sucia, sumo dos y dos y también reprimió --con menos habilidad-- una risa. Franklin sintió que su ropa se desvanecía, y, en algún lado, el responsable de que estuviera allí, el amiguito entre las piernas, se encogió aún más. Quedó tan en shock, que simplemente asintió.
La farmaceuta aparentemente no se dio cuenta de la reacción de su cliente. O simplemente no le paraba. Fue, buscó el medicamento, dijo cuánto era. Recibió el dinero, tomó la cajita --con las palabras DUROPAL en letra grande y azul sobre fondo blanco-- y se lo entregó a Franklin --sin una bolsa. Franklin la agarró rápidamente y salió de ahí como si alguien lo estuviera persiguiendo. No se detuvo hasta que llegó al carro y respiró profundo. Procedió a mentarle la madre en yiddish a la farmaceuta con su indiscreción, su bocota floja, y arrancó el carro.
Camino a la casa, procedió a leer la cajita de marras. "Ingiérase por vía oral." No me digas.
"Úses media hora antes de incurrir en actividad sexual." Dios. Ya se veía mirando el reloj y yendo a donde Gretel y preguntando: "Epa. Me activé. ¿Quieres?" Uy, qué romántico. Cada vez más estaba convencido que esto era una mala idea. Amaba proifundamente a su esposa, pero creía que pagar manutención era más sencillo que sufrir lo que estaba sufriendo. Esta vaina no iba a servir, pensaba.
---oOo---
El consultorio. Dos meses después.
La doctora Gómez llegó a sus consultorio con tres pacientes esperándola. Sonrió su amplia sonrisa que era tan sincera como calmante mientras los saludaba, y le preguntó a la recepcionista si había mensajes.
La muchacha sólo sonrió divertida antes de contestar, "Mensajes no doctora, pero le vino algo esta mañana. Está en su consultorio."
¡Ah pero qué maravilla!, pensó la doctora. Agradeció, entró y se quedó fría.
Su consultorio estaba lleno de globos. De todos colores, tamaños y formas. Habían además dos botellas de vino, una caja de chcocolates y, lo más insólito, un osito de peluche blanco sobre el escritorio. Y el osito tenía un corazón que decía, igual que todos y cada uno de los globos, "gracias" en español, inglés y francés. Gómez nunca había recibido tantos regalos desde que estaba en la universidad. No era su aniversario o su cumpleaños. ¿Qué es esto?
Lo supo cuando vio una nota en el escritorio. Simplemente decía cinco palabras. Pero no necesitaba saber más.
"Doctora: ¡MUCHAS GRACIAS! Franklin Guédez."
Sunday, September 09, 2007
Ella: al día siguiente (y III)
Lunes, 15 de octubre de 2007: 9:00 am.
Día libre de clases. Estoy metido en la casa. Es impelable meterse al Messenger. Aunque hayan tres personas. Entro, y en efecto, hay tres personas. No, espérate: hay cuatro. Miguel acaba de meterse.
9:10 am
Sxymike dice:
Q pasó bichiiiitooooo?
9:12 am
Bobby dice:
Aquí, viejito todo fino.Todo tipo normal.
9:14 am
Sxymike dice:
Normal??? (:_D) No m jodas, pana. Antenoche al fin saliste con la jvita que tan babiao te tenía. Escupe.
9:16
Bobby dice:
No me jodas tú, pana. "Never kiss and tell", recuerdas?
9:18
Sxymike dice:
Ah vaaaaaaaaaaainaaaaaaaaa....
9:19
Bobby dice:
(:-S)
9:22
Sxymike dice:
Djate de mariconadas. Escupe.
Mi madre pasa a mi lado. "Un día de estos le vas a dañar el teclado a tu papá, Roberto, te lo juro", se queja. "Buenos días para tí también, mamá", le contesto con una sonrisa. "Amaneciste radiante hoy." Mi señora madre resopla. "No lavaste los platos anoche. Ahí se quedaron", me responde. "Ya bajo y los lavo. Y te hago el almuerzo. Y después salgo a conquistar el mundo, ¿te parece?" Trata. El ceño se mantiene abajo. La boca se arruga. Perdió. Se ríe. "Muchacho gafo..."
9:28 am
Sxymike te ha enviado un ZUMBIDO!
9:29 am
Bobby dice:
Estás ladilla!
9:31 am
Sxymike dice:
M vas a contar o no, carajo?
9:33 am
Bobby dice:
Bueno, 'ta bien pues...
Sábado, 13 de octubre de 2007. 8:54 pm
(Sxymike dice: Cuál fue la que vieron? Bobby dice: Milagros Inesperados. Nada que tú apreciarías, Miguel... Sxymike dice: Vt a kgr, jejeje)
Pues sí, muchachones. En el momento más triste, ella simplemente (1) me agarró la mano, (2) se acomodó en mi hombro, y (3) comenzó a llorar. Pequeños sollocitos, que eran casi lindos. Yo me sentí como el dueño de Garfield cuando al fin sale con la chica de sus sueños: como un idiota sonreí en la oscuridad. En una de esas, la bella señorita me dice: "¿Por qué tienen que pasar estas cosas?" Yo finjo un quiebre de voz y digo: "Sí, vale..." Y ella me aprieta la mano. Y sí, sentí el pulgar pasar por encima de la mía.
Como para efectos dramáticos, aspiro y suelto un suspiro: "¿Todavía quieres comer? ¿O nos llenamos con las cotufas?"
Ella se seca la carita y sonríe. Una perfecta sonrisa. "No vale, si más bien tengo hambre. Supongo que tanta lloradera. Debes pensar que soy una gafa..."
Me sentí envalentonado. "Sí, realmente, pero bueno, no quería decir nada..."
Me pega en el brazo. "¡Necio! ¡Feo!"
Y nos reímos. Ah, todo iba tan perfecto...
Lunes, 15 de octubre de 2007. 9:34 am
9:34 am
Sxymike dice: Aaaaaaaay que beeeeelloooooooo...
9:35 am
Bobby dice: Maricón.
9:36 am
Sxtmike dice: (K)(K)(K)(K)(K) Ay, pero que BE-IO el Robert... Creo que voy a llorar...
9:38 am
Bobby: No, deja, que ya vas a llorar...
Sábado, 13 de octubre de 2007. 9:23 pm
La cola había sido absurda para salir. Pero igualmente absurda era la cola para conseguir puesto en el local de sushi de La Castellana. Claro, había un Subway al lado, y era noche de fiesta. De modo que mi humor ya estaba como tibio, pero no me dejaba dominar. Las ganas de ella de hablar, sin embargo, no se habían parado. Empezó a relacionar la película que acabábamos de ver con toda nuestra sociedad y lo egoístas que éramos como nación. Yo empecé a simplemente asentir, pero cuando empecé a notar como que no me creía que le estaba paranado, añadí mis dos centavos. Eso la activó otra vez.
Llegamos al estacionamiento al fin, y como si nada ella cambió el discurso. "¡Ay qué rico, sushi! Tenía AÑOS sin comer, Rober, gracias por traerme. Me encanta."
Punto para mí.
"Ay pero qué pido..."
Ay tan linda... Tan indecisa...
Había como cinco personas delante de nosotros, y una enorme pared con fotografías de los diversos platos. Yo ya estaba claro. E hice la pregunta.
"¿Qué te provoca?"
"Cónchale no sé, todo se ve tan rico..." Y esto dicho mientras se apoyaba de mí. Su perfume era suave y dulce, como deben oler las flores recién picadas. Y ese cuerpecito se sentía calentico... Las joyas de la familia sintieron un lejano cosquilleo, pero mentalmente mandé a la culebra a dormir. Cero pensamientos de hombre por hoy. Eso toca a la tercera cita, si acaso.
(Sxymike dice: Si eres marico, muchacho. Bobby dice: Déjame contar mi vaina.)
Y eso me distrajo de algo muy importante: la cola corría rápido, era sábado en la noche, y la cajera, aunque educada, no sonrió a nadie. Y mi querida compañía, posible novia para la semana que viene si todo iba bien, se estaba tomando su tiempo.
Pero yo estaba absorto en la cercanía de este hermoso cuerpo que no me preparé para lo que venía.
De repente, la pareja delante de nosotros terminó. Y la cajera --la llamaremos Anabel, por falta de otro nombre-- dijo con su voz mecánica: "Buenas noches bienvenidos qué desean". Así, sin puntuación.
Nosotros volvimos a la realidad. Mi acompañante soltó su "ay Dios verdad", yo parpadeé como salido de un sueño. Ordené lo mío, y le pregunté a ella qué quería.
Y ella simplemente miró a la pared. "Oye no sé..."
Le dije, claro, tómate tu tiempo. Le sonreí a Anabel, y la sonrisa no tuvo vuelta. Ella simplemente miró al espacio.
Y empezó la angustia.
"Ay si pido..."
"¿Qué tal será...?"
"No vale, yo comí eso la última vez, y si mejor..."
"A ver qué trae..."
"¿Qué es lo que vas a comer tú? No, eso no me gusta..."
"Ay yo probé esto la última vez y me gustó... Pero no sé si..:"
"¿Tiene este en mediano?"
"¿Te conté que mi tío viajó a Japón ayer?"
La cara de Anabel era indescriptible. Y ni les cuento la de los cuatro que estaban detrás de nosotros. Y yo, bueno, tratando de parecer natural. Pero en realidad ya me estaba angustiando. ¿Quién no? Me acerco y le digo, entre dientes: "Linda, tienes gente atrás que no votaría por ti en una elección..."
Y pueden creerlo... se volteó --en serio-- y dijo: "Ay, cinco minuticos, ¿sí? Perdónenme, es que todo es tan rico..."
Cinco minuticos. De verdad lo dijo. Bueno, no era lo mismo vestirse que escoger qué comer... ¿verdad? Yo me devolví al via crucis por el que pasé cuando la fui a buscar. Esos cinco minutos no serían tales. Ni de vaina. Tenía que hacer algo.
Pero Dios, ese cuerpo... esa carita... ¿y si se molestaba conmigo? ¿De verdad qué importaban cuatro o cinco clientes y una cajera arrecha? (O seis... o siete...) Yo iba a consegui lo mío, ¿no?
Anabel ya empezaba a gruñir. Le sugirió si podía dejar pasar al que estaba detrás. Ella contestó con una dulzura irritante, "ya va, ya va, ya voy, en serio." El viejo que estaba detrás --¿sería italiano también?-- gruñó algo a su vez, por las líneas de abuso de la juventud, falta de respeto, que yo decidí ignorar por sanidad propia. Yo estaba a punto de gritarle a Anabel que nos diera un especial con todo, que le sacara la masa, le quitara los pepinillos, y le echara un extra de queso, lo que fuera antes de que mi cabeza estallara, cuando ella dijo: "Ay, no sé Bobby, pide tú yo confío en ti."
La miré estupefacto por un segundo, y voltée rápidamente a Anabel y le pide un combo con todo para dos, y traté de decirme que ese suspiro colectivo que oí a mis espealdas fue mi imaginación.
(Sxymike dice: JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAAJAJAJA!!!
Bobby dice: Vt a kgr. Es más te lo digo completo: VETE A CAGAR.
Bobby dice: *digo)
No pude despegarle los ojos ni un instante mientras nos preparaban la comida, no vaya a ser que alguien decidía emitir su opinión físicamente sobre ella. La comida transcurrió con calma tensa, con ella por lo visto ignorante de las malas miradas que le lanzaban. Gracias a Dios sólo eran miradas, porque lo que era yo andaba como un gato, listo para saltarle a cualquiera que se pusiera cómico.
En el carro, estaba convencido que mi largo sufrimiento estaba por acabar.
Lunes, 15 de octubre de 2007. 9:48 am
Sxymike dice: Chamo, qué buena vaina... Supongo que eso terminó ahí, no? Nada mano, culos sobran...
9:55 am
Sxymike dice: O no?
10:05 am
Sxymike dice: Epa te moriste o qué???
10:08 am
Sxymike dice: Ay chamo qué hiciste...
10:09 am
Bobby dice: Bueeeno.... :-S
Sábado, 13 de octubre de 2007. 10:35 pm
Finalmente, llegamos a su casa. Yo estaba mentalmente agotado. Casi que ni me acordaba de la película. Pero la pequeña angustia del restaurant de sushi aún estaba allí, aunque no estaba afectando a mi compañera de ninguna manera evidente. Asumí que era porque estaba tan full que no quería hablar. De todas todas yo estaba seguro que era la última vez que íbamos a salir. Quién se iba a calar ésa. Otra pareja de equivocaciones más de la retahíla que había tenido esa noche.
"Felicitaciones, Bobby", dijo ella, y no tenía que verla para saber el tamaño de sonrisa en su cara. No había ironía en esa sonrisa, ni sarcasmo, mucho menos reproche.
"¿Felicitaciones por qué?", pregunté extrañado.
"¿Sabes que todos esos momenticos incómodos que te hicimos vivir esta noche eran a propósito?"
Pausa. No entendí. O no quería entender.
"¿Cómo así?", pregunté tratando de controlar el tono de mi voz. Como podía volteaba a verla. Y no sabía si me gustaba lo que veía u oía.
"Yo me he conseguido con demasiados hombres que lo único que querían era cojerme y ya", dijo, y yo creí que la cabeza se le iba a partir de tanta sonrisa. "Entonces, he descubierto que sólo los que me quieren de verdad se calan pequeñas tonterías de impuntualidad. Y tú eres el primero que se cala dos. ¡Qué bello eres!"
Estaba en la Río de Janeiro hacia el este. Vi un estacionamiento de un edificio. Automáticamente me metí allí. Ella dio un pequño grito, lo que en el momento me hizpo un mundo de bien.
"Bobby, ¿qué...?"
"¿Tienes... alguna... IDEA... por lo que me hiciste pasar?" le dije en un elevado susrro. Más sonaba como el bufido de una cobra. "La ARRECHERA que agarré en la tarde, la INCOMODIDAD en donde el sushi..."
Me miraba como un conejito asustado, pero igual veía los restos de una sonrisa en esa boquita. La había sorprendido, pero igual estaba divertida, más que asustada. Yo empezaba a temblar de la pura arrechera.
"Te lo voy a decir así, Ivette --"
"Dime Ivecita", trató de endulzarme.
"TE LO VOY A DECIR ASÍ, IVETTE", dije, alzando la voz sólo un poco. "Si alguna vez en tu VIDA me vuelves a hacer una vaina así ---si alguna VEZ lo vuelves a siquiera INTENTAR---"
Domingo, 4 de spetiembre de 2018
"¿Todavía estás con eso, Bobby?", se oyó la voz atrás.
Me estiré la espalda. ¿Cuáto tiempo tenía sentado ahí? Miré la hora, y vi que tenía casi dos horas. Me había entusiasmado. "Sí, amor, pero ya casi termino", dijo.
"Eso lo oí hace como media hora", me dijo, y otra vez oí el sarcasmo más que el reproche. "Sabes que cada evz que montas una historia nueva, el Bobby se pierde en el mundo de Bobby."
La miré, enamorado como nunca. Y miré la pantalla. Leí la frase final, cuando estaba a punto de comérmela vivo, ahora que sabía que me había manipulado. Y sentí un poquito de culpa, considerando todo lo que había pasado en estos últimos once años. Los recuerdos de Ivette cuando salimos esa primera vez me inundaron como una ola de felicidad, diversión y amor juvenil. Con todo y los treinta encima.
"No te quejes", le dije, con un poquito del sarcasmo que ella me había pegado, "que la primera vez que tú y yo salimos también me hiciste esperar... IVETTE MARÍA."
Puso las manos en la cadera y puso una cara de falsa ofendida. "¿Tú vas a seguir reclamándome eso? ¿Después de once años? ¡Qué horroooor!"
Me tuve que reír. "Dame quince minutos. No, diez. En serio. Y subo."
Me sonrió otra vez. Miserable sonrisa, que me ponía tan mal. "Bueno. Está bien", ahora con un falso puchero. "Pero mira que tu esposita es impaciente. Y además...", se levantó la batica de algodón que llevaba, mostrando unas delicadas y blancas pantaletas, "hace como calooooor..."
"Suboencincominutos." Lo dije sin pausar ni nada, y pelando los ojos.
"Más te valeeee..."
Mientras subía, me di cuenta de dos cosas: uno, malhaya sea cómo todas las mujeres lo manipulan a uno hasta quedar como un pendejo.
Y dos: coño, vamos a estar claros, a veces es muy sabroso quedar como un pendejo.
Wednesday, July 25, 2007
Ella: la búsqueda (II)
Dame cinco minutos, lindo, sí?
Dependiendo de qué clase de persona seas, esas primeras tres palabras o te dan aliento o te desesperan. ¿Yo? Yo creo que deberían ser las peores palabras que un hombre puede escuchar, sólo superadas por Tenemos que hablar. Ningún hombre debería ser sometido a semejante tortura.
Pero hombres al fin, jamás aprendemos.
Esas inocentes palabras las recibí a las 4:55 de la tarde de un sábado de julio. Había llegado puntual a recoger a la chica de mis sueños. Iba a llevarla a tomar un café, iba a llevarla a ver alguna película que yo esperaba no fuera una basura particular, y después la regresaría aquí. Bueno, esa última parte era algo que cualquier hombre en los inicios de sus veinte años quiere considerar "una posibilidad abierta", pero era la esencia.
Yo le había avisado por mensajito que ya había llegado, y esa fue la respuesta. OK, eso lo puedo tolerar, pensé.
Poooobre idiota...
La señorita en cuestión vive en una calle ciega en una urbanización al este de nuestra querida ciudad. A esa hora, ese día, estaba atestada de caros. Los únicos sitios para parar el caro eran las entradas a los estacionamientos. De modo que maniobré mi Starlet (sí, un Starlet... ya llevaba diez años en mi familia. ¿Y qué?) a la entrada de su edificio, y me senté a esperar. Chequeé mi colonia, aliento, asiento de copiloto. Revisé que el asiento de atrás no estuviera demasiado desastroso. Al ver que todo estaba en orden, me bajé del carro. Tenía todo el show armado: Madame, buenas noches, pase adelante. Entones le abro la puerta y le tomo la mano para que se monte. Y doy la vuelta por detrás, a ver si me abría la puerta. Alguito que aprendí de la película A Bronx Tale. Gracias, Chazz Palmintieri.
Bien, me bajé, y me recuesto del carro. Sabes, tratando de parecer el dueño del mundo. Qué pendejos somos cuando chamos, Dios... Bueno, anyway, de todos modos no bien me recuesto del caro, cuando veo que la reja del garage se está abriendo. Alguien iba a salir de su edificio. Corro a mover el caro, después de hacer el gesto universal de pedir perdón de levantar las manos y sonreír a la señora que está en la camioneta que se dispone a salir. La señora levanta las manos y asiente. Tranquilo, pero dale, muévelo.
Muevo el carro, y me vuelvo a meter en mi puesto una vez que la camioneta me pasa al lado. Veo el celular. 5:01. Ya pasaron seis minutos. En cualquier momento. Y me paro al lado del carro.
Y espero.
Y entonces...
¡¡¡PE-PEEEEEEEEEEEE!!!
Casi brinqué fuera de mi piel. 'Na guará de susto. Era un lanchón de carro, un Conquistador, que me pedía paso. Esta vez, sólo levanto las manos para pedir disculpas. El hombre que está manejando se limita a verme. Viejo pajúo, pienso.
Muevo el carro de nuevo, esta vez hacia adelante. El viejo mete su lancha, no antes de lanzar una mirada desaprobadora en mi dirección. Una vez adentro, retrocedo de nuevo a mi puesto, y veo el reloj. 5:11. ¿Y entonces?
Me volví a bajar del carro y me disponía a mandar un mensaje cuando el viejo se asoma por el estacionamiento. Tendría como unos sesenta y pico de años, calvo y con lentes que parecía habérselos comprado a Héctor Lavoe. Y estaba vestido de beige de pie a cabeza. Y con una voz de notable acento italiano, me dice: "Espero que nadie tenga que salir de emergencia mientras tenga ese carro allí."
Levanté la vista, y vi si el hombre iba a seguir con su sermón. El malhumor estaba empezando a gotear dentro de mí, pues nunca me ha gustado esperar. Y este viejo lo estaba pasando de un goteo a un chorrito. Abrí la boca para decirle algo, pero honestamente no quería darle el placer. No iba a dejar que me arruinara la vida
(más de lo que ya estaba)
de modo que me limité a mirarlo. Hasta traté de sonreír. Y le levanté la mano en paz. Ni mutis de parte del fiero italiano. Y todo hubiera quedado ahí. Hasta que masculló: "Muchachos del coño que no quieren servir para nada..." mientras se alejaba.
No soporto, ni he soportado nunca, a los que se creen superiores por su edad. Por lo que han vivido. Por el puesto que tienen. El comentario apretó un botón, y mi sonrisa desapareció en un instante. Además, en ese interín vi el reloj. 5:16. ¿Alguien me dice dónde está esa mujer?
Me levanté para defenderme de lo que yo veía como el más injusto e inaceptable de los ataques contra mi condición de juvenil. Me veía reduciendo al viejo a lágrimas, quizá hasta causarle un ataque. Y todo para nada, pues la entrada del garaje empezó a abrirse de nuevo.
Me debatí un momento entre mandar al nuevo chofer al carajo y arrancar tras el objeto actual de mi irritación, que el mundo se vaya al Diablo, y devolverme a quitar el carro. Y claro, como siempre, el ser civilizado y pendejo se devolvió al carro a moverse. Pero también, como se había abierto la reja, el dueño del Uno que salía no estaba muy contento.
Le grité "Ya voy, ya voy", irritado hasta más no poder. Y cometí el error de ver el reloj otra vez: 5:20. La carajita me tenía esperando ya quince minutos. Había tenido que mover el carro para atrás y adelante tres veces, había pasado calor, y había sido insultado. Quién coño se creía esa niña de papá para --
Y en eso, justo antes de que me devolviera al hueco frente al garage, la puerta del edificio se abrió. Y yo nunca me he odiado tanto.
El objeto de mis afectos se había puesto un jean azul profundo, perfectamente amoldado a unas piernas que han visto su tiempo en el gimnasio. Tenía un top blanco con delgadas tiras que mostraba hombros acanelados con una ligera escarcha. Y el maquillaje que tenía era el mínimo requerido para lograr resaltar su belleza, no ser su belleza.
Y en un instante, yo me olvidé de todo. No solté la rabia del todo, pero sus gruñidos pasaron a susurros. Alguna parte de mí protestó porque estaba dejando que una mujer me sedujera con su aspecto, pero en realidad no tenía razón.
Lo que me tenía seducido era la lata de té Lipton que tenía en la mano.
Llegó al carro con una sonrisa avergonzada que a mí qué me importó si era verdadera o no. Abrió la puerta, se montó ("Ah pero es que cree que aún nos vamos", protestó alguna parte de mi mente, pero no la oí mucho), y casi sin respirar dio esta excusa:
--Ay, mi cielo, discúlpame, soy la peor, de verdad que se me fue la hora arreglándome, es que no quería que me vieras toda sucia como siempre me ves con la cara de estresada...
(¡¿ESA es su cara de estresada?!)
--...y tú pasando calor acá abajo, mira te traje un té para que no me odies mucho. De verdad discúlpame, ¿sí? Toma.
Y me dio el té. Yo aún la veía como quien está en Babia. Y juro que mil cosas me pasaron por la cabeza: poner cara de culo y decir gracias, decir algún chiste irónico después de decir gracias, formar un peo maunque sea educado, lo que sea con tal de reclamar mis derechos.
En cambio, simplemente abrí la boca y dije:
--Tranquila, linda. Total, tampoco fue tanto así. Gracias por el té. ¿Nos vamos entonces?
IDIOTA.
Dependiendo de qué clase de persona seas, esas primeras tres palabras o te dan aliento o te desesperan. ¿Yo? Yo creo que deberían ser las peores palabras que un hombre puede escuchar, sólo superadas por Tenemos que hablar. Ningún hombre debería ser sometido a semejante tortura.
Pero hombres al fin, jamás aprendemos.
Esas inocentes palabras las recibí a las 4:55 de la tarde de un sábado de julio. Había llegado puntual a recoger a la chica de mis sueños. Iba a llevarla a tomar un café, iba a llevarla a ver alguna película que yo esperaba no fuera una basura particular, y después la regresaría aquí. Bueno, esa última parte era algo que cualquier hombre en los inicios de sus veinte años quiere considerar "una posibilidad abierta", pero era la esencia.
Yo le había avisado por mensajito que ya había llegado, y esa fue la respuesta. OK, eso lo puedo tolerar, pensé.
Poooobre idiota...
La señorita en cuestión vive en una calle ciega en una urbanización al este de nuestra querida ciudad. A esa hora, ese día, estaba atestada de caros. Los únicos sitios para parar el caro eran las entradas a los estacionamientos. De modo que maniobré mi Starlet (sí, un Starlet... ya llevaba diez años en mi familia. ¿Y qué?) a la entrada de su edificio, y me senté a esperar. Chequeé mi colonia, aliento, asiento de copiloto. Revisé que el asiento de atrás no estuviera demasiado desastroso. Al ver que todo estaba en orden, me bajé del carro. Tenía todo el show armado: Madame, buenas noches, pase adelante. Entones le abro la puerta y le tomo la mano para que se monte. Y doy la vuelta por detrás, a ver si me abría la puerta. Alguito que aprendí de la película A Bronx Tale. Gracias, Chazz Palmintieri.
Bien, me bajé, y me recuesto del carro. Sabes, tratando de parecer el dueño del mundo. Qué pendejos somos cuando chamos, Dios... Bueno, anyway, de todos modos no bien me recuesto del caro, cuando veo que la reja del garage se está abriendo. Alguien iba a salir de su edificio. Corro a mover el caro, después de hacer el gesto universal de pedir perdón de levantar las manos y sonreír a la señora que está en la camioneta que se dispone a salir. La señora levanta las manos y asiente. Tranquilo, pero dale, muévelo.
Muevo el carro, y me vuelvo a meter en mi puesto una vez que la camioneta me pasa al lado. Veo el celular. 5:01. Ya pasaron seis minutos. En cualquier momento. Y me paro al lado del carro.
Y espero.
Y entonces...
¡¡¡PE-PEEEEEEEEEEEE!!!
Casi brinqué fuera de mi piel. 'Na guará de susto. Era un lanchón de carro, un Conquistador, que me pedía paso. Esta vez, sólo levanto las manos para pedir disculpas. El hombre que está manejando se limita a verme. Viejo pajúo, pienso.
Muevo el carro de nuevo, esta vez hacia adelante. El viejo mete su lancha, no antes de lanzar una mirada desaprobadora en mi dirección. Una vez adentro, retrocedo de nuevo a mi puesto, y veo el reloj. 5:11. ¿Y entonces?
Me volví a bajar del carro y me disponía a mandar un mensaje cuando el viejo se asoma por el estacionamiento. Tendría como unos sesenta y pico de años, calvo y con lentes que parecía habérselos comprado a Héctor Lavoe. Y estaba vestido de beige de pie a cabeza. Y con una voz de notable acento italiano, me dice: "Espero que nadie tenga que salir de emergencia mientras tenga ese carro allí."
Levanté la vista, y vi si el hombre iba a seguir con su sermón. El malhumor estaba empezando a gotear dentro de mí, pues nunca me ha gustado esperar. Y este viejo lo estaba pasando de un goteo a un chorrito. Abrí la boca para decirle algo, pero honestamente no quería darle el placer. No iba a dejar que me arruinara la vida
(más de lo que ya estaba)
de modo que me limité a mirarlo. Hasta traté de sonreír. Y le levanté la mano en paz. Ni mutis de parte del fiero italiano. Y todo hubiera quedado ahí. Hasta que masculló: "Muchachos del coño que no quieren servir para nada..." mientras se alejaba.
No soporto, ni he soportado nunca, a los que se creen superiores por su edad. Por lo que han vivido. Por el puesto que tienen. El comentario apretó un botón, y mi sonrisa desapareció en un instante. Además, en ese interín vi el reloj. 5:16. ¿Alguien me dice dónde está esa mujer?
Me levanté para defenderme de lo que yo veía como el más injusto e inaceptable de los ataques contra mi condición de juvenil. Me veía reduciendo al viejo a lágrimas, quizá hasta causarle un ataque. Y todo para nada, pues la entrada del garaje empezó a abrirse de nuevo.
Me debatí un momento entre mandar al nuevo chofer al carajo y arrancar tras el objeto actual de mi irritación, que el mundo se vaya al Diablo, y devolverme a quitar el carro. Y claro, como siempre, el ser civilizado y pendejo se devolvió al carro a moverse. Pero también, como se había abierto la reja, el dueño del Uno que salía no estaba muy contento.
Le grité "Ya voy, ya voy", irritado hasta más no poder. Y cometí el error de ver el reloj otra vez: 5:20. La carajita me tenía esperando ya quince minutos. Había tenido que mover el carro para atrás y adelante tres veces, había pasado calor, y había sido insultado. Quién coño se creía esa niña de papá para --
Y en eso, justo antes de que me devolviera al hueco frente al garage, la puerta del edificio se abrió. Y yo nunca me he odiado tanto.
El objeto de mis afectos se había puesto un jean azul profundo, perfectamente amoldado a unas piernas que han visto su tiempo en el gimnasio. Tenía un top blanco con delgadas tiras que mostraba hombros acanelados con una ligera escarcha. Y el maquillaje que tenía era el mínimo requerido para lograr resaltar su belleza, no ser su belleza.
Y en un instante, yo me olvidé de todo. No solté la rabia del todo, pero sus gruñidos pasaron a susurros. Alguna parte de mí protestó porque estaba dejando que una mujer me sedujera con su aspecto, pero en realidad no tenía razón.
Lo que me tenía seducido era la lata de té Lipton que tenía en la mano.
Llegó al carro con una sonrisa avergonzada que a mí qué me importó si era verdadera o no. Abrió la puerta, se montó ("Ah pero es que cree que aún nos vamos", protestó alguna parte de mi mente, pero no la oí mucho), y casi sin respirar dio esta excusa:
--Ay, mi cielo, discúlpame, soy la peor, de verdad que se me fue la hora arreglándome, es que no quería que me vieras toda sucia como siempre me ves con la cara de estresada...
(¡¿ESA es su cara de estresada?!)
--...y tú pasando calor acá abajo, mira te traje un té para que no me odies mucho. De verdad discúlpame, ¿sí? Toma.
Y me dio el té. Yo aún la veía como quien está en Babia. Y juro que mil cosas me pasaron por la cabeza: poner cara de culo y decir gracias, decir algún chiste irónico después de decir gracias, formar un peo maunque sea educado, lo que sea con tal de reclamar mis derechos.
En cambio, simplemente abrí la boca y dije:
--Tranquila, linda. Total, tampoco fue tanto así. Gracias por el té. ¿Nos vamos entonces?
IDIOTA.
Monday, April 02, 2007
Ella: la invitación (I)
NOTA: Está escrito en primera persona, pero no es una experiencia propia. ES una mezcla de varias, más algunas que me han contado, ante las cuales he sacudido mi cabeza en incredulidad. Pero bueno...
OTRA NOTA: Esta historia debe tomarse como lo que es: algo ligero, humorístico y sin mala intención.
OTRA NOTA MÁS: Cualquiera que se sienta aludid@ en esta historia... ¡que por favor agarre consejo!
Les quisiera empezar a contar la historia de ese día con una nota profunda, pero es que me da tanta risa que no me sale. Claro, me río ahora, que soy un hombre de cuarenta años hecho y derecho. Pero juro que ese día pensé que iba a comprobar si lo que dicen los asesinos en serie más notorios --Jack el Destripador, Ted Bundy, el Unabomber-- es cierto: hay personas que sencillamente merecen morir, o al menos sufrir en la medida que nos han hecho sufrir a nosotros.
Ustedes se preguntarán: ¿qué habrá vivido este hombre que algo albergó semejantes sentimientos dentro de él? ¿Un trámite en un Ministerio? ¿Un error en una nota de examen? ¿La odisea que es sacarse el pasaporte?
No mis amigos: salí con una mujer.
Ese solo comentario podría provocar sospecha, ira, o burla, o una clara furia por parte de ustedes que algún día lean esto. Pero pido que sólo déjense llevar por mi historia, y al final ya verán si tenía razón o no.
OTRA NOTA: Esta historia debe tomarse como lo que es: algo ligero, humorístico y sin mala intención.
OTRA NOTA MÁS: Cualquiera que se sienta aludid@ en esta historia... ¡que por favor agarre consejo!
Les quisiera empezar a contar la historia de ese día con una nota profunda, pero es que me da tanta risa que no me sale. Claro, me río ahora, que soy un hombre de cuarenta años hecho y derecho. Pero juro que ese día pensé que iba a comprobar si lo que dicen los asesinos en serie más notorios --Jack el Destripador, Ted Bundy, el Unabomber-- es cierto: hay personas que sencillamente merecen morir, o al menos sufrir en la medida que nos han hecho sufrir a nosotros.
Ustedes se preguntarán: ¿qué habrá vivido este hombre que algo albergó semejantes sentimientos dentro de él? ¿Un trámite en un Ministerio? ¿Un error en una nota de examen? ¿La odisea que es sacarse el pasaporte?
No mis amigos: salí con una mujer.
Ese solo comentario podría provocar sospecha, ira, o burla, o una clara furia por parte de ustedes que algún día lean esto. Pero pido que sólo déjense llevar por mi historia, y al final ya verán si tenía razón o no.
-oOo-
--Claro que saldré contigo, tonto. ¿A dónde me llevas?
La frase me había agarrado tan desprevenido que por un momento no supe qué contestar. Ella era hermosa, simpática, estudiosa --mucho de lo que yo no me consideraba. Bueno, hermoso no era, eso es seguro, quizá "no feo"...
--¿Robert? ¿Estás ahí?
Empecé a sentir una ligera ansiedad. Había querido invitarla a salir desde inicios del semestre. La veía caminando por todo el campus de la universidad cada mañana. No entendía cómo una estudiante de Derecho podía sonreír tanto, sabiendo como sabía por mis hermanos que la carrera en la Metropolitana era lo que era. Yo sé que los estudios de Psicología me tenían ya mal a mí. Así que no sé cómo logré siquiera llegar a hablarle, hace ya dos meses, y ahora la invité a salir, convencido de que me iba a decir que no, pero ahora me dijo que sí, y yo estaba ahí viéndola como un pendejo, habla animal, junta palabras, asiente, sonríe, di ALGOOOOO...
--No... ejem... no lo sé, tú dime...
Me sonó supremamente estúpido, pero lo rematé con una sonrisa que se sintió tan natural como un caballo de esponja. Pero ella levantó la ceja, y me dio una sonrisa propia. Yo sentí mis entrañas convertirse en flan.
--Bueno sí, supongo que estás aquí, bobote. Cuéntame, ¿a dónde vamos?
Me di cuenta que no había exactamente planeado la velada. Empecé ya no a sentirme inquieto, sino entrando en pánico. De modo que abrí la boca y no controlé mucho lo que dije. Sabía que iba a regresar y picarme en una nalga, como dicen los gringos, pero estaba demasiado nervioso para detenerme ahora.
--Bueno pensaba llevarte al cine, de repente a ver Milagros Inesperados...
--Ay esa no es de miedo, ¿verdad? ¡Ay me da pánico!
No estaba demasiado seguro si lo era o no, pero como dije, ya estaba en piloto automático. --No vale, no creo. Bueno después de repente a comer, sushi, o pizza, tú me dirás...
--¡Ay sushi, Robert, sushi, me fascina!
--Y bueno, a menos que extiendan la noche otras doce horas a tu casa...
Demasiado tarde me di cuenta del chinazo y la lectura secundaria que se podría hacer de esa última parte. Ya, listo, cualquier buena imagen que tuviera de ti se fue por el bajante como la basura de una semana. La ofendiste, viejo, animal de monte, cómo coño se te ocurre decir esa VAINA...
--¡O sea, quiero decir que... Bueno, que yo te LLEVO a tu casa, sabes... Y yo me voy a la mía, y bueno...
Sentía que en cualquier momento me iba a desmayar, o sudar como un cochino, o que la vena en la sien me iba a estallar.
Pero ella peló los ojos y rió como una niña. --¡No, claro, ni modo que voy a dormir en la tuya!
La idea me era muy atractiva por supuesto, y era una oportunidad perfecta para que un ser humano normal dijera algo gracioso, pero ya no confiaba en poder hacer un comentario inteligente. De modo que me limité a reírme del suyo y dije algo como "sí, claro, tienes razón..." Me sentía como el propio Hugh Grant en cualquiera de sus mejores películas.
--¿Entonces a qué hora me cojes?
Por un momento el shock me iba a hacer botar mis libros. Eso no fue lo que dijo, ¿verdad?
--¿Perdón?
--¿Que a qué hora me recojes?
--¡Ah! A ver... eh... ¿te parece como a las cinco bien? La película es a las siete y media, de repente podemos tomarnos un café o algo antes del cine.
--¡Ah chévere! Así si es muy aburrida no me duermo, jejejeje...
La idea de que la primera vez que saliera con esta mujer la llevo para un bodrio de película era algo que yo no quería ni considerar, menos ahora que estaba montado en el aparato. Así que le di mi risita de Hugh Grant, le confirmé su dirección, y listo. Había logrado invitarla a salir a pesar de mis nervios de carajito. Lo peor había pasado...
...¿verdad?
La frase me había agarrado tan desprevenido que por un momento no supe qué contestar. Ella era hermosa, simpática, estudiosa --mucho de lo que yo no me consideraba. Bueno, hermoso no era, eso es seguro, quizá "no feo"...
--¿Robert? ¿Estás ahí?
Empecé a sentir una ligera ansiedad. Había querido invitarla a salir desde inicios del semestre. La veía caminando por todo el campus de la universidad cada mañana. No entendía cómo una estudiante de Derecho podía sonreír tanto, sabiendo como sabía por mis hermanos que la carrera en la Metropolitana era lo que era. Yo sé que los estudios de Psicología me tenían ya mal a mí. Así que no sé cómo logré siquiera llegar a hablarle, hace ya dos meses, y ahora la invité a salir, convencido de que me iba a decir que no, pero ahora me dijo que sí, y yo estaba ahí viéndola como un pendejo, habla animal, junta palabras, asiente, sonríe, di ALGOOOOO...
--No... ejem... no lo sé, tú dime...
Me sonó supremamente estúpido, pero lo rematé con una sonrisa que se sintió tan natural como un caballo de esponja. Pero ella levantó la ceja, y me dio una sonrisa propia. Yo sentí mis entrañas convertirse en flan.
--Bueno sí, supongo que estás aquí, bobote. Cuéntame, ¿a dónde vamos?
Me di cuenta que no había exactamente planeado la velada. Empecé ya no a sentirme inquieto, sino entrando en pánico. De modo que abrí la boca y no controlé mucho lo que dije. Sabía que iba a regresar y picarme en una nalga, como dicen los gringos, pero estaba demasiado nervioso para detenerme ahora.
--Bueno pensaba llevarte al cine, de repente a ver Milagros Inesperados...
--Ay esa no es de miedo, ¿verdad? ¡Ay me da pánico!
No estaba demasiado seguro si lo era o no, pero como dije, ya estaba en piloto automático. --No vale, no creo. Bueno después de repente a comer, sushi, o pizza, tú me dirás...
--¡Ay sushi, Robert, sushi, me fascina!
--Y bueno, a menos que extiendan la noche otras doce horas a tu casa...
Demasiado tarde me di cuenta del chinazo y la lectura secundaria que se podría hacer de esa última parte. Ya, listo, cualquier buena imagen que tuviera de ti se fue por el bajante como la basura de una semana. La ofendiste, viejo, animal de monte, cómo coño se te ocurre decir esa VAINA...
--¡O sea, quiero decir que... Bueno, que yo te LLEVO a tu casa, sabes... Y yo me voy a la mía, y bueno...
Sentía que en cualquier momento me iba a desmayar, o sudar como un cochino, o que la vena en la sien me iba a estallar.
Pero ella peló los ojos y rió como una niña. --¡No, claro, ni modo que voy a dormir en la tuya!
La idea me era muy atractiva por supuesto, y era una oportunidad perfecta para que un ser humano normal dijera algo gracioso, pero ya no confiaba en poder hacer un comentario inteligente. De modo que me limité a reírme del suyo y dije algo como "sí, claro, tienes razón..." Me sentía como el propio Hugh Grant en cualquiera de sus mejores películas.
--¿Entonces a qué hora me cojes?
Por un momento el shock me iba a hacer botar mis libros. Eso no fue lo que dijo, ¿verdad?
--¿Perdón?
--¿Que a qué hora me recojes?
--¡Ah! A ver... eh... ¿te parece como a las cinco bien? La película es a las siete y media, de repente podemos tomarnos un café o algo antes del cine.
--¡Ah chévere! Así si es muy aburrida no me duermo, jejejeje...
La idea de que la primera vez que saliera con esta mujer la llevo para un bodrio de película era algo que yo no quería ni considerar, menos ahora que estaba montado en el aparato. Así que le di mi risita de Hugh Grant, le confirmé su dirección, y listo. Había logrado invitarla a salir a pesar de mis nervios de carajito. Lo peor había pasado...
...¿verdad?
Friday, February 23, 2007
El Reencuentro (y III)
La cola avanzó sólo un poco más. Si el galán volteaba un poco a la derecha, vería el carro de Alberto, y éste estaba convencido que lo reconocería y sumaría dos y dos en un segundo. Alberto no había estado en una pelea desde primer año. Y en ese entonces hacía algo de deporte y el otro pesaba lo mismo que él. Este tipo le llevaba al menos media cabeza, y se veía un asiduo al "gym". ¿Iba a hacer el ridículo de esa manera, ahí, después de una noche mágica, y por Alicia? Se rehusaba a pensar eso. Miró a su alrededor, buscando alguna salida, algún alivio, algo.
El celular le recordó que tenía un mensaje sin leer. La sollozante Alicia estaba aún tendida sobre sus piernas, sobre el celular. Ya habían pasado cinco minutos desde que le había llegado el mensaje, si duda de Helena. ¿Qué le iba a decir? Pero pensó que debía ser lo primero en atender.
--Alicia, dame un ladito para agarrar el cel--, dijo. Pero Alicia no se movió.
--Anda, Lici, dame un ladito--, insitió. Creyó que llamándola por su apodo de cariño la lograría calmar. Mala idea.
--¡POR FAVOR NO ME DIGAS ASÍ!-- berreó. --¡AHORITA NO!
Alberto casi la deja allí. Tuvo que hacer un acopio de fuerzas para no molestarse, recordar que esta mujer estaba pasando por algún trauma. --Está bien, disculpa-- dijo con tono resignado--. ¿Me puedes entonces por...
Alicia metió la mano rápidamente debajo de su cuerpo sin levantarse un ápice. Tomó el celular y casi se lo lanzó a Alberto en el regazo. --Toma. Mata tu angustia--, gruñó Alicia.
Alberto no le dijo nada. Movió el carro unos metros más allá. El galán vociferó una vez más el nombre de su acompañante, quien esta vez no se inmutó. Había un grupo tratando de calmar al galancito, pero no con mucho éxito. Se concentró en el mensaje que, en efecto, era de Helena.
Bebé, no has llegado? Te estás tardando, amor. Todo bien?
No amor, pensó Alberto. NADA bien. Pero al menos estás tú.
Pensó brevemente decirle por lo que pasaba. Pero nunca le había mentido a Helena (o a Alicia tampoco, si a ver vamos) y no quería empezar ahora. Pero obvio, no era idiota, no podía echarle el cuento completo. Así que fue sincero y breve.
Sí, mi cielo, todo bien. Pasa que me desvié, tenía de todo menos sueño, por culpa tuya. Y si supieras lo que vi. Ya te cuento! :-)
Al menos la sonrisa al final no sonaba demasiado falsa. Y esperaba que la tranquilizara un poquito. La respuesta llegó casi de inmediato: Ok amor. Pero seguro todo bien, bebé? No te ha pasado nada en serio? Mira que me da y me pongo fea! :-D
A pesar suyo, Alberto sonrió discretamente, asegurándose que Alicia no lo viera. A menos que le dieran verdadera razón, Helena siempre era de espíritu alto. Era una de las cosas que le fascinaba de ella: cómo siempre trataba de mantenerse de buen humor. No sabía si era realmente optimisita o muy ingenua, pero era increíble que eran las dos de la mañana, él le estaba diciendo algo que pondría a cualquier cuaima en alerta, y ahí estaba Helena, tan tranquila. La amó profundamente, y el recuerdo combinado de su vientre desnudo y sus brazos a su alrededor de su cuello cuando lo saluda lo llenaron de una paz que hizo que todo se le resolviera. De verdad tuvo que hacer milagros para que Alicia no le viera la cara. Lo hacía más por consideración que por otra cosa, pero igual quería evitar avivar la candela.
Le contestó rápidamente: Jajajaja, no, no estoy bien, porque te tuve que dejar en la casa. Te llamo cuando llegue, al cel para no despertar a nadie en tu casa, sí? Te amo mucho, bebé. Mucho!
Esperó la respuesta, y cuando llegó cerró su cel. Alicia masculló algo de que por qué no lo había sacado de allí, qué hacía que no lo ayudaba, y Alberto nuevamente estuvo tentado a mandarla a que se bajara del carro. Su tristeza había sido reemplazada por una creciente irritación, pero estaba decidido a seguir pareciendo el bueno de la partida. Le dijo que había mucha cola, pero ya estaban por salir.
"¡Lárgate de aquí, pedazo de perra!"
Era el galancito. Le estaba hablando a una mujer con una cara de bichita que no les puedo ni contar. Un vestido muy corto y pegado con media teta al aire de lado y lado decía que de high-class no era. Y menos cuando vociferó:
--¡¿Perra?! ¡Perra la bichita con la que estabas tú metido en esta vaina! ¡Claro, a mí me cojes una noche y ya! ¿Pues sabes cómo es la vaina?
Alberto no quería oir más, pero igual sintió un ligero alivio cuando creyó empezar a entender cómo había sido todo. Subió el vidrio, prendió el aire, y finalmente pudo cruzar a la derecha y escapar de una situación muy incómoda.
El celular le recordó que tenía un mensaje sin leer. La sollozante Alicia estaba aún tendida sobre sus piernas, sobre el celular. Ya habían pasado cinco minutos desde que le había llegado el mensaje, si duda de Helena. ¿Qué le iba a decir? Pero pensó que debía ser lo primero en atender.
--Alicia, dame un ladito para agarrar el cel--, dijo. Pero Alicia no se movió.
--Anda, Lici, dame un ladito--, insitió. Creyó que llamándola por su apodo de cariño la lograría calmar. Mala idea.
--¡POR FAVOR NO ME DIGAS ASÍ!-- berreó. --¡AHORITA NO!
Alberto casi la deja allí. Tuvo que hacer un acopio de fuerzas para no molestarse, recordar que esta mujer estaba pasando por algún trauma. --Está bien, disculpa-- dijo con tono resignado--. ¿Me puedes entonces por...
Alicia metió la mano rápidamente debajo de su cuerpo sin levantarse un ápice. Tomó el celular y casi se lo lanzó a Alberto en el regazo. --Toma. Mata tu angustia--, gruñó Alicia.
Alberto no le dijo nada. Movió el carro unos metros más allá. El galán vociferó una vez más el nombre de su acompañante, quien esta vez no se inmutó. Había un grupo tratando de calmar al galancito, pero no con mucho éxito. Se concentró en el mensaje que, en efecto, era de Helena.
Bebé, no has llegado? Te estás tardando, amor. Todo bien?
No amor, pensó Alberto. NADA bien. Pero al menos estás tú.
Pensó brevemente decirle por lo que pasaba. Pero nunca le había mentido a Helena (o a Alicia tampoco, si a ver vamos) y no quería empezar ahora. Pero obvio, no era idiota, no podía echarle el cuento completo. Así que fue sincero y breve.
Sí, mi cielo, todo bien. Pasa que me desvié, tenía de todo menos sueño, por culpa tuya. Y si supieras lo que vi. Ya te cuento! :-)
Al menos la sonrisa al final no sonaba demasiado falsa. Y esperaba que la tranquilizara un poquito. La respuesta llegó casi de inmediato: Ok amor. Pero seguro todo bien, bebé? No te ha pasado nada en serio? Mira que me da y me pongo fea! :-D
A pesar suyo, Alberto sonrió discretamente, asegurándose que Alicia no lo viera. A menos que le dieran verdadera razón, Helena siempre era de espíritu alto. Era una de las cosas que le fascinaba de ella: cómo siempre trataba de mantenerse de buen humor. No sabía si era realmente optimisita o muy ingenua, pero era increíble que eran las dos de la mañana, él le estaba diciendo algo que pondría a cualquier cuaima en alerta, y ahí estaba Helena, tan tranquila. La amó profundamente, y el recuerdo combinado de su vientre desnudo y sus brazos a su alrededor de su cuello cuando lo saluda lo llenaron de una paz que hizo que todo se le resolviera. De verdad tuvo que hacer milagros para que Alicia no le viera la cara. Lo hacía más por consideración que por otra cosa, pero igual quería evitar avivar la candela.
Le contestó rápidamente: Jajajaja, no, no estoy bien, porque te tuve que dejar en la casa. Te llamo cuando llegue, al cel para no despertar a nadie en tu casa, sí? Te amo mucho, bebé. Mucho!
Esperó la respuesta, y cuando llegó cerró su cel. Alicia masculló algo de que por qué no lo había sacado de allí, qué hacía que no lo ayudaba, y Alberto nuevamente estuvo tentado a mandarla a que se bajara del carro. Su tristeza había sido reemplazada por una creciente irritación, pero estaba decidido a seguir pareciendo el bueno de la partida. Le dijo que había mucha cola, pero ya estaban por salir.
"¡Lárgate de aquí, pedazo de perra!"
Era el galancito. Le estaba hablando a una mujer con una cara de bichita que no les puedo ni contar. Un vestido muy corto y pegado con media teta al aire de lado y lado decía que de high-class no era. Y menos cuando vociferó:
--¡¿Perra?! ¡Perra la bichita con la que estabas tú metido en esta vaina! ¡Claro, a mí me cojes una noche y ya! ¿Pues sabes cómo es la vaina?
Alberto no quería oir más, pero igual sintió un ligero alivio cuando creyó empezar a entender cómo había sido todo. Subió el vidrio, prendió el aire, y finalmente pudo cruzar a la derecha y escapar de una situación muy incómoda.
-oOo-
Por unos minutos, manejaron en un silencio que a Alberto se le hizo pesado. Alicia se había incorporado, y miraba por la ventana. Alberto le lanzaba furtivas miradas, esperando alguna reacción de alguna especie. Cuando no vio ninguna --de verdad ninguna, ni siquiera un respiro--, volvía a mirar la calle. Después de diez minutos de este baile, no aguantó más.
--Alicia, ¿me quieres contar qué pasó?--, dijo, con tacto pero sin pena.
--No-- fue la respuesta, sin ningún titubeo, seco como una hoja. Después se encerró en su concha. Tanto que Alberto decidió que simplemente la llevaría a su casa y ya. Estaba cansado de sentirse como el güevón, el que se preocupaba por los demás y recibía el coñazo, el que--
--Él trabaja conmigo-- dijo Alicia, tan repentinamente que Alberto casi salta en el asiento. --Tenía más de un año cayéndome, invitándome a salir, pero estaba tan segura que lo único que quería era cojerme que siempre decía que no...
Se quedó callada un momento, sin que Alberto supiera si estaba agarrando aire, resistiendo las ganas de llorar o disimulando su vergüenza por lo que había dicho o hecho al final, y Alberto lo aprovechó.
--¿Ese era Esteban Rodríguez?-- preguntó Alberto. Conque era de ahí que lo conocía. Había ido con Alicia a una fiesta de la compañía, y Alberto le había caído como una pastilla de cianuro. El hombre se creía el regalo de Dios a las mujeres, y siempre se le "escapaba" una mirada, un gesto, incluso Esperaba que la crítica que había en su cabeza no se oyera en su voz.
--Sí--, dijo Alicia, simplemente. Por lo visto no se oía. --La semana pasada me estaba volviendo loca de estrés en el trabajo, y de verdad necesitaba salir a despejarme. Bueno, Esteban como que lo sintió, y dijo que iba a salir con un grupo a la noche, que si quería venir. Como era un grupo, acepté. Total, con otra gente ahí la cosa podría ser más segura, ¿no?
Acompañó esto con una amarga sonrisa. A pesar suyo, Alberto empezaba a sentir lástima, y una parte suya se odió por ello. Era esa compasión por los demás que se estaba reprochando hace menos de cinco minutos, y aquí estaba cayendo en ella otra vez. Le iba a traer problemas un día de estos. Esperaba que éste no fuera ese día.
Alicia había vuelto a su concha, y lo hizo por tanto tiempo que Alberto empezaba a pensar que no iba a continuar. Pero sí lo hizo. Y cuando volvió a hablar, había un ligero tono de sollozo en su voz, junto con un no tan ligero dejo de vergüenza. La lástima de Alberto subió otro peldaño. Se estaba empezando a odiar a sí mismo. Miserable bondad.
--Bueno, pasó lo que pasó, claro, idiota yo... y de repente, en... en pleno beso... yo siento que alguien me agarra y me voltea... y de repente siento un coñazo... no una cachetada, sino un coñazo... en la cara...-- y se toca la marca en su mejilla, ausentemente-- que del tiro me sentó... cuando miro para arriba, el otro animal lo que hace es mirar a la tipa con cara de pendejo... la tipa parece la cachifa que se disfrazó para salir...
Alberto tuvo que morderse la lengua para no reírse. La descripción era cercana.
--Y antes de que pudiera decir nada, la bicha le lanza una cachetada... creo que hasta le cortó la mejilla... y la tipa ha empezado a pegar unos gritos... y yo lo que sentía era todo el mundo mirándome... ni siquiera esperé a que alguien se ocupara de mi. Me paré y salí... y bueno, ahí me viste. Qué bolas tengo yo...
No habló más, y miró hacia adelante. Mil cosas le pasaron por la cabeza a Alberto. Decir algún cliché. Suspirar y decir tranquila, eso pasa. Tocarle el hombro en señal de consuelo. Algo. Optó por guardar silencio un rato. De repente volteó a ver a Alicia, y vio que había empezado a llorar otra vez. No creyó el silencio fuera una opción ya. Y se arriesgó. --Lo siento, Lici.
Esperaba que le soltara una arenga como antes. Pero la reacción fue menos intensa. --Gracias, Beto--, dijo ella.
Otros cinco minutos pasaron. La casa de Alicia, en El Paraíso, estaba cerca. Helena debía estar dormida, pero con el celular al lado, esperándolo. Alberto ya sentía que su hermosa noche había sido el mes pasado. Y honestamente, ya tenía sueño. Pero algo que Alicia dijo lo trajo un poco de vuelta al aquí y ahora.
--Discúlpame Beto, por lo de antes... por el arranque cuando me dijiste Lici.
--Tranquila, vale. Bajo las circunstancias, se entendía.
--No, no entendías-- dijo Alicia, pero con suavidad. --En ese momento no me sentía ni merecedora de ningún cariño. Bueno, aún no me siento... Y además, tú eres el único que me dice así, me daba como dolor oírlo. De verdad, discúlpame.
--Claro vale, no te preocupes--, dijo Alberto, mirándola a los ojos, y sonriendo. Los ojos de Alicia estaban rojos, pero aún logró una sonrisa. Se veía muy cansada, y un poco mayor. Pero Alberto creía que iba a estar bien. El sentimiento paternal se apoderaba de él, y quería darle un abrazo. Pero no pensaba hacerlo. Ya con haberla rescatado como un héroe de película era suficiente. Además... algo le decía que no confiara en un contacto tan cercano con su ex. Algo le decía que no confiara en sí mismo.
Para más señas, el hecho de que Alicia no le hubiera preguntado por Helena... ¿Acaso no lo sabía? ¿O no le importaba? ¿O...? Alberto no quería pensar en nada más.
Finalmente llegaron a casa de Alicia, una de las pocas calles cerradas de El Paraíso, cerca del estadio. La casa donde alquilaba un anexo estaba toda a oscuras, el carro de los dueños no estaba en el garaje. Alberto recordaba a la pareja, unos españoles de mente curiosamente abierta. La evidencia estaba en que más de una vez la pareja había tenido encuentros... íntimos, y ellos no habían botado a Alicia, ni le habían reclamado. Hasta cariño le habían tenido a Alberto. La señora (¿Roberta? ¿Federica?) hasta se había mostrado triste un día que se habían encontrado en un centro comercial, cuando supo que habían terminado. Debían estar de viaje. Algo no le entusiasmaba dejar a Alicia sola, pero no veía otro remedio. ¿Qué iba a hacer? ¿Quedarse allí? Sí vaaaaleeee....
Paró el carro enfrente de la casa, y esperó a que Alicia hiciera algo. Parecía otra vez abstraída. Volteó hacia la casa, y tomó aire. Alberto pensó que simplemente iba a darle las gracias. Pero sólo le dijo una palabra, aguada por las lágrimas.
--Quédate.
El tiempo se paralizó. Alberto sintió un géiser de adrenalina recorrer todo su cuerpo. Sólo pudo preguntar: --¿Perdón?
--Quédate Beto. Por favor.
Por al menos cinco segundos, Alberto no pudo hablar. De casualidad pudo parpadear. Que la casa cobrara vida lo hubiera impactado menos. Esto no estaba pasando, se dijo por segunda vez esa noche.
--Lici... --tragó fuertemente, no lo logró, lo intentó otra vez--... Alicia, ¿sabes lo que me estás pidiendo?
Alicia volteó lentamente hacia el frente. Las lágrimas empezaron a correr de nuevo. Alberto no recordaba sentirse así de asustado en mucho tiempo. Era incapaz de moverse. Mucho menos hablar. --Te estoy pidiendo... te estoy suplicando...--volteó hasta ver a Alberto de frente-- que por favor... por todo lo que vivimos, por todo lo que yo he pasado, que te quedes conmigo esta noche.
--Lici--
--Por favor, Beto. Cuando terminé contigo mi vida estaba cambiando de una forma que yo no me esperaba. Que yo ciertamente no planeaba. Y no me gustó. Me asustó. Me asustó depender de alguien como lo estaba haciendo de ti, yo con mi independencia y mi vaina. Pero mira, ya ha pasado más de un año y mi vida está peor que cuando nos separamos. Eso fue un error. Un error mayúsculo. Necesito esa vida de vuelta, Beto. Necesito esa paz, esa felicidad, esa tranquilidad.
No habló más, y miró hacia adelante. Mil cosas le pasaron por la cabeza a Alberto. Decir algún cliché. Suspirar y decir tranquila, eso pasa. Tocarle el hombro en señal de consuelo. Algo. Optó por guardar silencio un rato. De repente volteó a ver a Alicia, y vio que había empezado a llorar otra vez. No creyó el silencio fuera una opción ya. Y se arriesgó. --Lo siento, Lici.
Esperaba que le soltara una arenga como antes. Pero la reacción fue menos intensa. --Gracias, Beto--, dijo ella.
Otros cinco minutos pasaron. La casa de Alicia, en El Paraíso, estaba cerca. Helena debía estar dormida, pero con el celular al lado, esperándolo. Alberto ya sentía que su hermosa noche había sido el mes pasado. Y honestamente, ya tenía sueño. Pero algo que Alicia dijo lo trajo un poco de vuelta al aquí y ahora.
--Discúlpame Beto, por lo de antes... por el arranque cuando me dijiste Lici.
--Tranquila, vale. Bajo las circunstancias, se entendía.
--No, no entendías-- dijo Alicia, pero con suavidad. --En ese momento no me sentía ni merecedora de ningún cariño. Bueno, aún no me siento... Y además, tú eres el único que me dice así, me daba como dolor oírlo. De verdad, discúlpame.
--Claro vale, no te preocupes--, dijo Alberto, mirándola a los ojos, y sonriendo. Los ojos de Alicia estaban rojos, pero aún logró una sonrisa. Se veía muy cansada, y un poco mayor. Pero Alberto creía que iba a estar bien. El sentimiento paternal se apoderaba de él, y quería darle un abrazo. Pero no pensaba hacerlo. Ya con haberla rescatado como un héroe de película era suficiente. Además... algo le decía que no confiara en un contacto tan cercano con su ex. Algo le decía que no confiara en sí mismo.
Para más señas, el hecho de que Alicia no le hubiera preguntado por Helena... ¿Acaso no lo sabía? ¿O no le importaba? ¿O...? Alberto no quería pensar en nada más.
Finalmente llegaron a casa de Alicia, una de las pocas calles cerradas de El Paraíso, cerca del estadio. La casa donde alquilaba un anexo estaba toda a oscuras, el carro de los dueños no estaba en el garaje. Alberto recordaba a la pareja, unos españoles de mente curiosamente abierta. La evidencia estaba en que más de una vez la pareja había tenido encuentros... íntimos, y ellos no habían botado a Alicia, ni le habían reclamado. Hasta cariño le habían tenido a Alberto. La señora (¿Roberta? ¿Federica?) hasta se había mostrado triste un día que se habían encontrado en un centro comercial, cuando supo que habían terminado. Debían estar de viaje. Algo no le entusiasmaba dejar a Alicia sola, pero no veía otro remedio. ¿Qué iba a hacer? ¿Quedarse allí? Sí vaaaaleeee....
Paró el carro enfrente de la casa, y esperó a que Alicia hiciera algo. Parecía otra vez abstraída. Volteó hacia la casa, y tomó aire. Alberto pensó que simplemente iba a darle las gracias. Pero sólo le dijo una palabra, aguada por las lágrimas.
--Quédate.
El tiempo se paralizó. Alberto sintió un géiser de adrenalina recorrer todo su cuerpo. Sólo pudo preguntar: --¿Perdón?
--Quédate Beto. Por favor.
Por al menos cinco segundos, Alberto no pudo hablar. De casualidad pudo parpadear. Que la casa cobrara vida lo hubiera impactado menos. Esto no estaba pasando, se dijo por segunda vez esa noche.
--Lici... --tragó fuertemente, no lo logró, lo intentó otra vez--... Alicia, ¿sabes lo que me estás pidiendo?
Alicia volteó lentamente hacia el frente. Las lágrimas empezaron a correr de nuevo. Alberto no recordaba sentirse así de asustado en mucho tiempo. Era incapaz de moverse. Mucho menos hablar. --Te estoy pidiendo... te estoy suplicando...--volteó hasta ver a Alberto de frente-- que por favor... por todo lo que vivimos, por todo lo que yo he pasado, que te quedes conmigo esta noche.
--Lici--
--Por favor, Beto. Cuando terminé contigo mi vida estaba cambiando de una forma que yo no me esperaba. Que yo ciertamente no planeaba. Y no me gustó. Me asustó. Me asustó depender de alguien como lo estaba haciendo de ti, yo con mi independencia y mi vaina. Pero mira, ya ha pasado más de un año y mi vida está peor que cuando nos separamos. Eso fue un error. Un error mayúsculo. Necesito esa vida de vuelta, Beto. Necesito esa paz, esa felicidad, esa tranquilidad.
--Pero--
--Por lo menos esta noche--. Ya Alicia empezaba a adquirir un tono de súplica que Alberto sabía que ella sabía que él no podía resistir--. Dame esta noche, Beto, por favor. Mañana en la mañana piensas lo que quieras, pero por favor... esta noche quédate. No quiero que me dejes sola, ¡por favor!
Estaba empezando a acercarse. Con las últimas palabras le tomó su mano. Estaba tan cerca que Alberto podía oler su perfume ligado con su sudor. Estaba aterrado. Cerró los ojos...
...y se dejó llevar, el beso fue largo, furioso, desesperado, la mano de ella buscaba su cierre, la otra le tomaba del pelo, las manos de él entraron debajo de la blusa, no tenía sostén, eso estaba fuera del camino, como pudo apagó el carro, los dos se bajaron y corrieron a la casa, ya en la puerta se arrancaron las camisas, y se desabrocharon los pantalones, y Helena no estaba, Helena esperaba, pero no importaba, la deseaba, la necesitaba, la...
--No.
Alicia estaba a pocos centímetros de su cara. La mirada de repente se le endureció, pero luego bajó a súplica otra vez. --Beto...
--Alicia...-- Alberto suspiró profundo. Esto no podía seguir. Este era el momento crucial. Después de esto no había para ningún otro lado a donde voltear. --Lo siento mucho, pero no. No puedo hacerlo. Y la verdad... --cerró los ojos, respiró profundo, y volteó a su dirección y los abrió--- no va a pasar ya más.
Alicia no se movió, no le quitó la vista de encima, pero las lágrimas empezaban a aflorar otra vez. --¿Es por Helena?-- preguntó silenciosamente.
Muy lentamente, contestó: --En parte. Pero es más por... --tragó duro-- por mí, Alicia. Nuestro barco ya zarpó. Y no volverá. Lo siento mucho, Lici. Lamento todo lo que te ha pasado, ciertamente no te lo mereces... pero tú tomaste tu decisión... y yo la mía. Lo siento.
Alicia lo miró, y Alberto hubiera preferido no ver el odio, la rabia, la desilusión, la tristeza y la necesidad en esos ojos. Pero le mantuvo la mirada. De repente, Alicia retrocedió, agarró su cartera, se secó una lágrima con furia, y dijo: --La próxima vez déjame en la calle, Alberto. No quiero volver a verte.
Alberto no dijo nada. Alicia le dirigió una última mirada, y abrió la puerta del carro. --Gracias. Que tengas una buena vida-- dijo amargamente. Se bajó, y por supuesto, le dio un portazo al carro. Alberto la miró hasta que abrió la reja de la casa. Ella no miró atrás. Arrancó el carro, y tampoco se volteó. Si lo hubiera hecho, habría visto a Alicia sentarse en el porche de la casa, llorando amargamente, llorando como si su corazón se fuera a desgarrar, llorando hasta que algún vecino la mandó a callar. La habría visto entonces entrar a su anexo, bañarse como pudo, y llorar hasta que durmió.
Alberto llegó a su casa en Santa Fe veinte minutos después. Llamó a Helena, quien claro, no estaba dormida. Estaba ciertamente molesta, pero por preocupación. --Cielo esa vuelta estuvo demasiado larga. ¿Me quieres decir qué pasó ahora?-- le preguntó.
--Ahora no, que es demasiado largo, amor, lo siento-- le dijo Alberto--. Pero sí te puedo decir esto: te amo, Helena. Te amo muchísimo.
Silencio al otro lado de la línea. Cuando volvió a hablar, Helena había perdido parte de su rabia. --Bebé, ¿estás bien? ¿De verdad?
--Sí, amor. Claro que sí. Mañana te lo voy a contar todo, te lo prometo.
Silencio. --Yo también te amo, mi cielo. Más que eso... eres el hombre de mi vida. ¡Nunca lo olvides, me oíste! O si no... ¡te saco la lengua!
Alberto rió. Se sentía tan bien después de todo lo que pasó. Estaba seguro que todo estaría bien.
No volvió a ver a Alicia hasta el día de la boda.
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